martes, 26 de octubre de 2010

Por la concordia y en defensa de Cataluña: redescubriendo a Azaña

Alfredo Carralero

Aunque no estemos muy al corriente de los arcanos del Tribunal Constitucional, se veía venir que la sentencia que se iba a dictar sobre el Estatuto de Cataluña, sería un éxito total de la derecha españolista instalada en su discurso único sobre España, “su España”.

En esencia no hay nada nuevo, una vez más la pereza mental, el recurrir a tópicos manidos, el presentar “su España” como la única posible, como la historia consagrada y canónica, parecen haber ganado la batalla ideológica y el discurso del nacional catolicismo que a partir de 1880 empiezan a sistematizar Menéndez Pelayo, después Herrera Oria y otros, que fue la columna vertebral de la Restauración borbónica primero y después de la dictadura franquista y que queda resumido, en palabras de Menéndez Pelayo, en las que define el destino cultural-militar de España como “luz de Trento, martillo de herejes”.

Así pues se perfila la España unitaria, clerical, caciquil, militarista, la España de epopeyas conquistadoras, víctima de las conspiraciones de la Leyenda Negra o más recientemente de la conspiración judeo-masónica. La España de un colonialismo teocrático, tétrico, pequeño, de las guerras de África, de los ejércitos coloniales al mando de los millanes astrays, francos y demás.

Frente a todo esto, parece que la izquierda no quiere dar la batalla y contraponer otra lectura posible de la Historia de España. Parece que estamos dejando la definición de la Nación Española a la derecha, a esa derecha que algunos han venido a llamar la “derecha furiosa”, que después de haber escondido, como su pecado original, su procedencia franquista, se desinhibe y se presenta como realmente es: el PP se conforma como un partido con unas élites y un discurso, cercano en ambos casos a la extrema derecha en todos los aspectos de la política y de la vida social.

El asalto o el mantenimiento en el poder en su caso, lo realiza la derecha, con todo tipo de maniobras, sin importar en absoluto su coste político en relación con la convivencia y la crispación social producida. Su munición favorita es el hipernacionalismo españolista, las “españas que se rompen”, los insultos a los catalanes, el pánico a que pudiera solucionarse el problema del terrorismo de ETA, mediante algún tipo de negociación final. Pues ambos temas uno y otro les producen unos cuantiosos réditos electorales. Frente a ello la izquierda se mantiene autista, sin defender con brío un modelo, su modelo, diferente de entender la Nación Española y su estructuración territorial.

Llama al bochorno más absoluto, como, desde el Gobierno se ha defendido como un éxito la sentencia del Tribunal Constitucional, con ideas tan peregrinas como que el 95% del texto no se había tocado, o que los retoques son fundamentalmente técnicos y no políticos, etc. Lo que ocurre realmente es que los catalanes se han sentido insultados, engañados y abandonados, bien por un Gobierno que no pudo o no quiso defender sus compromisos con Cataluña y desde luego escarnecidos por un presunto Tribunal Constitucional guardián de las esencias mas casposas del españolismo.

Por otra parte el conglomerado mediático, próximo al PP se ha dedicado a denigrar, insultar y hacer gala de una catalanofobia en crescendo, que hubiera dado cobertura incluso a sentencias mucho más restrictivas del Estatuto de Cataluña. Todo esto no ha hecho otra cosa que crear una fractura en la sociedad catalana, que no existía.

Se puede estar o no de acuerdo con partes mas o menos extensas o cruciales del Estatuto lo que no se puede consentir, hay que decirlo alto y fuerte, es que los "salva patrias” del PP y aledaños se arroguen ser los defensores y definidores de una forma de entender España. Y esto desgraciadamente no es nuevo, es historia. Ya la Dictadura primorriverista, se da cuenta rápidamente de los réditos políticos que obtiene atacando a Cataluña en todos los frentes: atacando al catalanismo político, prohibiendo hablar en catalán o el uso de su bandera, arrogándose el merito de acabar con el problema sindical en Cataluña, por cierto con el expeditivo método de potenciar y pagar grupos de pistoleros para asesinar a los cuadros y militantes de la CNT. Y  todo esto a pesar de que Primo de Rivera buscó apoyos, entre otros, en el catalanismo de derechas, para su golpe de estado.

Pues bien, así enquistado el problema, en 1930 en plena “Dictablanda”, se produce una iniciativa de extraordinario interés: la de una visita colectiva de intelectuales, fundamentalmente de Madrid, que en la ultima decena de marzo de 1930 llegan a Barcelona y que está compuesta por algunas de las personalidades mas destacadas del pensamiento, la ciencia, la investigación, la política y el arte. Personalidades tan conocidas como: Menéndez Pidal, Osorio y Gallarzo,  Marañón, Ortega y Gasset, Américo Castro, Albornoz, Azaña,  Luís de Zulueta, Urgoiti, etc. Son recibidos en Barcelona con grandes demostraciones de simpatía, y el motivo, un tanto lejano, de la visita y confraternización es el hecho de que unos años atrás en plenos ataques y prohibiciones furibundos de la Dictadura contra el uso de la lengua catalana, éstos intelectuales madrileños firman un manifiesto de solidaridad y cariño por Cataluña su lengua y quienes la defienden.

Se realizaron múltiples actos que ponen de relieve la amistad, sintonía  y concordia entre intelectuales catalanes y madrileños: en uno de ellos, que no estaba previsto que fuera el mas importante, en la noche del 27 de marzo se reúnen en el restaurante Patria de Barcelona, un buen numero de intelectuales de izquierdas, catalanes y de Madrid, entre ellos Manuel Azaña, quien a la hora de los discursos toma la palabra y desgrana un discurso lleno de lucidez y capacidad de análisis sobre cómo se puede entender el hecho español, las relaciones con Cataluña, la denuncia del más burdo españolismo, las relacione entre el centro y la periferia y en fin los múltiples problemas y posibilidades de ver y entender la Historia de España de una forma diferente, luchando por desterrar para siempre la versión trientina y militarista, de la ya entonces imperante derecha.

Dijo Azaña: " nos habéis hablado continuamente de gratitud por aquello del manifiesto a favor de vuestro idioma. Y en efecto en días de dolor para todos, singularmente amargos para Cataluña, pensando en vuestros sentimientos maltratados, queríamos deciros lo que era menester entonces para que os llegaran unas palabras de ánimo y el testimonio de que no estabais solos. Pero bien miradas las cosas no debéis agradecernos nada, porque queríamos solamente cumplir con el deber elemental de exigir que os guardasen el debido respeto a la inteligencia, y en ella a la personalidad de los pueblos que se manifiesta precisamente en las obras de la inteligencia. Y esto lo queríamos hacer, no de una manera fría o en virtud de un principio general que podría aplicarse de la misma manera a cualquier país lejano, sino con plena conciencia de las realidades de Cataluña, de sus creaciones actuales y del rango que ocupa entre los pueblos peninsulares, unidos a través de tantas vicisitudes históricas con un destino superior común.

Continuó Azaña haciendo una presentación del problema desde el punto de vista de Cataluña y el resto de España: “ En aquella protesta, por lo tanto, no solo nos manifestábamos en defensa vuestra, sino también en defensa propia, para borrar la mancha que se pretendía echar sobre nuestro país en una de las maniobras mas bajas de la Dictadura “... " Razones delirantes, ofensa perpetua al buen criterio, al entendimiento y al sentido común ".

Porque lo que a continuación deja claro Azaña, es que defender la libertad de Cataluña es defender la libertad de todos en conjunto, y del rubor que le embarga al ver como el idioma castellano sirve para crear leyes despóticas: " Por efecto de aquella estupidez padecimos además de una opresión (general) en cuanto ciudadanos (españoles), un agravio particular en nuestra condición de castellanos. El rubor nos embarga al ver que para oprimir a los catalanes se invocaban  las cosas más nobles profanadas por la Dictadura, ¿Vosotros os doléis justamente de que se oprimiera a Cataluña? ¿Pero no habríamos de indignarnos aun más al ver que para oprimir a vuestra Patria se tomara como pretexto a otra Patria? ¿Al  ver que nuestro idioma servía para promulgar en Cataluña unas leyes despóticas? ¿Que se cometía la indigna falsedad de lanzar contra este país  la idea de una España incompatible con las más sencillas y justas libertades de los pueblos? Contra todo esto se elevo nuestra protesta”.

Continua Azaña diseccionando el manido termino de “patriotismo ":
Yo no soy patriota. Este vocablo, que hace mas de un siglo (recuérdese que Azaña habla en 1930)significaba revolución y libertad ha venido a corromperse, y hoy, manejado por la peor gente, incluye la aceptación más relajada de los intereses públicos  y expresa la  intransigencia, la intolerancia y la cerrazón mental. Mas si no soy patriota, si soy español por los cuatro costados, aunque no sea españolista.
De  ahí que no me considere miembro de una sociedad ni mejor ni peor, en esencia, que las demás europeas de rango equivalente”.

