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domingo, 14 de agosto de 2011

Un contagio de malas ideas

Joseph E. Stiglitz


La gran recesión de 2008 se ha transformado en la recesión del Atlántico norte: son principalmente Europa y EE UU, y no los mercados emergentes más importantes, los que se han visto afectados por el lento crecimiento y alto desempleo. Y son Europa y EE UU los que marchan, juntos o separados, hacia el desenlace de una gran debacle. La explosión de una burbuja condujo a un estímulo keynesiano masivo que evitó una recesión mucho más profunda, pero también impulsó déficits presupuestarios importantes. La respuesta -recortes masivos del gasto- garantiza que los niveles de desempleo inaceptablemente altos (un vasto desperdicio de recursos y un exceso de oferta de sufrimiento) se prolonguen durante años.
Europa y EE UU marchan, juntos o separados, hacia el desenlace de una gran debacle.

La Unión Europea finalmente se ha comprometido a ayudar a sus miembros en dificultades financieras. No tenía otra opción: la agitación financiera amenazaba con extenderse desde países pequeños como Grecia e Irlanda a otros grandes como Italia y España, y la propia supervivencia del euro afrontaba peligros crecientes. Los líderes europeos reconocieron que las deudas de los países con problemas serían inmanejables a menos que sus economías pudiesen crecer, y que dicho crecimiento no se lograría sin ayuda.
Pero si bien los líderes europeos prometieron que la ayuda estaba en camino, reforzaron su creencia de que los países sin crisis deben recortar sus gastos. La austeridad resultante retrasará el crecimiento europeo y con ello el de sus economías con mayores problemas: después de todo, nada ayudaría más a Grecia que un crecimiento robusto de sus socios comerciales; sin embargo, el bajo crecimiento dañará la recaudación tributaria, socavando la meta proclamada de consolidación fiscal.
Las discusiones previas a la crisis ilustraron lo poco que se había hecho para reparar los fundamentos económicos. La oposición vehemente del Banco Central Europeo a algo esencial para todas las economías capitalistas -la reestructuración de la deuda de las entidades en quiebra o insolventes- evidencia la continua fragilidad del sistema bancario occidental.
El BCE argumentó que los contribuyentes deberían hacerse cargo del coste total de la deuda soberana griega en problemas, por miedo a que cualquier participación del sector privado pudiese disparar un evento crediticio que forzara importantes erogaciones sobre los seguros de impago crediticio (CDS) y posiblemente fomentara mayores problemas financieros. Pero si ese es un miedo real del BCE -si no se trata meramente de actuar en favor de los prestamistas privados-, tendría que haber exigido a los bancos que mantuvieran más capital.
Además, el BCE tendría que haber prohibido a los bancos operar en el arriesgado mercado de los CDS, donde son rehenes de las decisiones de las agencias de calificación sobre lo que constituye un evento crediticio. En efecto, un logro positivo de los líderes europeos en la reciente cumbre de Bruselas fue comenzar el proceso de limitar tanto al BCE como al poder de las agencias de calificación estadounidenses.
De hecho, el aspecto más curioso de la posición del BCE fue su amenaza de no aceptar los bonos reestructurados como garantía si las agencias de calificación decidían que la reestructuración debía clasificarse como un evento crediticio. La idea de la reestructuración era liquidar deuda y lograr que el resto fuese más manejable. Si los bonos eran aceptables como garantía antes de la reestructuración, ciertamente serían más seguros después de ella y, por tanto, igualmente aceptables.
Este episodio sirve como recordatorio de que los bancos centrales son instituciones políticas con una agenda política, y que los bancos centrales independientes tienden a ser capturados (al menos cognitivamente) por los bancos a los que supuestamente deben regular.
Y la situación no está mucho mejor del otro lado del Atlántico. Allí, la extrema derecha amenazó con paralizar al Gobierno de EE UU, confirmando lo que sugiere la teoría de  juegos: cuando personas racionales se enfrentan a quienes están irracionalmente decididos a la destrucción si no logran su objetivo, son estos últimos quienes prevalecen.
Como resultado, el presidente Barack Obama consintió una estrategia desequilibrada de reducción de la deuda, sin aumentos de impuestos -ni siquiera para los millonarios a quienes les ha ido tan bien durante las últimas dos décadas, y sin siquiera eliminar las dádivas impositivas a las empresas petroleras, que socavan la eficiencia económica y contribuyen a la degradación ambiental.
Los optimistas argumentan que el impacto macroeconómico de corto plazo del acuerdo para aumentar el tope del endeudamiento estadounidense y evitar el impago de la deuda soberana será limitado: recortes en el gasto de aproximadamente 25.000 millones de dólares para el año próximo. Pero el recorte en los impuestos sobre los salarios (que contribuía con más de 100.000 millones al bolsillo del ciudadano común estadounidense) no fue renovado, y seguramente las empresas, anticipando las consecuencias contractivas, serán aún más renuentes a otorgar créditos.
La desaparición del estímulo es en sí misma contractiva. Y a medida que los precios de los inmuebles continúan cayendo, que el crecimiento del PIB vacila y el desempleo se empecina en mantenerse elevado (uno de cada seis estadounidenses que desean un trabajo a tiempo completo aún no puede obtenerlo), lo que hace falta es más estímulo y no más austeridad -incluso para equilibrar el presupuesto-. El impulsor más importante del crecimiento del déficit es la baja recaudación fiscal debida a un pobre desempeño económico; el mejor remedio sería que EE UU vuelva al trabajo. El reciente acuerdo de la deuda es una jugada en la dirección equivocada.
Ha habido mucha preocupación sobre el contagio financiero entre Europa y EE UU. Después de todo, los errores de gestión financiera estadounidense desempeñaron un papel importante en el desencadenamiento de los problemas europeos, y la agitación financiera europea no será buena para EE UU -especialmente considerando la fragilidad del sistema bancario estadounidense y su continuo papel respecto de los poco transparentes CDS.
Pero el problema real surge de otro tipo de contagio: las malas ideas cruzan fácilmente las fronteras, y las nociones económicas equivocadas, a ambos lados del Atlántico, se han estado reforzando entre sí. Lo que supondrá un estancamiento provocado por dichas políticas.
Joseph E. Stiglitz es profesor de la Universidad de Columbia y premio Nobel de Economía. © Project Syndicate, 2011. Traducido por Leopoldo Gurman.
http://www.project-syndicate.org/commentary/stiglitz141/English

sábado, 13 de agosto de 2011

La crisis secuestrada

Paul Krugman

Les ha dejado la agitación de los mercados con una sensación de miedo? Bueno, pues debería. Está claro que la crisis económica que empezó en 2008 no ha terminado ni mucho menos.Pero hay otra emoción que deberían sentir: ira. Porque lo que estamos viendo ahora es lo que pasa cuando la gente influyente se aprovecha de una crisis en vez de tratar de resolverla.