Y hace Azaña un canto a la libertad, a la concordia y al entendimiento entre Cataluña y el resto de España: " Gracias al catalanismo será libre Cataluña; y al trabajar nosotros, apuntalados en vosotros, trabajamos para la misma libertad nuestra y así obtendremos la libertad de España. Porque muy lejos de ser irreconciliables, la libertad de Cataluña y la de España son la misma cosa. Yo creo que ésta liberación no romperá los lazos comunes entre Cataluña  y lo que seguiría siendo el resto de España. Creo que entre el pueblo vuestro y el mío hay demasiados lazos espirituales, históricos, económicos para que un día enfangándonos todos, nos volviésemos la espalda como si nunca nos hubiéramos conocido. Es lógico que en tiempos de lucha establezcamos el inventario cuidadoso de lo que nos separa; pero será bueno también  que nos pongamos a reflexionar sobre lo que verdaderamente -no administrativamente- nos une”.

El discurso de Azaña sorprende e impresiona a sus oyentes contemporáneos, por la conjunción de ideas y propuestas nuevas, para entonces, sobre el tema del nacionalismo y la forma de entender España. Azaña se muestra como una de las mentes más claras al analizar parte de los problemas de la sociedad española, desecha el mero formulismo legalista, si ese legalismo, tan del gusto de los tiempos actuales por cierto, en que parece que para una parte importante de la izquierda el único mecanismo político de atención que conocen es el BOE. Pues bien Azaña en otro discurso algo posterior, del 13 de octubre de 1931, con motivo de la discusión sobre la laicidad del Estado Republicano dice: «Realidades vitales de España; eso es lo que debemos llevar siempre ante los ojos; realidades vitales, que son antes que la ciencia, que la legislación y que el gobierno... Nosotros debemos proceder como legisladores y como gobernantes y hallar la norma legislativa y el método de gobierno que nos permitan resolver las antinomias existentes en la realidad española de hoy; después vendrá la ciencia y nos dirá como se llama lo que hemos hecho.... " .

Ya en el Gobierno de la Republica hace Azaña gala de coherencia ideológica y de su compromiso con Cataluña y defiende su Estatuto en  las Cortes, el 27 de mayo de 1932. Todo el discurso es un magistral análisis político histórico y la forma en que la izquierda progresista de entonces (y la de ahora añadiríamos), se debe enfrentar al hecho plurinacional de Las Españas. Por su interés, en algún caso y desgraciada actualidad, en otros, transcribo alguno de los párrafos

La forma torpe, mezquina, de soluciones de cuentagotas, analiza Azaña, de enfrentar el problema catalán, que no hace sino llevar a los peores resultados, en sus palabras: “se adopto una política de paliar, de sobresanar la herida con medidas intermedias, sacadas con regateo y forcejeo, no siempre con pleno decoro del poder público. Esta política produjo los efectos más dañosos, porque no pudo contentar a nadie: a los catalanes, por la propia actitud de recelo, de desdén de obligarles a esa posición del que pide, del que amenaza, del que no sabe hacerse oír; y al resto de la opinión española … porque se la dejo una impresión dañosa y perniciosa cuyos resultados estamos tocando ahora, a saber: que las Cortes y los Gobiernos no eran dueños de  su libertad …ante las aspiraciones o las pretensiones de los catalanistas y que ningún Gobierno era dueño de resistir a la coacción política de los partidos catalanes. Éste fue el peor resultado de aquella política”.

Vuelve Azaña a analizar parte de las raíces y el contenido del nacionalismo españolista:
“ había un enlace profundo misterioso, preñado de consecuencias históricas  entre el prestigio de la Corona y la oposición irreductible  a transigir con el sentimiento autonomista … este enlace profundo se identificaba en la fidelidad a la Corona, con la unidad absolutista y centralista de España, y estos dos sentimientos se quería identificarlos con el patriotismo español”.

Y propone Azaña otra forma de enfocar España, su historia y el quehacer político: “¿Y ahora se pretende que sigamos…  con el unitarismo absorbente y de asimilación oponiéndonos a las querencias españolas más antiguas? Jamás, perseguimos con esta política (se refiere a la creación de autonomías) satisfacer viejas querencias y apetencias españolas que habían sido desterradas del acerbo del sentimiento político español por la monarquía absorbente y unitaria, y que son españolísimas, mas españolas que la dinastía y que la monarquía misma”.


Y todavía nos sorprende, a nosotros sus discursos, por la desgraciada vigencia que tienen ochenta años después y pasadas muchas aguas bajo el puente de la Historia: una terrible Guerra Civil, una brutal dictadura fascista, y treinta y tantos años de Régimen Democrático. Sustitúyanse los términos «Dictadura ", «leyes despóticas ", y algún otro por «medios afines a la derecha " o " rodillo de propaganda ", y muchos pasajes del discurso son  una descripción de la estrategia de la derecha actual con respecto al problema nacional.

Lo que si ha variado es la actitud de la izquierda, frente a iniciativas históricas como la firma de un manifiesto en defensa de Cataluña o el viaje de confraternización al que nos estamos refiriendo, la izquierda actual, se mantiene en una atonía, en una especie de electroencefalograma plano, que a ningún lado lleva, parece que se carece de ideas que defender y por las que movilizarse. Lo más que se les ocurre es hacer declaraciones rimbombantes sobre la necesidad de aceptar el fallo de un tribunal, que más parecen un grupo de tahúres cogiendo sitio para el juego. Los más audaces plantean introducir con todo tipo de añagazas legales modificaciones de rondón a las leyes, sin explicación, sin pedagogía, sin movilizaciones, que expliquen y convenzan de por qué se exigen determinadas cosas, con respecto al Estatuto de Cataluña y temas aledaños. No se trata de que se deba estar de acuerdo necesariamente con el Estatuto en su totalidad, ni mucho menos. Se trata de respetar a Cataluña y abrir una discusión viva entre la izquierda de lo que representa la articulación ¿federal?, de España.

Y ello se podía iniciar como hace ochenta años, con una magna reunión de catalanes, madrileños y otros nacionalistas que se quisieran unir a la iniciativa sin importar su procedencia, para llegar a puntos de satisfacción y concordia sobre el problema nacional y estatutario. Dudaba en las líneas anteriores si explicitar que debían asistir madrileños, pero creo que decididamente si. Para nuestra desgracia el Gobierno Autónomo de Madrid se está convirtiendo en el ariete de la derecha más ultramontana, que va por la senda del insulto y la descalificación de Cataluña siempre que se le brinda la oportunidad, y cuando no, también. Su portavoz, la inefable Esperanza, con una cuidada y preparada puesta en escena de chabacanería no da puntada sin hilo, recurriendo al supuesto enfrentamiento Madrid Barcelona, alimentándolo de forma artificial, presentando cualquier evento como una conspiración catalana contra Madrid, para quitarle sedes de empresas, vuelos, etc.

lunes, 25 de octubre de 2010

El mayor problema del Gobierno español


EL MAYOR PROBLEMA DEL GOBIERNO SOCIALISTA ESPAÑOL Y QUE LOS CAMBIOS DE ESTA SEMANA NO RESUELVEN
EL MAYOR PROBLEMA DEL GOBIERNO SOCIALISTA ESPAÑOL Y QUE LOS CAMBIOS DE ESTA SEMANA NO RESUELVEN
LAS CAUSAS POLÍTICAS DE LA CRISIS ACTUAL: LAS POLÍTICAS ECONÓMICAS Y FISCALES DEL GOBIERNO AZNAR

Vicenç Navarro

Las derechas gobernaron España desde 1996 a 2004, plantando las bases para el desarrollo de la crisis económica y financiera actual. Bajo el mandato económico del Sr. Rato (que más tarde dirigió el Fondo Monetario Internacional), el gobierno Aznar implementó las políticas de reducción del gasto público, incluyendo gasto público social (iniciadas, por cierto, por el Sr. Solbes en 1993). Este gasto financiaba el escasamente desarrollado estado del bienestar, incluidas las transferencias (tales como las pensiones) y los servicios públicos del estado del bienestar (tales como sanidad, educación y servicios sociales, entre otros). Durante su mandato la tasa de crecimiento del gasto público social por habitante fue mucho más baja que la tasa de crecimiento de tal gasto en el promedio de la Unión Europea de los Quince, UE-15 (el grupo de países de semejante nivel de desarrollo económico al nuestro). De ahí que el déficit del gasto público social de España con el promedio de la UE-15 se disparara. Además de estas políticas de austeridad de gasto público, incluyendo el social, otras políticas llevadas a cabo por el gobierno PP (con el apoyo de la derecha catalana CiU) incluyeron la reducción de los impuestos y el aumento de su regresividad; la desregulación del suelo (que facilito la especulación inmobiliaria); la desregulación financiera (que facilitó el desempeño de las actividades especulativas de la banca y de las cajas); la reducción de las rentas del trabajo como porcentaje de la renta nacional total (que condujo al enorme crecimiento del endeudamiento de las familias) y otras políticas bien documentadas en mi libro “El subdesarrollo social de España. Causas y consecuencias” (Editorial Anagrama, 2006). Durante su mandato, el partido conservador neoliberal, presidido por el Sr. Aznar, no aprovechó el notable crecimiento de la economía española (mayor que el promedio de la UE-15) para corregir el enorme déficit de gasto público social que España tenía con el promedio de los países de la UE-15. En realidad, cuando el gobierno Aznar terminó su mandato (2004), el déficit de tal gasto per cápita era 2.243 euros estandarizados (euros modificados para hacer comparable su capacidad adquisitiva en países de distinto nivel de vida), mucho mayor que cuando comenzó su mandato en 1996, 1.784. Este dato da una clara imagen de la escasa sensibilidad social de las derechas españolas.

CÓMO EL LIBERALISMO (EN REALIDAD NEOLIBERALISMO) SE INTRODUCE EN LA CULTURA POLÍTICA SOCIALISTA

Ahora bien, el impacto, incluso más negativo que tuvo el gobierno Aznar es que, como antes había ocurrido con otros gobiernos conservador-neoliberales, uno en EEUU (Reagan) y otro en Gran Bretaña (Thatcher), el gobierno Aznar cambió los valores del establishment español (el conjunto de instituciones financieras, económicas, mediáticas y políticas que configuran la sabiduría convencional del país), pasando a dominar la cultura politico-mediática del país. El neoliberalismo pasó a ser la ideología dominante del establishment español. Esta fue su mayor victoria. De manera tal que afectó y transformó incluso al mayor partido de la oposición, el PSOE. El discurso de tal Partido cambió sustancialmente, y ello en parte debido a una visión extendida en el equipo del candidato a las elecciones primarias del 2004, José Luis Rodríguez Zapatero, de que había que “centrarse” y “modernizarse”, lo cual significaba abandonar no sólo muchos de los principios de la socialdemocracia, sino también, incluso, la narrativa de esta tradición política. En la presentación de su candidatura en el año 2004, Zapatero habló en varias ocasiones de las clases medias, pero nunca, ni una vez, de la clase trabajadora (supongo que por temor a parecer “anticuado”). Y su filosofía económica quedó reflejada en el libro del que fue su asesor económico Jordi Sevilla, “De nuevo socialismo”, (Editorial Crítica, 2006), en el que se hacían afirmaciones tales como que el Nuevo Socialismo no debía ni aumentar los impuestos, ni subir el gasto público (ello dicho y hecho en el país que tenía y continúa teniendo una de las cargas fiscales más bajas y el gasto público más bajo de la UE-15). De ahí el slogan que guió la política fiscal del más tarde Presidente Zapatero anunciando que bajar impuestos era ser de izquierdas.

Con esta filosofía, el déficit del gasto público social de España con el promedio de la UE-15 se conseguiría reducir primordialmente a base del crecimiento económico (en lugar de políticas fiscales redistributivas). En realidad, Miguel de Sebastián (procedente del sector bancario), que pasó a sustituir a Jordi Sevilla como el mayor asesor económico del Presidente, fue incluso más allá que Jordi Sevilla negando que fuera un objetivo de la política fiscal de un gobierno socialista redistribuir los recursos en España, limitando la función redistributiva al capítulo de gastos públicos, en lugar del capítulo de ingresos. Es más, añadía Miguel de Sebastián que “el estado, tal como propone el Partido Demócrata estadounidense debe ser un estado dinamizador frente a un estado del bienestar o asegurador”. Conozco bien el Partido Demócrata de EEUU (habiendo vivido en EEUU durante más de cuarenta años), y me preocupó enormemente que esta postura se transformara en la guía económica del gobierno socialista (ver mi capitulo “El modelo del Partido Demócrata como propuesta para las izquierdas españolas: debate con Miguel de Sebastián”, en el libro citado anteriormente El Subdesarrollo Social de España). Pero esta alarma se transformó en una enorme frustración cuando a Miguel de Sebastián le sucedió en la Dirección de la Oficina Económica de la Moncloa David Taguas (también procedente de la banca) que había llegado a favorecer la privatización completa de la Seguridad Social (tal como había hecho el General Pinochet en Chile). Más tarde, Zapatero nombró a otro neoliberal, Miguel Ángel Fernández Ordóñez como Gobernador del Banco de España. Estos nombramientos reflejaban una filosofía muy próxima a la Banca (el poder fáctico más poderoso existente en España), que auguraban malos tiempos para el socialismo español y para España.

Ni que decir tiene que la Nueva Vía (tal como se definió la sensibilidad política dentro del PSOE liderada por Zapatero) no era la única dentro del PSOE. Ya en las primarias, otras sensibilidades existían. Una, era la continuista del aparato de Ferraz, representada por José Bono, con un nacionalismo españolista jacobino que, de ganar, hubiera significado tensiones continuas con los socialismos periféricos (y muy en especial con el socialismo catalán). De ahí su escasísimo apoyo en Cataluña, donde el conservadurismo y nacionalismo españolista, insensible a la pluralidad de España, ha sido siempre muy impopular.

La otra sensibilidad eran las izquierdas que tenían a su vez varias identidades que, pese a la debilidad en el aparato de Ferraz, tenía amplios apoyos en las bases y muy en especial entre los sindicatos y movimientos sociales. Fue determinante para la victoria de Zapatero, pues le prestó su apoyo para parar a José Bono, el candidato más popular en el establishment y en el aparato del partido socialista español, pero menos entre las bases. Zapatero, sin embargo, cuando ganó las primarias y las elecciones, no incorporó a nadie de las izquierdas (excepto Cristina Narbona en el área ambiental), marginándolas en su equipo, lo cual no quiere decir que no influenciara las políticas sociales (la Ley de la Dependencia fue fruto de sus presiones). Pero su influencia en las áreas económicas fue nula. La mayoría del equipo económico, tanto en el Ministerio como en la Oficina Económica en la Moncloa, no eran ni siquiera miembros del PSOE y eran de sensibilidad neoliberal próxima a la Nueva Vía, e incluso más extrema. Solbes, que había iniciado las políticas de austeridad del gasto público social en el periodo 1993-1996 (cuando el gasto público social por habitante descendió incluso en términos absolutos) hizo suyo el objetivo de evitar el aumento del gasto público a través de políticas fiscales redistributivas (en unas declaraciones a El País, indicó que el éxito del cual estaba más orgulloso en su mandato era no haber subido el gasto público (22.07.09), desalentando la aprobación y/o expansión de derechos universales). 

Según el credo de la Nueva Vía, el objetivo del socialismo era crear una igualdad de oportunidades para todos, facilitando el potencial que cada persona tiene, asegurándose de que el hijo de un trabajador no cualificado tuviera las mismas posibilidades en la vida que el hijo de un burgués (un objetivo que, al menos en teoría, lo suscriben la mayoría de tradiciones políticas, y no sólo la socialdemocracia). La característica definitoria de la socialdemocracia (socialismo en democracia) para alcanzar este objetivo había sido a través de políticas públicas redistributivas, incluyendo políticas fiscales progresivas. La socialdemocracia en Europa siempre sostuvo que no se puede conseguir la igualdad de oportunidades sin medidas redistributivas muy profundas. Al abandonar este principio, las propuestas del equipo económico se reducían prácticamente a proveer becas a las familias sin recursos, lo cual era necesario pero dramáticamente insuficiente.

Consecuencia de este marco teórico dentro del cual se movieron los equipos económicos del gobierno socialista, el gobierno Zapatero continuó las prácticas del gobierno Aznar, reduciendo los impuestos y aumentando su regresividad. Esta continua reducción de impuestos fue, sin embargo, la razón de que el déficit estructural del Estado aumentara considerablemente. Este déficit no se había detectado debido al elevado crecimiento económico, consecuencia primordialmente de la burbuja inmobiliaria, facilitada por las políticas neoliberales promovidas por el Banco de España cuyo gobernador, el Sr. Miguel Ángel Fernández Ordóñez, nombrado por Zapatero, no sólo no vio venir (lo que varios economistas de izquierda sí vieron venir) la crisis, sino que con sus políticas estimuló su aparición. El nivel de incompetencia de tal Gobernador ha sido extraordinario, pues ha sido una de las autoridades más responsables de la crisis que España está sufriendo. La famosa frase de que la banca ha mostrado su gran solvencia gracias al Banco de España, no se sostiene en base a los datos. Solvencia no quiere decir que no haya bancos que se colapsen. Solvencia quiere decir que los bancos realizan su función de proveer crédito a empresas y ciudadanos. Y los bancos españoles son los que dificultan más el acceso al crédito en la UE-15. Hoy España está en el ojo del huracán financiero debido en gran parte a las políticas fiscales de los sucesivos gobiernos (Aznar-Zapatero) y monetarias y financieras (del Banco de España y del Banco Central Europeo).