Durante más de un año y medio -desde que el presidente Obama decidió convertir los déficits, y no los puestos de trabajo, en el tema central de su discurso sobre el Estado de la Unión de 2010- hemos mantenido un debate público que ha estado dominado por las preocupaciones presupuestarias, mientras que prácticamente se ha hecho caso omiso del empleo. La supuestamente urgente necesidad de reducir los déficits ha dominado hasta tal punto la retórica que, el lunes, en medio de todo el pánico en las Bolsas, Obama dedicaba la mayoría de sus comentarios al déficit en vez de al peligro claro y presente de una nueva recesión.
Lo que hacía que todo esto resultase tan grotesco era el hecho de que los mercados estaban indicando, tan claramente como cualquiera podría desear, que nuestro mayor problema es el paro y no los déficits. Tengan en cuenta que los halcones del déficit llevan años advirtiendo de que los tipos de interés de la deuda soberana de EE UU se pondrían por las nubes en cualquier momento; se suponía que la amenaza del mercado de los bonos era la razón por la cual debíamos reducir drásticamente el déficit. Pero esa amenaza sigue sin materializarse. Y esta semana, justo después de una rebaja de calificación que se suponía que debía asustar a los inversores en bonos, esos tipos de interés en realidad se han hundido hasta mínimos históricos.
Lo que el mercado estaba diciendo -casi a voces- era: "¡No nos preocupa el déficit! ¡Nos preocupa la debilidad de la economía!". Porque una economía débil se traduce tanto en unos tipos de interés bajos como en una falta de oportunidades empresariales, lo que, a su vez, se traduce en que los bonos del Tesoro se convierten en una inversión atractiva aunque la rentabilidad sea baja. Si la rebaja de la deuda de EE UU ha tenido algún efecto, ha sido el de acrecentar los temores a unas políticas de austeridad que debilitarán aún más la economía.
¿Y cómo llegó el discurso de Washington a estar dominado por el problema equivocado?
Los republicanos radicales, cómo no, han tenido algo que ver. Aunque no parece que los déficits les importen demasiado (prueben a proponer cualquier subida de los impuestos a los ricos), han descubierto que insistir en los déficits es una forma útil de atacar los programas del Gobierno.
Pero nuestro debate no habría llegado a estar tan descaminado si otras personas influyentes no hubiesen estado tan ansiosas por eludir el asunto del empleo, incluso ante una tasa de paro del 9%, y secuestrar la crisis en defensa de sus planes previos.
Repasen la página de opinión de cualquier periódico importante, o escuchen cualquier programa de debate, y es probable que se topen con algún autoproclamado centrista afirmando que no hay remedios a corto plazo para nuestras dificultades económicas, que lo responsable es centrarse en las soluciones a largo plazo y, en concreto, en la "reforma de las prestaciones", o sea, recortes en la Seguridad Social y Medicare. Y cuando se topen con alguien así, sean conscientes de que esa clase de gente es uno de los principales motivos por los que tenemos tantos problemas.
Porque el hecho es que, en estos momentos, la economía necesita desesperadamente un remedio a corto plazo. Cuando uno sangra profusamente por una herida, quiere un médico que le vende esa herida, no un doctor que le dé lecciones sobre la importancia de mantener un estilo de vida saludable a medida que uno se hace mayor. Cuando millones de trabajadores dispuestos y capaces están en paro, y se desperdicia el potencial económico al ritmo de casi un billón de dólares al año, uno quiere políticos que busquen una recuperación rápida en vez de gente que le sermonee sobre la necesidad de la sostenibilidad fiscal a largo plazo.
Por desgracia, lo de dar lecciones sobre la sostenibilidad fiscal es un pasatiempo de moda en Washington; es lo que hacen las personas que quieren parecer serias para demostrar su seriedad. Así que, cuando la crisis estalló y nos arrastró a unos grandes déficits presupuestarios (porque eso es lo que pasa cuando la economía se contrae y los ingresos caen en picado), muchos miembros de nuestra élite política tenían muchas ganas de utilizar esos déficits como excusa para cambiar de tema y pasar del empleo a su cantinela favorita; mientras, la economía seguía desangrándose..
¿Cuál sería una respuesta real a nuestros problemas? Ante todo, por el momento, un mayor gasto gubernamental, no menos; con un paro masivo y unos costes de financiación increíblemente bajos, deberíamos estar reconstruyendo nuestras escuelas, carreteras, redes de distribución de agua etc. Además de unas medidas agresivas para reducir la deuda familiar mediante la condonación y la refinanciación de las hipotecas. Y realizar un esfuerzo por parte de la Reserva Federal para tratar por todos los medios de poner la economía en movimiento, con el objetivo intencionado de generar más inflación a fin de aliviar los problemas de endeudamiento.
Lógicamente, los sospechosos habituales tacharán esas ideas de irresponsables. Pero ¿saben lo que es de verdad irresponsable? Secuestrar el debate sobre la crisis para conseguir las mismas cosas que uno defendía antes de la crisis, y dejar que la economía siga desangrándose.
Paul Krugman es profesor en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía. © 2011. New York Times Service. Traducción de News Clips
http://www.nytimes.com/2011/08/12/opinion/the-hijacked-crisis.html?_r=1&ref=paulkrugman

miércoles, 3 de agosto de 2011

Entrevista a Joseph Stiglitz (julio 2011)

“Las políticas de los partidos conservadores son una receta para el desastre”

Entrevista a Joseph Stiglitz – Público.
Joseph Stiglitz (Indiana, EEUU, 1943) destila la bonhomía de un sabio despistado. Aunque no desvía la mirada ni un segundo de los ojos de su interlocutor, alrededor de sus pupilas azules se puede ver con claridad el cansancio de su frenética visita a España de la mano de la Fundación Ideas, el thinktank del PSOE. La entrevista se retrasa casi dos horas porque ha mantenido una larga sobremesa con el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y el candidato socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, después de una comida con el comité de sabios que asesora al partido. Stiglitz, que el lunes había mantenido un encuentro improvisado con el 15-M, ha recordado a los líderes progresistas la utilidad de los instrumentos fiscales como vía para mejorar los recursos económicos.
Ha sido portada en los periódicos por su encuentro con el Foro del 15-M. ¿Qué impresión se lleva del movimiento?
Están llenos de energía. Serios, en el sentido de que están muy preocupados porque el sistema no está funcionando, sensibles a las injusticias sociales… pero, mirándolos desde fuera, no están tan indignados o tan enfadados como yo estaría. Cuando ves el desempleo de España, esperas que la gente esté incluso más enfadada. Cuando piensas en las injusticias sociales, no en España, sino globalmente, y ves que la crisis la han causado los bancos estadounidenses y que los banqueros siguen con sus bonus, es muy difícil no decir “algo está mal con el sistema”.
Han estado casi un mes acampados, a lo mejor se les ha pasado esa primera indignación.
En la asamblea a la que asistí ayer (por el lunes) en el Retiro me sugirieron que les dijera qué hacer. No es una posición de “el sistema está roto y vamos a romperlo más”, que es lo que dirías si estuvieras muy enfadado. Lo que preguntan es qué podemos hacer para solucionar el problema…
¿Les daría algún consejo para que lograran sus objetivos?
Los movimientos-protesta deberían ser escuchados para ver qué hay detrás de sus preocupaciones. Las protestas de Seattle en 1999 contra la ronda de negociaciones de la OMC para liberalizar el comercio se convirtieron en un movimiento global. Protestaban porque la forma en la que estaba organizado el sistema era injusta, poco democrática, dañina con el medio ambiente… En muchos casos, se les escuchó. Hasta entonces, la gente estaba feliz con cómo estaba funcionando la globalización y fue la primera vez que los medios escucharon este tipo de quejas… las investigaron y descubrieron que los protestantes tenían razón. Así que se creó un movimiento político a raíz del cual se propusieron muchas iniciativas. Los académicos y los gobiernos trataron de responder a estas demandas.
¿Como cuáles?
En 2001 hubo un acuerdo para que la siguiente negociación del comercio se centrara en el desarrollo. Y en 2003 se llegó a un acuerdo por el que los países pobres debían tener acceso a los medicamentos….
¿Ha quedado algo de este movimiento en EEUU?
Ahora está muy organizado por los thinktanks, que han entendido totalmente donde está el debate. Así que se podría decir que se han institucionalizado…
Así que, a lo mejor, el futuro del 15-M es institucionalizarse…
Algunas protestas en otros países ya se han convertido en una pieza central del debate político sin tener tanto fundamento como en España…. Por ejemplo, en EEUU hubo preocupación por los bancos, así que se aprobó la Ley Dodd-Frank, que nunca estuvo influenciada por un movimiento político como el de aquí, por lo que la norma es muy imperfecta. Refleja muchas cosas que los bancos querían. Hubiera resultado mejor si hubiéramos tenido un movimiento fuerte para luchar por la reforma bancaria. Es importante que mantengan el movimiento político pero también que de forma paralela vigilen el plano analítico. Es muy difícil discutir algunas cuestiones, como el funcionamiento de los CDS, en un movimiento-protesta. Pero es lo que está detrás de la preocupación de la gente.
El 15-M se ve a sí mismo fuera del sistema. ¿Cree que, al final, tendrán que convertirse en un partido para ser escuchados?
No necesariamente. Depende de cómo reaccione la escena política. Al menos un partido en España es sensible a sus demandas. Y algunas de sus ideas, no todas, serán incorporadas a la agenda política. Probablemente querrán seguir como una voz que presione. A menudo, la voz de los jóvenes no se escucha. En EEUU, por ejemplo, tenemos movimientos muy organizados de gente mayor. Los republicanos dicen: “Queremos cortar el gasto para no dejárselo a las siguientes generaciones”. Pero si les preguntas a los jóvenes si prefieren estar bien educados o lograr una economía que crezca, dirían que prefieren tener infraestructuras modernas e innovación, aunque suponga más deuda. Así que la gente que representa a los jóvenes no está en línea con sus intereses.
Si tuviera que decirle al 15-M que luchara sólo por una reivindicación económica, ¿cuál elegiría?
En España, sería que se centraran en las políticas de crecimiento económico. Pero reconociendo las limitaciones presupuestarias. Mucha gente –estuve en Grecia antes de venir– quiere que los gobiernos gasten un dinero que no tienen. Esa no es la solución. Estaría muy bien poder pedir dinero prestado como EEUU, al 1% de interés, pero no es posible. Así que hay que tener en cuenta estas restricciones y pensar cómo crecer en ese escenario haciendo todo lo que sea posible.
Pues eso significa subir impuestos, porque ¿cómo se logrará si no?
Bueno, quizás subírselos a la gente con más ingresos y bajárselos a los de menos recursos. También con incentivos para que los bancos den créditos a las pymes; bajar los impuestos a las empresas que creen empleo y subírselos a los que no los generen, tratar de usar …(silencio meditativo).
¿Herramientas fiscales?
Sí, exactamente, para proveer tanto de recursos al Estado como de incentivos a las empresas.
¿Este es el tipo de cosas que ha discutido con Zapatero y Rubalcaba en la comida?
Sí.
¿Y les ha visto abiertos?
Ya han hecho algo en este sentido. Pero la oportunidad es Europa. El compromiso acordado el jueves, en el que se destacó el crecimiento, es clave. Han discutido muy buenas ideas, como los eurobonos, sólo hay que presionarles un poco para que vayan más lejos.
¿Hay alguna receta para lograr crecimiento sin subir impuestos?
No hay ninguna receta mágica más que para matar la economía, que es la que está poniendo en práctica Reino Unido.
¿Deberíamos ir más lejos en la creación de empleo?