EL AUMENTO DEL GASTO PÚBLICO SOCIAL: 2004-2008

El gobierno socialista durante este periodo cambió significativamente las prioridades presupuestarias, traduciendo una mayor sensibilidad social que la que había proyectado el gobierno conservador neoliberal del presidente Aznar. El gasto público social aumentó significativamente, en parte debido a la presión de las izquierdas, tanto dentro del gobierno (el equipo del Ministro de Trabajo dirigido por Luis Caldera) como fuera (IU, IC-V, ERC, BNG). Pero este crecimiento de gasto público social se basaba, tal como dije anteriormente, en el notable crecimiento del PIB más que en aumento de los impuestos y de su progresividad, siguiendo políticas redistributivas. En realidad se continuó la política fiscal de bajada de impuestos y aumento de su regresividad, que junto con las políticas del mismo signo seguidas por el gobierno Aznar, establecieron las bases para el déficit estructural del Estado español. Cuando el crecimiento económico dejó de existir, el déficit real del estado apareció en toda su intensidad. Es más, la regresividad del sistema fiscal explica que un descenso relativamente menor del PIB (uno de los más bajos de la UE-15) se tradujera en un disparo del déficit tan elevado, y ello como consecuencia de que la mayoría de los ingresos al estado proceden de las rentas sobre el trabajo. De ahí que cuando el empleo baja, se dispara el déficit público. Y ahí está la raíz del problema que el gobierno no se atreve a enfrentar, pues significa cambiar 180º las políticas económicas y fiscales que ha ido haciendo estos años y que las derechas continuarán si gobiernan de nuevo. Se requieren reformas, incluidas las fiscales, muy sustanciales que enfrentarían al gobierno con los poderes fácticos, incluida la banca. Entre estas medidas estaría el convertir las cajas en bancos públicos, tal como ha propuesto ATTAC.

Ni que decir tiene que este cambio de políticas (exigido por la exitosa Huelga General) es poco probable que se haga por el gobierno Zapatero, y ello no porque no existan alternativas (que las hay, y los sindicatos y las izquierdas, tanto dentro como fuera del PSOE, las han señalado con propuestas concretas, específicas y realizables), sino porque requiere un cambio muy sustancial del pensamiento económico del gobierno, rompiendo con la Nueva Vía y con el socioliberalismo. La composición del equipo económico (que hoy llega incluso a alabar a las propias agencias de valoración de bonos oponiéndose al establecimiento de una agencia europea de evaluación de bonos, presentándose como la mejor aliada –junto con el gobierno británico- del capital financiero) hace esta posibilidad imposible. Es el dominio del dogma sobre la razón. 

Y ahí está el mayor problema de Zapatero. Su filosofía de Nueva Vía le ha hecho enormemente vulnerable al neoliberalismo promovido por el establishment europeo, aceptándolo como inevitable. De ahí la necesidad de movilizarse –tal como están haciendo los sindicatos- no sólo para hacer cambiar estas políticas que nos están llevando al desastre, sino incluso más importante, para salvar la democracia en España, pues es inaceptable que hoy el gobierno español, haga lo que el gobierno Aznar hizo antes, imponer políticas impopulares utilizando el argumento de la inevitabilidad de las medidas, refiriéndose ahora a las exigencias de los mercados financieros como antes Aznar se refirió a la necesaria integración de España a la Unión Europea y a la Eurozona. La evidencia ha mostrado que España podría haberse integrado en la UE y en la Eurozona de otra manera (subiendo, por ejemplo, los impuestos, en lugar de bajarlos). Hoy, el mayor problema que tiene España es el elevado desempleo y escaso crecimiento, no el elevado déficit. El equipo económico de Zapatero considera este último el objetivo prioritario. No sólo no lo es, sino que el intento de reducirlo intensamente a base de reducir el gasto público está dañando la economía española.

EL FALSO DEBATE SOBRE EL POST-ZAPATERISMO

Una última observación: una de las características que me impresionó más desfavorablemente de la cultura política y mediática española cuando volví de mi largo exilio, fue la definición de corrientes y sensibilidades políticas por el nombre de las figuras política a las que se atribuía la capacidad de representarlas. Aparecían, así, expresiones como guerristas, borrellistas, zapateristas, bonistas, y un largo etcétera. Nunca en Suecia, Gran Bretaña o EEUU (países en los que viví), las sensibilidades se han definido en los medios de esta manera, pues conlleva una visión ofensiva al concepto de democracia, que reduce la política a la competitividad entre personajes de la política. Y aun cuando esta competitividad interpersonal puede, como es lógico, existir, tal manera de definir las sensibilidades políticas es profundamente injusta hacia las personas que se identifican con tales sensibilidades, pues se las reduce a seguidores del personaje que define la corriente. Y es también injusto para el propio personaje, pues le da una excesiva responsabilidad que no tiene y espero que no desee.

Esta reflexión viene al caso sobre la discusión del post-zapaterismo, como si el debate se centrara en la figura de Zapatero.- De esta manera se están consumiendo gran cantidad de páginas y horas de tertulia sobre el futuro del Presidente, lo cual es bastante irrelevante. Y digo irrelevante, no como señal de menosprecio a la figura del presidente Zapatero (al cual tengo gran respeto), sino al hecho que al centrarse, de nuevo, en una persona, no se analiza lo que es más importante: la sensibilidad política que el Presidente representa y que está implícita en sus políticas desde sus inicios, y que significa una visión y unos intereses que quedan ignorados en este énfasis personal de la política. Pero no se resolverá la situación económica de España si se cambia una persona o varias personas (como el cambio de gobierno que tomó lugar esta semana) a no ser que se cambien sus políticas. No concuerdo con la crítica que se hace constantemente al Presidente Zapatero de excesiva volatilidad y cambio de políticas. Todo lo contrario, el Presidente, en lo esencial y estructural, ha sido de una enorme coherencia y sus planes respondían al planteamiento de una sensibilidad político-económica bien reflejada en su equipo y que, era la versión española de una sensibilidad existente y dominante en el centro izquierda europeo –el socioliberalismo o Tercera Vía- que nos ha llevado al lugar donde estamos, con el colapso de los partidos socialdemócratas en este continente. Y este socioliberalismo es hoy dominante en el establishment del PSOE. De ahí que los cambios necesarios para salvar al PSOE (y a España) sean mucho mayores de lo que se discuten y prevén. A no ser que el PSOE recupere su compromiso con la universalidad y extensión de derechos sociales, laborales y económicos, alcanzados a base de políticas fiscales redistributivas (que requerirán enfrentamientos con poderes fácticos) que corrijan los enormes déficits sociales que España tiene (el gasto público social por habitante continúa siendo el más bajo de la UE-15) el socialismo español no se recuperará.
Vicenç Navarro, Catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University