Hay que prestar atención al corto plazo y al largo plazo. Sin entrar en detalles, la reforma del mercado laboral ayudará en el largo plazo, pero no incidirá en el problema real ahora que es la falta de demanda. Hay algunas cosas que se pueden hacer para aumentar el consumo, como mejorar el crédito y jugar con los instrumentos fiscales. Lo que sí le puedo decir es que el tipo de políticas económicas que están implementando los partidos conservadores a lo largo de Europa son una receta para el desastre.
En Alemania son conservadores y no parecen ir hacia el desastre.
La razón por la que Alemania lo está haciendo bien es por que se ha basado en el modelo social europeo, en la protección social. Cuando cayó su economía, lo hizo incluso más que la de EEUU, pero el empleo no se destruyó y sentó las bases de la recuperación. En EEUU, hace ya cinco años que estalló la burbuja y todavía uno de cada seis estadounidenses quiere un empleo a tiempo completo que no puede obtener. Hemos fracasado. Y tenemos un mercado laboral muy flexible, lo que deja claro que la flexibilidad laboral no es la solución.
¿Le gusta el acuerdo europeo?
Sí, es un gran paso adelante. Obviamente hubiera sido mejor si, por ejemplo, se hubieran comprometido cifras específicas de dinero para promover el crecimiento. Pero, en conjunto, es imponente. Con todo, me preocupa que hablan de volver a una buena posición fiscal en 2013. Creo que la recuperación no estará completa para entonces. Para mí, si la economía está fuerte, o tan pronto como lo esté, podremos movernos a una buena posición fiscal. Pero no pondría un plazo, porque soy pesimista con la recuperación global.
Los mercados siguen sin parecer muy satisfechos. ¿Qué podemos hacer para saciar su apetito?
Temen que hasta que no pase por los parlamentos no salga adelante. Y hay muchos detalles que aún no están claros, como la implicación del sector privado, que es un poco difícil de entender. Además, al sector privado no le gusta su participación, lo cual no es ninguna sorpresa. Ellos preferirían un gran subsidio, para quejarse entonces de que los gobiernos gastan mucho dinero. Quieren que los bancos, el sector privado, sea subsidiado, y que la gente pobre pague el precio. Es inaceptable. Que los mercados no estén contentos demuestra que se toman decisiones duras. Mi interpretación es que Europa ha acordado un claro compromiso con la solidaridad. Los inversores son jugadores y creen que si especulan pondrán a prueba Europa y ganarán dinero.
¿Les prestamos demasiada atención?
Sí. Aunque hay países que tienen que pedir prestadas cuantiosas cantidades de dinero y no pueden ignorar al mercado. Es donde Europa tiene que moverse hacia la unidad porque como colectivo podría pedir prestado a un tipo de interés similar al de EEUU. Si no camina hacia la integración fiscal todo el sistema se caerá.
¿Qué papel juegan las agencias de crédito en todo esto?
Su desempleo es malísimo, basta recordar que las hipotecas subprime tenían la mejor nota. Así que es un misterio por qué les siguen creyendo. Luego, la gestión de estas agencias es complicada. Califican bonos pagados por la gente a la que están calificando. En tercer lugar, los organismos públicos no deberían delegar el poder para juzgar a una entidad americana, o europea incluso. Si el BCE dice que pueden aceptar cierto bono sólo si la agencia le da una determinada calificación, está traspasando una responsabilidad. Debería emitir su propio juicio sobre ese instrumento. Además, el BCE debería luchar por una regulación que no permita a los bancos exponerse a instrumentos como los CDS que ponen en peligro a toda Europa.
¿Por qué simplemente no las cerramos?
No puedes. Reclaman su libertad de expresión. Pero se puede frenar que los organismos públicos las fortalezcan. El BCE les da poder cuando dice “con esta nota no haré esto”. Los fondos de pensiones en algunos países dicen que sólo se puede invertir con bonos de triple A. Eso también les da poder. Los Gobiernos deben cuidar que los fondos de pensiones no hagan malas prácticas, pero no pueden delegar esa responsabilidad en las agencias de crédito.
La situación de Grecia es calderilla comparado con una suspensión de pagos de EEUU. ¿Qué va a pasar?
Pues seguro que finalmente se logra un acuerdo al borde del precipicio. Pero cuando caminas por el borde, algunas veces caes en él. Llegarán a un acuerdo porque el coste económico y político es demasiado grande. Y los republicanos no quieren ser acusados de esta situación. Pero no va a ser una bancarrota en el sentido clásico. No es que EEUU no pueda pagar sus deudas, es un tema de disfunción política. Aunque pasemos la fecha límite del 2 de agosto, no habrá una crisis económica porque el mercado sabe que se puede pagar.
Ni el plan de los republicanos ni el de los demócratas propone subidas de impuestos. ¿Es posible recortar el déficit sin estas medidas?
No creo. La mayoría de los demócratas están comprometidos en mejorar los ingresos y las propuestas vienen por el lado de acabar con las exenciones fiscales a determinados grupos, como las petroleras, más que a una subida de impuestos tal cual. Pero también los demócratas creen que si se van a cortar programas para los pobres, se deberían subir los impuestos a los ricos. Pero esto va a ser muy complicado.
Vino a España en mayo del año pasado. ¿Ha visto alguna diferencia? ¿Mejor, peor, igual?
En muchos casos, las cosas han ido como yo esperaba. Hay dos aspectos claves. El del paquete de medidas de austeridad, que ha llevado a un crecimiento lento. Y la bajada de rating que siguió a ese paquete porque según las agencias iba a aminorar el crecimiento. Daba igual lo que España hiciera, que le iban a bajar el rating.
¿Se atrevería a decir que este va a ser el último año de recesión o el primero de la recuperación en España?
Es difícil de decir por el empleo.
Pues, entonces, ¿cuándo cree que España va a crear empleo?
Va a ser un proceso lento… que arrancará en el año que entra, 2012. Ha comenzado un poco pero depende de tres cosas: de que Europa lleve a caso los compromisos que ha adoptado; de si España elige un Gobierno que imponga más medidas de austeridad, porque habrá una ralentización de la economía y del BCE. Si suben los tipos de interés, se lo pondrán difícil a España. También influirá el clima económico. Si los republicanos siguen comportándose de forma irresponsable en EEUU puede haber consecuencias globales.
Una pregunta casi personal, ¿qué le parece Christine Lagarde?
Me impresiona mucho. Ha hecho un gran trabajo, pero su mayor desafío va a ser solventar las divisiones en el FMI sobre qué hacer con Grecia. Un grupo está pujando por la austeridad y otros piden crecimiento.
Esos últimos son nuevos.
Sí, los trajo Dominique Strauss-Kahn. Es difícil llegar a una nueva organización, porque escuchas a los dos bandos y será clave para Europa ver a quién hace caso, si a la vieja guardia o a la nueva.
Entrevista realizada por Belén Carreño.

viernes, 10 de junio de 2011

Programa de estímulo para una economía en crisis

Joseph E. Stiglitz (Premio Nobel de economía  de 2001)


Un programa de estímulo para superar la crisis económica debería reflejar siete principios:

1 Debería ser rápido. el retraso del presidente George Bush resultó muy costoso. Las políticas económicas requieren meses para ser completamente efectivas. Por consiguiente, es imprescindible inyectar dinero dinero en la economía rápidamente.

2 Debería ser eficaz. La eficacia significa una gran impacto por cada dólar: cada dólar que se gaste debería dar lugar a un gran aumento del empleo y de la producción. La cantidad en la que se ve aumentada la renta nacional por cada dólar gastado se denomina multiplicador: en el análisis keynesiano estándar, un dólar de gasto público da lugar a más  de un dólar de aumento en la producción nacional.Si el Gobierno gasta dinero en un proyecto de construcción, los trabajadores gastarán, a continuación, su paga en comprar cosas, y otras personas gastarán su dinero. Cada etapa en la cadena aumenta la renta nacional, lo que hace que el incremento en la renta nacional sea mucho mayor que la cantidad inicial gastada por el Gobierno.
Como valor medio, el multiplicador a corto plazo plazo para la economía está en torno al 1,5. Si el Gobierno gasta mil millones de dólares ahora, el PIB de este año aumentará 1.500 millones de dólares. Los multiplicadores a largo plazo son mayores: algunos de los beneficios del gasto de hoy se dejan sentir el año próximo o incluso el siguiente; dado que la actual recesión probablemente lo sea de larga duración, los responsables de la política también deberían tener en cuenta los beneficios que se produzcan  dentro de dos o tres años.
No todo el gasto tiene el mismo multiplicador: gastar en contratistas extranjeros que trabajan en Irak tiene un multiplicador bajo, porque gran parte de su consumo se produce fuera de Estados Unidos; lo mismo ocurre con las reducciones de impuestos a los ricos, quienes son precisamente los que ahorran gran parte de lo que reciben. Un aumento en las prestaciones por desempleo tiene un alto multiplicador, porque quienes se encuentran repentinamente con una escasez de ingresos van a gastar casi hasta el ultimo dólar que reciban.

3 Debería afrontar los problemas del país a largo plazo. Un ahorro nacional bajo, unos enormes déficits comerciales, problemas financieros a largo plazo para la Seguridad Social y otros programas para la tercera edad, unas infraestructuras deterioradas, y el calentamiento global enturbian las perspectivas del país a largo plazo. Un estímulo eficaz debería tener estos factores como objetivo, o como mínimo, no empeorarlos.

4 Debería centrarse en la inversión. Un paquete de estímulo aumenta inevitablemente el déficit de un país, pero la deuda de un país mide sólo un lado del balance: lo que debe. Pero los activos son igual de importantes. Si el dinero de estímulo se invierte en activos que aumentan la productividad a largo plazo del país, éste estará en mejores condiciones a largo plazo  como consecuencia del estimulo, incluso aumentando la producción y el empleo a corto plazo. Esta preocupación por mejorar el balance es particularmente importante hoy en día, cuando Estados Unidos está pidiendo prestado tanto dinero en el extranjero. Si un país estimula la economía mediante el consumo financiado por deuda, el nivel de vida en el futuro será más bajo  cuando llegue el momento de devolver la deuda, o incluso  simplemente al pagar intereses por ella. Si un país estimula la economía mediante la inversión, la producción futura será mayor, con buenas inversiones,  en una cuantía más que suficiente para pagar los intereses. Esas inversiones no sólo mejoran el nivel de vida actual, sino que también mejoran el de la siguiente generación.

5 Debería ser justo. A los estadounidenses de clase media les ha ido mucho peor en los últimos años en comparación con las clases altas. Cualquier estímulo debería diseñarse teniendo esto presente. La equidad significa que las bajadas de impuestos del tipo que George Bush  aprobó en 2001 y 2003 que en su mayoría beneficiaban a los ricos, deberían quedar excluidas.

6 Debería afrontar las exigencias a corto plazo creadas por la crisis. En una recesión, los estados se quedan sin dinero, a menudo, y tiene que empezar a eliminar empleos. Los parados se quedan sin seguro de atención médica. La gente que tiene dificultades para conseguir pagar la hipoteca podría hundirse si pierde su trabajo o si alguien de su familia se pone enfermo.Un estímulo bien diseñado debería abordar tantas de estas cuestiones como sea posible.

7 El estímulo debería destinarse a las áreas de destrucción de empleo. Si es probable que la destrucción de empleo sea permanente, el estímulo debería dirigirse a formar a los trabajadores con la cualificación que necesitarán para su futuro empleo.

martes, 1 de febrero de 2011

Un gran error de UGT y Comisiones Obreras


Juan Torres López

Desde hace meses vengo colaborando codo con codo con todos los sindicatos de nuestro país que me han pedido apoyo porque creo que siempre, pero mucho más en estos momentos, son una pieza fundamental para defender los derechos de las clases trabajadoras. Cualquier diferencia que hubiera podido tener con sus posiciones y propuestas la he aparcado porque estaba y estoy convencido, como he escrito en varios artículos, que aprovechar la crisis para tratar de acabar con ellos es una de las estrategias que se han propuesto llevar a cabo los grandes poderes financieros y los políticos que están a su servicio. Y, sobre todo, los he apoyado porque he tenido la íntima convicción de que las diferencias entre quienes aspiramos a conseguir una sociedad más justa se deben resolver fraternalmente y no tratando de acabar unos con otros, como tantas veces ha ocurrido en el seno de las izquierdas.
Ahora, sin embargo, debo manifestar que Comisiones Obreras y UGT han cometido, en mi modesta opinión, un gran error que van a pagar caro no solo las clases trabajadoras sino esos mismos sindicatos. Aunque, al mismo tiempo, quiero también advertir del gravísimo peligro de responder al error con otro semejante que busca desde hace tiempo la derecha y el poder económico: demonizarlos y hacer caer sobre ellos toda la responsabilidad de lo que ha pasado.
Un error múltiple
A mi juicio, tanto UGT como Comisiones Obreras se han equivocado pactando con el gobierno la reforma de las pensiones públicas por varias razones:

En primer lugar, porque esta reforma significa sencillamente un recorte de derechos de los trabajadores y tendrá como efecto que, en los próximos años, muchos millones de ellos no puedan percibir una pensión pública digna al jubilarse, si es que alguna vez llegan a hacerlo, lo que para su inmensa mayoría significará no poder tenerla porque sus niveles de renta no les van a a permitir disponer de ahorro privado suficiente.
El pacto significa, sin ninguna duda, que a partir de ahora el sistema de pensiones públicas español será más injusto (porque hace recaer en mayor medida su mayor insuficiencia sobre las clases de renta más baja) y de menor alcance (porque proporcionará menos pensiones y más precarias).

En segundo lugar, creo que se han equivocado también porque han entrado en el juego del doble razonamiento falso que se viene utilizando para justificar el sistema. Uno, el de su insostenibilidad a largo plazo, que nadie ha podido demostrar rigurosamente como hemos expuesto en multitud de ocasiones los economistas críticos. Y otro, en el de aceptar que para hacer frente al desequilibrio financiero que pueda provocar esa pretendida insostenibilidad lo que hay que hacer es solo actuar por la vía de reducir el gasto, y no aumentando los ingresos, es decir, mejorando la distribución de la renta para que así haya más salarios y más cotizaciones, el empleo decente, sobre todo el femenino, la productividad y, en última instancia, los ingresos a través de los Presupuestos Generales del Estado. Es decir, poniendo en marcha políticas justamente contrarias a las que se están aplicando y que han provocado la crisis y luego, como en Irlanda, que se vuelva a recaer en ella
Para haber defendido de verdad el sistema público de pensiones, UGT y Comisiones Obreras deberían haberse cerrado en banda y haber propuesto, en todo caso, un pacto social sobre el horizonte de estos otros factores de los que también depende su equilibrio financiero a largo plazo. Al no hacerlo, simplemente han aceptado que la pauta de distribución de la renta siga siendo tan desigual como hasta ahora y que eso impida financiar mejor al sistema.

En tercer lugar, me parece que se están equivocando igualmente en explicar el pacto diciendo que se trata de una solución positiva a la crisis de las pensiones e incluso a la situación económica general. Les pasará lo mismo que le ocurre al gobierno: nadie los va a creer porque han aceptado lo contrario de lo que decían y simplemente se pensará que son un instrumento inútil para conseguir lo que dicen que quieren lograr.
Se podría aceptar que argumentasen que no ha habido otra opción, que no se ha dispuesto de más fuerza para torcer la imposición de un gobierno esclavo de los poderes financieros, que se ha conseguido lo más que se pudo conseguir… pero empeñarse en presentar este pacto como positivo es algo que nunca van a entender los trabajadores que sean mínimamente conscientes de que con él, como es evidente, van a tener menos pensiones y menos cuantiosas.

En cuarto lugar, creo que se han equivocado aceptando esta reforma, que contradice lo que venían diciendo en los últimos meses, porque al hacerlo muestran que es posible extorsionarlos y todo el mundo sabe que quien acepta un chantaje termina por aceptar, como le está pasando al gobierno, todos los que vengan detrás y eso, lejos de fortalecerlos, los va a debilitar aún más. Dentro de unas semanas, cuando de nuevo se amenace con la intervención inminente de la economía si no se firma, como ha estado haciendo el gobierno durante toda la negociación, se pondrá en la mesa la reforma de la negociación colectiva, luego la de los servicios públicos y así hasta que la definitiva sea la que se quite de en medio a los propios sindicatos que ahora se mostraron sumisos.

En quinto lugar, también creo que ha sido un error ceder al gobierno sin haber intentado ni siquiera hacerle frente, tal y como se había anunciado, con nuevas movilizaciones porque eso ha frustrado a sus propias bases y a los trabajadores que confiaban en ellos para no perder más derechos.
Pero un error que no es culpa solo de los sindicatos

Dicho todo lo anterior, que me parece que es grave y que va a traer consecuencias bastante negativas para todos, creo que al mismo tiempo hay que poner sobre la mesa otras cuestiones que a mí me parecen posiblemente tan relevantes y decisivas como el propio gran error de los sindicatos.

En primer lugar, que el principal responsable de lo que está ocurriendo es el partido socialista y sus militantes que no frenan la deriva neoliberal del gobierno ni su discurso falso que presenta las medidas que están imponiendo la banca y las grandes empresas como si en realidad beneficiasen al conjunto de los ciudadanos.

En segundo lugar, que es cierto que si no se hubiera producido ese pacto el gobierno hubiera tomado una medida aún más dañina para el sistema de pensiones y para el conjunto de los trabajadores. Lo que significa que los sindicatos han cumplido en cierta medida su función que es la de defender a los trabajadores hasta donde efectivamente puedan hacerlo.

En tercer lugar, que si se ha llegado a esta situación en la que el gobierno ha podido hacer ceder a los sindicatos ha sido porque la ciudadanía no ha sido capaz o no ha estado dispuesta a darle a los sindicatos la fuerza necesaria para que éstos hubieran podido hacer frente con más decisión al gobierno. Si los sindicatos llaman a las movilizaciones y éstas son insuficientes, minoritarias o a veces incluso simplemente anecdóticas, no podemos hacer recaer luego la responsabilidad de los fracasos únicamente en los sindicatos.
Esto tiene que ver, en gran medida, con la baja afiliación sindical que existe en España. Si no participamos en sus discusiones, si no hacemos nada por cambiar la correlación de fuerzas que pueda haber en su seno, si no les damos mucha más fuerza con nuestra presencia ¿con qué derecho podemos decir después que los sindicatos son simplemente unos traidores?
Pero lo ocurrido creo que no tiene que ver solo con la baja afiliación sindical.