viernes, 8 de octubre de 2010

El triunfo de un hijo del sur

Antonio García Santesmases - Catedrático de Filosofía Política de la Uned

   Pasará mucho tiempo hasta que podamos enjuiciar con alguna claridad lo ocurrido en estas semanas en el socialismo madrileño. Por si puede ayudar al lector me gustaría hacer un poco de historia; un poco de historia para situar la peripecia vivida por  Tomás Gómez y poder así evaluar con algún rigor  el resultado obtenido;   pienso que sólo así  es posible dibujar   los retos que va a tener que afrontar a partir de este momento.
   Comencemos con la historia. Una historia que remite a los avatares de la Federación socialista madrileña y a los momentos previos a la decisión de convocar primarias en Madrid. Son muchos los que han recordado los debates de los años treinta cuando Francisco Largo Caballero y Julián Besteiro eran elegidos diputados por Madrid y el partido estaba desgarrado por las querellas entre caballeristas y prietistas  en la primavera del 36.     Incluso algunos han traído a colación las palabras de Salvador de Madariaga cuando afirmaba que la división de los socialistas fue una de las causas decisivas de la guerra civil. No cabe duda que los aficionados a la historia volvemos  una y otra vez sobre aquella división entre los partidarios de mantener  la alianza con los republicanos de izquierda y los defensores de la  bolchevización del partido socialista. Volver a esa historia es imprescindible para entender el significado de la republica, de la democracia, del liberalismo, y del destino trágico de la historia de España. Pero  por duros que fueran los debates, por apasionadas que fueran las querellas entre unos y otros, hay que decir que la división atravesó al partido socialista en toda España. No fue nunca un problema, como algunos parecen dar a entender, específicamente madrileño.
   Sí lo  fue, sin embargo, lo ocurrido en la transición a la democracia y a partir de las primeras elecciones del 15 de junio del 77. Es ya una verdad histórica, asumida en los relatos convencionales sobre la transición, que  la renovación del socialismo español la protagonizaron vascos como Redondo, Múgica o Rubial, andaluces como Felipe Gónzalez y Alfonso Guerra y  exiliados como Carmen García Bloise; todos ellos constituyeron una  coalición victoriosa a partir del congreso de Suresnes en 1974. Una coalición que siempre miró con recelo a Madrid. En Madrid estaban los hombres del Partido Socialista Popular como Enrique Tierno Galván, Raúl Morodo o Fernando Morán; estaban también los entonces jóvenes cuadros de Convergencia Socialista como Joaquín Leguina o Juan Barranco y estaban también políticos muy relevantes en la lucha antifranquista desde el colegio de Abogados (Pablo Castellano), el colegio de doctores y licenciados( Luis Gómez Llorente) o desde el mundo universitario como Gregorio Peces Barba, Francisco Bustelo, Elías Díaz y tantos otros.
   El esfuerzo de la dirección del Psoe, salida desde Suresnes, fue evitar que Madrid se convirtiera en un poder autónomo en la estructura del Psoe. Para llevar a cabo este designio era imprescindible neutralizar a figuras antifranquistas  que fueron enviadas a encabezar  las listas del Psoe en distintas provincias. Fue el caso de Peces Barba en Valladolid, Gómez Llorente en Asturias, Castellano en Cáceres o Bustelo en Pontevedra. Era imprescindible controlar la Federación madrileña  con secretarios generales que no tuvieran la personalidad de los anteriores.
   Ese designio de la dirección de Suresnes se ha reproducido en esta ocasión. Son muchas las cosas que diferencian a los políticos de la época de Felipe Gónzalez con los políticos de la era de J.L,R.Zapatero; pero hay algo que les une: el procurar que Madrid nunca levante demasiado la voz, que nunca tenga una personalidad demasiado marcada, que no logre asentar un liderazgo.
Este designio de las sucesivas ejecutivas federales se complica por el hecho de que si en los años setenta se puede entender( no justificar) esa prevención por el miedo a que floreciera un liderazgo díscolo en Madrid  seguir hoy  con esa inercia es extraordinariamente peligroso dado el desarrollo del Estado de las autonomías.
Son muchos los liderazgos dentro del socialismo que se han consolidado a partir de la experiencia de los gobiernos autonómicos. Todos tenemos en la cabeza la importancia de Rodriguez Ibarra en Extremadura, de Pascual Maragall en Cataluña, de Chaves en Andalucia, de Bono en Castilla la Mancha o de Areces en Asturias. Pero en Madrid desde 1.989 gobierna la derecha en el ayuntamiento de la capital y desde 1.995 en el gobierno de la comunidad. Son demasiados años sin un referente importante del socialismo madrileño
   Es en este contexto histórico en donde tiene un enorme mérito la peripecia de Tomás Gómez. Una vez más se ha pretendido volver a controlar, a neutralizar, a tutelar a la vieja Federación Socialista Madrileña( me gusta más ese nombre que el actual de Psm). Se ha pretendido realizar esa operación desde el aparato federal. Sólo  gracias a que el actual secretario general ha sabido resistir la presión, ha aguantado el envite y ha asumido las consecuencias de una derrota que muchos veían previsible hemos evitado lo peor. Arriesgándolo todo, estando dispuesto a dar por concluida su vida política  ha sido capaz de devolver un sentido de orgullo, de autoestima, de dignidad a los  socialistas madrileños.
   Y lo ha hecho teniendo que dirimir la pugna sin ningún debate entre candidatos. Era muy difícil ganar sin que se produjera ese debate. Votar por lo que dicen las encuestas, por la imagen personal, por la simpatía, hacen que sea difícil dirimir las razones de los votantes. Algunos sociólogos llegaron a hablar de la necesidad de actuar racionalmente. Pero las preguntas que nos planteábamos muchos  era obvias: ¿de qué razón hablamos? ;   ¿se trataba simplemente de ganar elecciones?; ¿ a qué precio?; ¿ con qué programa?
   Creo que, sin haber podido realizar debates,  una opción distinta conformaba a  ambas plataformas. Para los partidarios de Trinidad Jiménez lo  importante era presentar una candidata capaz de movilizar a las clases medias, disputar el espacio del centro y  agregar a distintos sectores partidarios de un radicalismo cívico. En esa apuesta eran plenamente zapateristas porque recogían lo mejor del legado de Zapatero en la defensa del matrimonio homosexual o de una política de integración que no tuviera miedo a la diversidad, y  recogiera los distintos acentos de una comunidad plural.
   El discurso de Tomás Gómez era distintos; creo que fue calando porque recogía la dignidad del hombre que supo decir que no, pero no sólo por eso. Supo poner encima de la mesa un  problema al que todo socialista es o debe ser sensible.  Cuando fue introduciendo en su discurso la necesidad de que alguien del Sur ganara las primarias y disputara la presidencia de la comunidad de Madrid; cuando subrayó con orgullo lo conseguido por un hijo de la clase trabajadora, logró ganar para su causa a muchos militantes de la periferia, pero también a muchos miembros de las clases medias profesionales que piensan que ya era hora de volver a hablar de  igualdad. Sin libertad no hay democracia, y sin democracia no hay socialismo, pero es imposible lograr algo que se acerque al socialismo, sin combatir día a día la desigualdad.
   Y es aquí donde está el reto de futuro. El reto de recoger lo mejor del radicalismo cívico que ha representado muy acertadamente Trinidad Jiménez y el discurso igualitarista que ha encarnado en su persona, en su biografía y en su relato Tomás Gómez. Aunar esas dos sensibilidades es lo decisivo en una comunidad que ofrece muchas posibilidades para ello. Esperanza Aguirre ha sabido dar la batalla en el campo de los valores, ha sabido defender con fuerza a los neoliberales en economía, apoyar a los sectores neoconservadores en cuestiones de moral, y defender con vigor su interpretación de la historia de España.
   La izquierda madrileña espera un liderazgo que sepa difundir una interpretación alternativa de la historia de España, sostener una concepción incluyente de la laicidad y  conectar con unas bases sociales que tienen miedo al paro, y ven con pavor  como se resquebrajan los sueños igualitaristas. Esas bases, sin embargo, han vivido con asombro, y con alegría, que uno de los suyos va a  disputar la presidencia de la comunidad de Madrid.
   Tardaremos en asimilar el mensaje de lo ocurrido el 3 de octubre del 2.010. Y tardaremos porque es algo nuevo. Alguien del sur se enorgullece de su pasado, reivindica su biografía y quiere disputar la hegemonía a la  élite económica y social. Estamos ante un hecho nuevo que inquieta a los poderes económicos tradicionales y que desconcierta a las clases medias socialistas que pensaban que los conflictos de clase eran cosa del pasado. Nunca fue así y ahora con la crisis económica todavía menos. Un hijo del sur ha triunfado y algo nuevo se abre en la vida política madrileña y española.
Publicado en El Mundo el 7 Octubre de 2010

jueves, 7 de octubre de 2010

El triunfo de un hijo del sur

Antonio García Santesmases - Catedrático de Filosofía Política de la Uned

   Pasará mucho tiempo hasta que podamos enjuiciar con alguna claridad lo ocurrido en estas semanas en el socialismo madrileño. Por si puede ayudar al lector me gustaría hacer un poco de historia; un poco de historia para situar la peripecia vivida por  Tomás Gómez y poder así evaluar con algún rigor  el resultado obtenido;   pienso que sólo así  es posible dibujar   los retos que va a tener que afrontar a partir de este momento.
   Comencemos con la historia. Una historia que remite a los avatares de la Federación socialista madrileña y a los momentos previos a la decisión de convocar primarias en Madrid. Son muchos los que han recordado los debates de los años treinta cuando Francisco Largo Caballero y Julián Besteiro eran elegidos diputados por Madrid y el partido estaba desgarrado por las querellas entre caballeristas y prietistas  en la primavera del 36.     Incluso algunos han traído a colación las palabras de Salvador de Madariaga cuando afirmaba que la división de los socialistas fue una de las causas decisivas de la guerra civil. No cabe duda que los aficionados a la historia volvemos  una y otra vez sobre aquella división entre los partidarios de mantener  la alianza con los republicanos de izquierda y los defensores de la  bolchevización del partido socialista. Volver a esa historia es imprescindible para entender el significado de la republica, de la democracia, del liberalismo, y del destino trágico de la historia de España. Pero  por duros que fueran los debates, por apasionadas que fueran las querellas entre unos y otros, hay que decir que la división atravesó al partido socialista en toda España. No fue nunca un problema, como algunos parecen dar a entender, específicamente madrileño.
   Sí lo  fue, sin embargo, lo ocurrido en la transición a la democracia y a partir de las primeras elecciones del 15 de junio del 77. Es ya una verdad histórica, asumida en los relatos convencionales sobre la transición, que  la renovación del socialismo español la protagonizaron vascos como Redondo, Múgica o Rubial, andaluces como Felipe Gónzalez y Alfonso Guerra y  exiliados como Carmen García Bloise; todos ellos constituyeron una  coalición victoriosa a partir del congreso de Suresnes en 1974. Una coalición que siempre miró con recelo a Madrid. En Madrid estaban los hombres del Partido Socialista Popular como Enrique Tierno Galván, Raúl Morodo o Fernando Morán; estaban también los entonces jóvenes cuadros de Convergencia Socialista como Joaquín Leguina o Juan Barranco y estaban también políticos muy relevantes en la lucha antifranquista desde el colegio de Abogados (Pablo Castellano), el colegio de doctores y licenciados( Luis Gómez Llorente) o desde el mundo universitario como Gregorio Peces Barba, Francisco Bustelo, Elías Díaz y tantos otros.
   El esfuerzo de la dirección del Psoe, salida desde Suresnes, fue evitar que Madrid se convirtiera en un poder autónomo en la estructura del Psoe. Para llevar a cabo este designio era imprescindible neutralizar a figuras antifranquistas  que fueron enviadas a encabezar  las listas del Psoe en distintas provincias. Fue el caso de Peces Barba en Valladolid, Gómez Llorente en Asturias, Castellano en Cáceres o Bustelo en Pontevedra. Era imprescindible controlar la Federación madrileña  con secretarios generales que no tuvieran la personalidad de los anteriores.
   Ese designio de la dirección de Suresnes se ha reproducido en esta ocasión. Son muchas las cosas que diferencian a los políticos de la época de Felipe Gónzalez con los políticos de la era de J.L,R.Zapatero; pero hay algo que les une: el procurar que Madrid nunca levante demasiado la voz, que nunca tenga una personalidad demasiado marcada, que no logre asentar un liderazgo.
Este designio de las sucesivas ejecutivas federales se complica por el hecho de que si en los años setenta se puede entender( no justificar) esa prevención por el miedo a que floreciera un liderazgo díscolo en Madrid  seguir hoy  con esa inercia es extraordinariamente peligroso dado el desarrollo del Estado de las autonomías.
Son muchos los liderazgos dentro del socialismo que se han consolidado a partir de la experiencia de los gobiernos autonómicos. Todos tenemos en la cabeza la importancia de Rodriguez Ibarra en Extremadura, de Pascual Maragall en Cataluña, de Chaves en Andalucia, de Bono en Castilla la Mancha o de Areces en Asturias. Pero en Madrid desde 1.989 gobierna la derecha en el ayuntamiento de la capital y desde 1.995 en el gobierno de la comunidad. Son demasiados años sin un referente importante del socialismo madrileño
   Es en este contexto histórico en donde tiene un enorme mérito la peripecia de Tomás Gómez. Una vez más se ha pretendido volver a controlar, a neutralizar, a tutelar a la vieja Federación Socialista Madrileña( me gusta más ese nombre que el actual de Psm). Se ha pretendido realizar esa operación desde el aparato federal. Sólo  gracias a que el actual secretario general ha sabido resistir la presión, ha aguantado el envite y ha asumido las consecuencias de una derrota que muchos veían previsible hemos evitado lo peor. Arriesgándolo todo, estando dispuesto a dar por concluida su vida política  ha sido capaz de devolver un sentido de orgullo, de autoestima, de dignidad a los  socialistas madrileños.
   Y lo ha hecho teniendo que dirimir la pugna sin ningún debate entre candidatos. Era muy difícil ganar sin que se produjera ese debate. Votar por lo que dicen las encuestas, por la imagen personal, por la simpatía, hacen que sea difícil dirimir las razones de los votantes. Algunos sociólogos llegaron a hablar de la necesidad de actuar racionalmente. Pero las preguntas que nos planteábamos muchos  era obvias: ¿de qué razón hablamos? ;   ¿se trataba simplemente de ganar elecciones?; ¿ a qué precio?; ¿ con qué programa?
   Creo que, sin haber podido realizar debates,  una opción distinta conformaba a  ambas plataformas. Para los partidarios de Trinidad Jiménez lo  importante era presentar una candidata capaz de movilizar a las clases medias, disputar el espacio del centro y  agregar a distintos sectores partidarios de un radicalismo cívico. En esa apuesta eran plenamente zapateristas porque recogían lo mejor del legado de Zapatero en la defensa del matrimonio homosexual o de una política de integración que no tuviera miedo a la diversidad, y  recogiera los distintos acentos de una comunidad plural.
   El discurso de Tomás Gómez era distintos; creo que fue calando porque recogía la dignidad del hombre que supo decir que no, pero no sólo por eso. Supo poner encima de la mesa un  problema al que todo socialista es o debe ser sensible.  Cuando fue introduciendo en su discurso la necesidad de que alguien del Sur ganara las primarias y disputara la presidencia de la comunidad de Madrid; cuando subrayó con orgullo lo conseguido por un hijo de la clase trabajadora, logró ganar para su causa a muchos militantes de la periferia, pero también a muchos miembros de las clases medias profesionales que piensan que ya era hora de volver a hablar de  igualdad. Sin libertad no hay democracia, y sin democracia no hay socialismo, pero es imposible lograr algo que se acerque al socialismo, sin combatir día a día la desigualdad.
   Y es aquí donde está el reto de futuro. El reto de recoger lo mejor del radicalismo cívico que ha representado muy acertadamente Trinidad Jiménez y el discurso igualitarista que ha encarnado en su persona, en su biografía y en su relato Tomás Gómez. Aunar esas dos sensibilidades es lo decisivo en una comunidad que ofrece muchas posibilidades para ello. Esperanza Aguirre ha sabido dar la batalla en el campo de los valores, ha sabido defender con fuerza a los neoliberales en economía, apoyar a los sectores neoconservadores en cuestiones de moral, y defender con vigor su interpretación de la historia de España.
   La izquierda madrileña espera un liderazgo que sepa difundir una interpretación alternativa de la historia de España, sostener una concepción incluyente de la laicidad y  conectar con unas bases sociales que tienen miedo al paro, y ven con pavor  como se resquebrajan los sueños igualitaristas. Esas bases, sin embargo, han vivido con asombro, y con alegría, que uno de los suyos va a  disputar la presidencia de la comunidad de Madrid.
   Tardaremos en asimilar el mensaje de lo ocurrido el 3 de octubre del 2.010. Y tardaremos porque es algo nuevo. Alguien del sur se enorgullece de su pasado, reivindica su biografía y quiere disputar la hegemonía a la  élite económica y social. Estamos ante un hecho nuevo que inquieta a los poderes económicos tradicionales y que desconcierta a las clases medias socialistas que pensaban que los conflictos de clase eran cosa del pasado. Nunca fue así y ahora con la crisis económica todavía menos. Un hijo del sur ha triunfado y algo nuevo se abre en la vida política madrileña y española.
Publicado en El Mundo el 7 Octubre de 2010