En cuarto lugar, me parece que lo que acaba de suceder tiene relación con el hecho de que en los últimos tiempos los sindicatos han venido desempeñando un papel que en realidad no es a ellos a quien le corresponde.
El partido socialista, que según su declaración de intenciones ante la ciudadanía se supone que debería ser la organización mayoritaria que se enfrentase a la derecha y a los poderes económicos, simplemente ha desaparecido sin apenas combatir y el gobierno de su secretario general se limita a aplicar las recetas que le dictan, actuando como un partido más de la derecha económica, mientras la inmensa mayoría de sus militantes guarda un silencio cómplice y que ya empieza a producir, además de terribles consecuencias, incluso vergonzoso porque no son capaces de decir en público ni en sus agrupaciones lo que dicen en privado.
Y, más allá del PSOE, simplemente existe una izquierda debilitada durante años por sus rencillas internas, por la presencia de mucho discurso caduco, fragmentada y detrás de la cual hay una minoría muy militante pero un ejército de personas cansadas, frustradas, desmovilizadas y que, a lo sumo, se limitan a pontificar frente a las pantallas de su ordenador pero que a la hora de la verdad ni siquiera votan a quienes podrían ser la expresión de su radicalidad y descontento.
Quiero decir con esto que se le está pidiendo a los sindicatos que asuman el papel de referentes de la izquierda política y que actúen como tales enfrentándose constantemente al gobierno, que resuelvan desde la lucha sindical lo que debería resolver la izquierda política, y eso es sencillamente imposible.
Por ello, yo creo que en estos momentos hay que hacerle ver a los sindicatos que se han equivocado pero siempre que al mismo tiempo nos hagamos ver a nosotros mismos que también erramos cuando nos dejamos llevar por la pasividad, por el sectarismo o por un radicalismo que nada tiene que ver con la realidad en la que estamos.
Y eso significa actuar en varios frentes, y no solo en el de la crítica a CCOO y a UGT.
Significa movilizarse para explicar a la gente lo que de verdad ocurre con la crisis y las pensiones.
Significa afiliarse en mayor medida a los sindicatos para poder influir de verdad en las decisiones que tomen las dos grandes centrales.
Significa no dedicar ni un minuto a reproducir el discurso antisindical de las derechas y combatirlo en cualquier sitio para evitar que su omnipresencia termine por asumirse generalizadamente.
Significa pedirle a los sindicatos que rectifiquen pero hacerlo fraternalmente y no produciéndoles un mayor debilitamiento.
En definitiva, esta a mi juicio errónea cesión de los sindicatos es una muestra más de que la crisis que estamos viviendo, en lugar de hacer que el capitalismo se hunda, como muchos creían que iba a suceder, está reforzando el poder de quienes lo mantienen.
Por eso me gustaría terminar esta reflexión con unos párrafos de mi último libro La crisis de las hipotecas basura. ¿Por qué se cayó todo y no se ha hundido nada?, en el que precisamente trato de explicar por qué está ocurriendo todo esto.
Hacer frente a la crisis desde posiciones alternativas no consiste solo en ofrecer propuestas diferentes a las de los poderosos (…) Es necesario disponer de ellas pero además, y quizá de forma prioritaria, hay que hacer frente a este fracaso de interlocución entre las izquierdas y la gente, para lo cual hay que llevar a cabo en primer lugar un gran proyecto de convergencia muy sincero y fraternal, con gran lucidez y, sobre todo, sin un ápice de sectarismo sino anteponiendo a cualquier otra cosa los elementos transversales que permitan hacer mallas y construir redes para religar y coordinar lo local y lo disperso y para traducir a una única lengua los diferentes voces y discursos de la transformación social.

Por eso, quizá si la izquierda y los movimientos alternativos en general comenzaran a trabajar para poner en marcha prácticas políticas de este otro signo, fraternales, de emociones y afectos, de reunión, de deliberación y debate para fomentar el conocimiento, la indignación, la rebeldía y el sabotaje pacífico en lugar de dedicarse simplemente a gestionar o simplemente a radicalizar sobre el papel sus programas, las salida a la crisis que vivimos y a las que vendrán serían diferentes y conseguiríamos hundir para siempre en los vertederos de la historia las prácticas sociales que crean tanta frustración y dolor innecesarios.
Es el momento de criticar pero también el de unir, no el de autodestruirse. Y, sobre todo, es el momento de avanzar hacia el fortalecimiento político. Si queremos que los sindicatos no vuelvan a dejarnos tirados, como ahora, hagamos todo lo posible para que en España exista una alternativa política de izquierdas fuerte y unitaria que les de fuerza a los sindicalistas honestos, que tengo la seguridad de que son la inmensa mayoría, e incluso a tantos socialistas que también sienten la frustración de ver cómo su partido se suicida haciendo la política de la derecha.



viernes, 28 de enero de 2011

Las lecciones de Argentina

Joseph Stiglitz


El colapso de Argentina dio lugar a la suspensión de pagos más grande de la historia.

Los expertos están de acuerdo en que éste es sólo el último de una serie de salvamentos encabezados por el FMI que despilfarraron miles de millones de dólares y no lograron salvar a las economías que pretendían ayudar. La naturaleza de ese fracaso, sin embargo, está todavía en discusión. Algunos argumentan que el FMI fue demasiado indulgente; otros, que fue demasiado severo.


Aquellos que culpan al FMI ven el problema como provocado por el propio gasto de Argentina, despilfarrador y corrupto. Estos intentos de culpabilización están equivocados: uno puede entender la suspensión de pagos como consecuencia de los errores económicos cometidos durante toda una década. Entender qué fue lo que salió mal nos brinda importantes lecciones para el futuro.


Los problemas empezaron con la hiperinflación de la década de los ochenta. Para reducir la inflación hacía falta cambiar las expectativas; 'anclar' la moneda al dólar suponía lograr eso. Fue un retorno a una variante del viejo argumento del patrón oro. Si la inflación continuaba, el tipo de cambio real del país se apreciaría, la demanda de sus exportaciones caería, el desempleo se incrementaría y eso moderaría las presiones de los salarios y los precios. Los agentes del mercado, sabiendo eso, se darían cuenta de que la inflación no se mantendría. Siempre y cuando el compromiso con el sistema cambiario fuera creíble, lo sería también el compromiso para detener la inflación.