viernes, 17 de septiembre de 2010

La forja de un líder

tú opinión


LA FORJA DE UN LÍDER 


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Si el Rey Felipe II -con bien ganada fama de autoritario- hubiera nombrado a un nuevo responsable militar cuando las armas españolas pasaban en Flandes por un mal trance, y poco tiempo después,cuando nuestras tropas comenzaban a recomponer allí su moral de victoria, el Rey hubiera cambiado de criterio, de caballo y de jefe militar en Flandes y lo hubiera hecho solo a impulsos de una sibila que se hiciera llamar Doña Encuesta, jamás hubiera pasado a la historia con el apelativo de Rey Prudente, sino como Felipe El Caprichoso.
Salvadas las distancias del espacio y del tiempo, algo parecido le está ocurriendo a Zapatero en Madrid. Primero promociona a Tomás Gómez (el alcalde más votado de España) y luego quiere sustituirlo por Trinidad Jiménez. La decisión, según se nos dice, se basó en una encuesta casera (por cierto, ¿cuántos posibles líderes se pasaron a examen en esa encuesta?, ¿solo Trinidad Jiménez?), pues la verdad, el argumento es tan débil que no merece la pena discutirlo.
Pues bien, de ahí, de los resultados de esa encuesta es de donde nace (eso se nos asegura) la decisión de Zapatero a favor de Trinidad Jiménez y también es ahí, en esa encuesta, donde se han fundido las medallas que Trinidad se va poniendo sobre sus solapas: "En el PSOE yo soy la mejor para ganar a la señora Aguirre", eso afirma. Una encuesta posterior de Metroscopia para EL PAÍS (12 de septiembre), aunque se pretenda lo contrario, no corrobora sino que contradice tan notable optimismo. En efecto, según esta encuesta, Aguirre seguiría obteniendo la mayoría absoluta contra Trinidad. Es más, Jiménez no le arrancaría a Esperanza un solo voto directo más que Tomás Gómez.
En realidad, Trinidad Jiménez ofrece a los militantes del PSOE las mismas promesas que ya exhibió en 2003 cuando fue cooptada por Zapatero para ser candidata del PSOE a la alcaldía de Madrid en unas elecciones que perdió claramente. Y las perdió -conviene recordarlo- pese a que el PP pasaba entonces por muy bajos niveles de aprecio entre los madrileños a causa del apoyo que dicho partido estaba prestando en aquellos días a Bush, "el mentiroso", en la guerra de Irak. Y las cosas no están ahora mejor que entonces para el PSOE, están mucho peor, con un rechazo y una desconfianza hacia el presidente del Gobierno que, según encuestas del CIS, alcanzan niveles decepcionantes (más del 70% prefiere otro candidato para el PSOE en las próximas generales y más del 75% tiene poco o nula confianza en él). Además, todos los miembros del Gobierno suspenden. Ninguno -y tampoco la ministra de Sanidad- llega al 4 sobre 10 como calificación.Sean cuales sean los impulsos que han llevado al secretario general a tomar de nuevo esta opción, la de Trinidad Jiménez, y al igual que en anteriores sueltas de paracaidistas sobre Madrid (¿quién no recuerda el fiasco electoral de Miguel Sebastián?), la apuesta también esta vez desprende un aroma sacado del jardín construido en Madrid por la Duquesa de Osuna y conocido como El Capricho. Por eso Tomás Gómez, con buenas y muchas razones, no ha aceptado la "sugerencia".
Pero lo más sorprendente de este caso no ha sido la obcecación o el error de un líder, sino el obsceno bombardeo al que ha sido sometido Tomás Gómez por parte de algunos muy directos colaboradores de Zapatero.
Pienso yo -como probablemente piense la inmensa mayoría de los socialistas- que cuando el jefe está a punto de caer en un error, la lealtad de sus parciales se demuestra advirtiéndole de ello..., pero en el presente caso, los más próximos han hecho todo lo contrario: le han inducido a cometerlo y el resto o se ha callado o ha interpretado la lealtad desde un nivel moralmente muy bajo, aunque, eso sí, muy cómodo. Se han acogido a la vieja sentencia castellana según la cual "De bien nacidos es ser agradecidos", confundiendo la lealtad con la obsecuencia. Incluso han convertido a quien hasta ayer era un "querido compañero", objeto de abrazos y de carantoñas, en un adversario al que se han dedicado a denigrar.
Se ha dicho -y se ha dicho desde "arriba"-, que Tomás Gómez es el candidato de la derecha. Que tal cosa se arroje a la cara de un hombre que es hijo de emigrantes y que tuvo que vender cebollas para pagarse la carrera universitaria (que, por cierto, culminó con una brillantez que otros debieran envidiar), es algo más que una infamia.
Pero no debemos engañarnos. Detrás de estas "primarias" madrileñas o bien hay una operación interna, mediante la cual los padres de la idea de jubilar a Tomás Gómez lo que pretenden es quedarse con la finca, o estamos ante algo más trascendente y duradero que afecta al partido en Madrid y a la política en general. Daré mi opinión a este respecto: los males que sufre el PSOE de Madrid no provienen ni solo ni principalmente de la pérdida continuada de elecciones ni de la reducción de los votos y las alcaldías. Esos hechos colaboran con el mal, como también colabora con él un cierto "apalancamiento" personal o de grupito que se observa en muchas agrupaciones socialistas, pero la causa primera de los males del PSM radica en la escasez, detectable hace tiempo, de trabajo y de ideas. Un tándem imprescindible para "hacer partido". Eso es lo relevante y no lo es la presencia mediática de quienes -dados sus cargos- tienen acceso al candelero (ese "candelero" en el cual se le reprochó a Tomás Gómez no estar. ¡Que lo hubiera nombrado ministro de Fomento y lo conocería todo el mundo!).
Si los socialistas queremos ganar alguna vez las elecciones (las del año que viene o las siguientes), es preciso escoger entre el trabajo duro y las ideas, por un lado, y el "milagro" mediático de última hora obtenido a base de fotos y eslóganes, por el otro.
Los líderes mediáticos nos invaden, es cierto, pero sus eslóganes e imágenes no sintetizan la realidad, sino que la simplifican y, como ya escribió Valéry, "lo que es simple siempre es falso". No se trata aquí de negar la utilidad que pueda tener como instrumento la publicidad, tan solo debe recordarse que es eso: un instrumento al servicio de la política. Pero la política no puede navegar sin rumbo propio, sometida a los vientos cambiantes de una opinión efímera y trivial ni reducir su discurso a eslóganes "ilusionantes" o a imágenes.
Ahí radica la diferencia entre la pirotecnia y la artillería, entre el curandero y el médico, entre el charlatán y el orador... entre un político mediático y otro de verdad. Y Tomás Gómez (de quien ya no podrán decir sus adversarios que no lo conoce nadie) pertenece al segundo grupo. Tiene madera de líder. Un líder que puede desarrollarse en muy poco tiempo, entre otras cosas porque ya está rodado en la mejor escuela: la alcaldía de una ciudad como Parla, cuya gestión ha sido brillante -los parleños lo han ratificado por tres veces con sus votos- y desde luego bastante más compleja y difícil que la que exige un Ministerio que apenas tiene competencias ejecutivas.
Joaquín Leguina es economista

domingo, 29 de agosto de 2010

Callao Cuatro-Tomás

ANTONIO MIGUEL CARMONA
29/08/2010

CallaoCuatro
Tomás
Para el logro del triunfo siempre ha sido indispensable caminar por la senda de los sacrificios. Hay políticos cuyos pasos han requerido del esfuerzo y la constancia para construir una sociedad más justa: las ideas no se heredan, no existe el peculio de la sabiduría, ni la prudencia reside ajena al trabajo diario.
Tomás Gómez es uno de esos políticos de raza que entiende la política como servicio a los demás. Ajeno, como tantos otros, a colocar la diana por donde pasa la flecha, ha sido capaz de crear un equipo que mira fijamente la línea del futuro. Honesto en ideas, trabajador incansable, soy uno de esos privilegiados a los que les suena el teléfono a las ocho de la mañana y es Tomás contándome cómo lograr que el pueblo más alejado de nuestra región pueda tener financiación para que sus ciudadanos puedan disfrutar de una Casa de Niños o de una residencia pública de ancianos.

El presente es sólo un paréntesis entre la nostalgia y la ilusión. El último paso que ha dado Tomás ha llenado de esperanza a los militantes de este viejo y nuevo partido : las primarias.

Más democracia
Aquellos que estamos cerca de él no sabemos, confieso, como organizar el aluvión de militantes, ciudadanos y ciudadanas, que quieren trabajar con él y que se revuelven cada vez que alguien utiliza su cargo para arremeter contra la libre decisión de la democracia.

El setenta y tres por ciento de los secretarios generales del PSOE de Madrid acaba de firmar un manifiesto a favor de Tomás : tres de cada cuatro dirigentes madrileños confían en Tomás como Presidente de la Comunidad de Madrid, lo que le convierte en el primero que ha logrado ahuciar a los socialistas madrileños tras una reciente convulsa historia.

Por eso veo alrededor de Tomás a un equipo de jóvenes de todas las edades ilusionados en hacer de nuestra región una comunidad más próspera y más justa. No es fácil, ahora, salir a la calle con Tomás : cada tres pasos disfruta del abrazo de algún ciudadano, del ánimo de un transeúnte. ¿Dónde habrá quedado aquella vieja encuesta de mayo que fue utilizada para arremeter contra él?

Esta es la consecuencia de que nosotros no hayamos querido hacer el cambio para tener más democracia, sino tener más democracia para poder hacer el cambio.

CallaoCuatro
Tomás Gómez deplora a los políticos profesionales : no es uno de esos hombres públicos donde ser natural es la más difícil de las poses. No quiere, en numerosas reuniones con asociaciones y colectivos, que la prensa esté presente con el objeto de que los ciudadanos no piensen que estábamos aprovechándonos de ellos.

En los últimos meses trabajamos juntos en un libro sobre Teoría Económica inspirado en las necesidades de nuestros respectivos alumnos en la Facultad de Ciencias Económicas ; pero la política, y, especialmente estas primarias, han pospuesto este trabajo (probablemente ese libro no se escriba nunca, porque, tal como le veo, no va a tener tiempo más que para gobernar). No me extraña que, ahora, el diario británico The Economist haya puesto el punto de mira sobre él como uno de los políticos con más futuro de nuestro país.

Trinidad Jiménez
No puedo más que resaltar los valores de Trinidad Jiménez : como persona, como política y como compañera. Su equipo de colaboradores en estas primarias, además, está granado por no pocos amigos míos, compañeros con los que he venido trabajando desde hace tanto tiempo, todos ellos personas de valor y convicción. Junto con aquellos que trabajan en el Ministerio de Sanidad, forman un equipo de campaña leal, encabezado por el propio Secretario General del Ministerio de Sanidad, cuyo tiempo estará dedicado ahora a ese nada fácil quehacer de la democracia.

Y no tengo más que mi aplauso al Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, por haber hecho oídos sordos a aquellos que le susurraban que forzara a la organización a que sólo hubiera maquinalmente una candidata ; aquellos que de nuevo deseaban que apareciera por ensalmo un inexistente caballo blanco, para que meses después, con aire contrito, reconozcamos que nos habíamos equivocado de paracaidista.

José Luis Rodríguez Zapatero entendió que la primera lealtad de Tomás Gómez era con los militantes y afiliados del PSOE de Madrid : lo peor no es decirle alguna vez que no al Presidente del Gobierno, sino decirle siempre a todo que sí.

Pero necesitamos una democracia no solo formal sino también de fondo. En el Partido Socialista Europeo, tras el debate de los dos aspirantes a Secretario General, fueron a votar los delegados. ¿Por qué no podemos tener también un debate entre los dos candidatos socialistas tal como ha propuesto Tomás Gómez?, ¿es que acaso somos menos que los socialistas europeos? Unas primarias no son sólo un vacuo propósito de sonrisas.

Por cierto, que sepan que acabarán estas primarias y, entonces, pondremos nuestro empeño en seguir trabajando juntos con el fin de ganar Madrid : la reconciliación será más hermosa que la victoria.