Si las expectativas inflacionarias cambiasen, podría lograrse reducir la inflación sin un costoso desempleo. Esta receta funcionó durante un tiempo en algunos países, pero era arriesgada, como se mostraría en Argentina.
El FMI fomentó el uso de este sistema cambiario. Ahora es menos entusiasta, aunque es Argentina quien está pagando el precio, y no el FMI. La fijación por ley de la paridad uno a uno entre el peso y el dólar redujo la inflación, pero no promovió un crecimiento sostenido. Se debió alentar a Argentina para que estableciera un sistema cambiario más flexible o, por lo menos, un tipo de cambio que reflejara más los patrones comerciales del país.


También hubo otros errores en el programa de 'reforma' de Argentina. Se alabó a ese país por permitir que los bancos fueran en gran parte propiedad de extranjeros. Por un tiempo esto creó un sistema bancario aparentemente más estable, pero este sistema fracasó en la ayuda a las pequeñas y medianas empresas. Después del impetuoso crecimiento que llegó con el fin de la hiperinflación, éste se redujo, en parte porque las empresas en el país no pudieron obtener una financiación adecuada. El Gobierno argentino reconoció el problema, pero fue golpeado por numerosos contratiempos fuera de su control antes de que pudiera hacer algo al respecto.


La crisis de Asia Oriental de 1997 le supuso el primer golpe. En parte debido al mal manejo del FMI, aquélla se volvió una crisis financiera global, incrementando los tipos de interés para todos los mercados emergentes, incluyendo el de Argentina. El sistema cambiario de ese país sobrevivió, pero a un precio muy alto: la aparición de un porcentaje de desempleo de dos dígitos.

Pronto, los altos tipos de interés desbordaron el presupuesto del país. Pero aun así, la relación deuda-PIB de Argentina -incluso cuando el país empezó a colapsarse- permaneció en un nivel moderado, cerca de 45%, más bajo que la de Japón. Pero con tipos de interés de 20%, el 9% del PIB del país se gastaría anualmente en financiar la deuda. El Gobierno buscó la austeridad fiscal, pero no lo suficiente como para compensar los caprichos del mercado.


La crisis financiera global que se dio después de la de Asia Oriental provocó una serie de grandes ajustes en los tipos de cambio. El valor del dólar, al que estaba atado el peso argentino, se incrementó fuertemente. Entre tanto, el vecino de Argentina y socio comercial del Mercosur, Brasil, depreció su moneda; algunos dicen que fue significativamente subvaluada. Los salarios y los precios cayeron, pero no lo suficiente como para permitir que Argentina compitiera de manera efectiva, en especial porque muchos de los productos agrícolas -que constituyen la ventaja comparativa natural de ese país- se enfrentaron con altas barreras para entrar a los mercados de los países ricos.

Apenas se había recuperado el mundo de la crisis financiera de 1997-1998, se deslizó hacia la desaceleración global del 2000/2001 empeorando la situación de Argentina. Aquí fue donde el FMI cometió su error fatal; apoyó una política fiscal restrictiva, la misma equivocación que cometió en Asia Oriental, y con las mismas desastrosas consecuencias.

Se suponía que la austeridad fiscal iba a restaurar la confianza. Pero las cifras del programa del FMI eran ficticias; cualquier economista podía haber predicho que las políticas de ajuste del gasto incitan a la recesión y que los objetivos presupuestarios no serían alcanzados. No hace falta decir que el programa del FMI no alcanzó sus metas. Rara vez se recupera la confianza cuando una economía cae en una profunda recesión y en un porcentaje de desempleo de dos dígitos.

Quizá un dictador militar, como Pinochet en Chile, podría suprimir los disturbios sociales y políticos que surgen en tales condiciones. Pero en la democracia argentina eso fue imposible. En varias visitas que realicé a Argentina, me sorprendí del largo tiempo que llevaban sufriendo sus habitantes; a mí no me resulta tan sorprendente que los alborotos callejeros hayan destituido al presidente de Argentina como que esos disturbios hayan tardado tanto tiempo en producirse.



Hay siete lecciones que deben extraerse ahora de este proceso:
1. En un mundo de tipos cambiarios volátiles, fijar una moneda a otra como el dólar es muy arriesgado. Hace años que se debía haber aconsejado a Argentina que abandonara ese sistema cambiario.
2. La globalización expone a un país a enormes sacudidas. Las naciones deben enfrentarse a esas sacudidas. Los ajustes de los tipos de cambio forman parte del mecanismo de globalización.
3. Ignorar los contextos social y político se vuelve un peligro en perjuicio propio. Cualquier gobierno que aplica políticas que dejan a grandes sectores de la población desempleados o subempleados no está cumpliendo su misión primaria.
4. Centrarse exclusivamente en la inflación -sin prestar atención al desempleo o al crecimiento- es arriesgado.
5. El crecimiento requiere de instituciones financieras que brinden créditos a las empresas nacionales. Vender los bancos a extranjeros, sin crear las salvaguardas apropiadas, puede impedir el crecimiento y la estabilidad.
6. Raramente se restablece la fortaleza -o la confianza- económica con políticas que conducen a la economía de un país a una profunda recesión. El Fondo Monetario Internacional es el gran culpable por haber insistido en políticas restrictivas.
7. Hacen falta mejores métodos para afrontar situaciones similares a la de Argentina. Ése fue mi argumento durante la crisis de Asia Oriental; el FMI afirmó lo contrario, optando por su estrategia de gran salvamento. Ahora el FMI reconoce tardíamente que debería explorar otras alternativas.


El FMI intentará por todos los medios desviar la culpa: habrá acusaciones de corrupción y se dirá que Argentina no adoptó las medidas necesarias. Por supuesto, el país necesitaba llevar a cabo otras reformas, pero seguir el consejo del FMI de aplicar políticas de ajuste del gasto sólo empeoró las cosas. La crisis de Argentina debería recordarnos la apremiante necesidad de reformar el sistema financiero global, y por donde debemos empezar es por una profunda reforma del FMI.