¿Todos contra Tomás?
Un hombre feliz es aquel que lamentablemente ha dejado de pensar. Las vacaciones han servido para que algunos ministros declaren maquinalmente su apuesta por uno de los dos candidatos. Efectivamente, ha sido sólo una casualidad que no haya coincidido en el mismo día cada una de las apariciones de los ministros en esta campaña de primarias, y, cuya neutralidad es la misma que la virginidad de Aspasia de Mileto.

En la antigüedad ganso significaba maestro, y éste, instruía a los hijos e hijas de las mejores familias que repetían enciclopédicamente lo que decía el primero : de ahí viene la expresión hablar por boca de ganso.

Joseph Fouché, ministro del Interior de Napoleón, duque de Otranto, diligente funcionario con la misma pasión al servicio de los girondinos, de los monárquicos moderados, de los jacobinos más tarde, de Bonaparte, de Luis XVIII y hasta de los austriacos, fue cesado por Napoleón cuando éste se dio cuenta que aspiraba al mismo trono y quiso también ser... ganso.

Ahora sin embargo quienes deciden son los militantes, los afiliados y afiliadas, aquellos que no son más, ni menos, que ciudadanos y ciudadanas. Alguien ha podido decir este largo agosto que los afiliados han de decidir en estas primarias en función de lo que piensen los ciudadanos, como si los militantes fueran patos, como si no fueran ciudadanos, como si fueran piedras o hiedra o aire.

Se habrán dado cuenta que hacemos oídos sordos a las imprecaciones de algunos cuyo paroxismo y extática admiración les lleva al insulto del adversario, a decir con el censo en la mano que les falta el mismísimo censo, a montar páginas web con el fin de degradar al compañero, a acusar de derechismo con la misma mirada que Lavrenti Beria. Ninguno de estos deben pertenecer al equipo de ninguno de los dos candidatos.

Un proyecto colectivo
Tomás Gómez defiende que los hombres y mujeres, los ciudadanos, no vivimos juntos porque sí, si no es para acometer, también juntos, grandes empresas. Por eso Tomás lidera un gran proyecto colectivo cuyos frutos han sido una alternativa evidente al Gobierno de la derecha regional, negro sobre blanco, un programa electoral al que casi sólo le faltaba llevarlo a la imprenta y en el que han participado cientos de compañeros y compañeras.

Rafael Benjumea y Burín, conde de Guadalhorce, ministro de Fomento (1925-1930), era conocido por su ferviente defensa del intervencionismo político ; las disputas con otro miembro del Gabinete, José Calvo Sotelo, se dirimían en el seno del Consejo de Ministros, de espaldas a los ciudadanos. Por eso, entre otros errores de aquellos, llegó afortunadamente la República. Ahora quienes deciden son los ciudadanos y la democracia en el seno de los partidos políticos es un precepto que recoge la mismísima Constitución.

Por eso desde hace meses un autobús recorre los municipios de Madrid mostrando precisamente a los ciudadanos los errores e incumplimientos de la Presidenta saliente de la Comunidad de Madrid. ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que hagamos un paréntesis en nuestra labor de oposición?, ¿nos han elegido los ciudadanos para que hagamos oposición sólo un ratito? Nuestro objetivo no es otro que ganar en unas elecciones limpias a Esperanza Aguirre, cuya imaginación de aguadora le proporciona mentiras en abundancia.

Queda mucho por hacer y lo haremos todos juntos con el fin de hacer realidad ese sentimiento represado de cambiar Madrid. Gane quien gane, las listas electorales nacerán de la Ejecutiva Regional del PSM-PSOE, cuyo Secretario General es Tomás Gómez, y, bien seguro, tendrá en cuenta que éste es un proyecto de todos los ciudadanos y ciudadanas de la región.

Para aquellos que no nos conozcan, los socialistas están hechos de la madera que tiene Tomás Gómez : capaces de arrostrar a la derecha, leales en primer lugar a los militantes y a un proyecto secular.

No recuerdo haberlo escrito: nosotros no hemos querido hacer el cambio para tener más democracia, sino tener más democracia para poder hacer el cambio.


Antonio Miguel Carmona es profesor de Economía y secretario de Economía del PSM-PSOE

viernes, 27 de agosto de 2010

J'accuse Emile Zola

LETTRE

A M. FÉLIX FAURE

Président de la République

Monsieur le Président,

Me permettez-vous, dans ma gratitude pour le bienveillant accueil que vous m'avez fait un jour, d'avoir le souci de votre juste gloire et de vous dire que votre étoile, si heureuse jusqu'ici, est menacée de la plus honteuse, de la plus ineffaçable des taches ?
Vous êtes sorti sain et sauf des basses calomnies, vous avez conquis les cœurs. Vous apparaissez rayonnant dans l'apothéose de cette fête patriotique que l'alliance russe a été pour la France, et vous vous préparez à présider au solennel triomphe de notre Exposition universelle, qui couronnera notre grand siècle de travail, de vérité et de liberté. Mais quelle tache de boue sur votre nom -- j'allais dire sur votre règne -- que cette abominable affaire Dreyfus ! Un conseil de guerre vient, par ordre, d'oser acquitter un Esterhazy, soufflet suprême à toute vérité, à toute justice. Et c'est fini, la France a sur la joue cette souillure, l'histoire écrira que c'est sous votre présidence qu'un tel crime social a pu être commis.
Puisqu'ils ont osé, j'oserai aussi, moi. La vérité, je la dirai, car j'ai promis de la dire, si la justice, régulièrement saisie, ne la faisait pas, pleine et entière. Mon devoir est de parler, je ne veux pas être complice. Mes nuits seraient hantées par le spectre de l'innocent qui expie là-bas, dans la plus affreuse des tortures, un crime qu'il n'a pas commis.
Et c'est à vous, monsieur le Président, que je la crierai, cette vérité, de toute la force de ma révolte d'honnête homme Pour votre honneur, je suis convaincu que vous l'ignorez. Et à qui donc dénoncerai-je la tourbe malfaisante des vrais coupables, si ce n'est à vous, le premier magistrat du pays ?

La vérité d'abord sur le procès et sur la condamnation de Dreyfus.
Un homme néfaste a tout mené, a tout fait, c'est le colonel du Paty de Clam, alors simple commandant. Il est l'affaire Dreyfus tout entière, on ne la connaîtra que lorsqu'une enquête loyale aura établi nettement ses actes et ses responsabilités. Il apparaît comme l'esprit le plus fumeux, le plus compliqué, hanté d'intrigues romanesques, se complaisant aux moyens des romans-feuilletons, les papiers volés, les lettres anonymes, les rendez-vous dans les endroits déserts, les femmes mystérieuses qui colportent, de nuit, des preuves accablantes. C'est lui qui imagina de dicter le bordereau à Dreyfus ; c'est lui qui rêva de l'étudier dans une pièce entièrement revêtue de glaces ; c'est lui que le commandant Forzinetti nous représente armé d'une lanterne sourde, voulant se faire introduire près de l'accusé endormi, pour projeter sur son visage un brusque flot de lumière et surprendre ainsi son crime, dans l'émoi du réveil. Et je n'ai pas à tout dire, qu'on cherche, on trouvera. Je déclare simplement que le commandant du Paty de Clam, chargé d'instruire l'affaire Dreyfus, comme officier judiciaire, est, dans l'ordre des dates et des responsabilités, le premier coupable de l'effroyable erreur judiciaire qui a été commise.
Le bordereau était depuis quelque temps déjà entre les mains du colonel Sandherr, directeur du bureau des renseignements, mort depuis de paralysie générale. Des « fuites » avaient lieu, des papiers disparaissaient comme il en disparaît aujourd'hui encore ; et l'auteur du bordereau était recherché, lorsqu'un a priori se fit peu à peu que cet auteur ne pouvait être qu'un officier de l'état-major, et un officier d'artillerie : double erreur manifeste, qui montre assez quel esprit superficiel on avait étudié ce bordereau, car un examen raisonné démontre qu'il ne pouvait s'agir que d'un officier de troupe. On cherchait donc dans la maison, on examinait les écritures, c'était comme une affaire de famille, un traître à surprendre dans les bureaux mêmes, pour l'en expulser. Et, sans que je veuille refaire ici une histoire connue en partie, le commandant du Paty de Clam entre en scène, dès qu'un premier soupçon tombe sur Dreyfus : A partir de ce moment, c'est lui qui a invente Dreyfus, l'affaire devient son affaire, il se fait fort de confondre le traître, de l'amener à des aveux complets. Il y a bien le ministre de la guerre, le général Mercier, dont l'intelligence semble médiocre ; il y a bien le chef de l'état-major, le général de Boisdeffre, qui parait avoir cédé à sa passion cléricale, et le sous-chef de l'état-major. le général Gonse, dont la conscience a pu s'accommoder de beaucoup de choses. Mais, au fond, il n'y a d'abord que le commandant du Paty de Clam, qui les mène tous, qui les hypnotise, car il s'occupe aussi de spiritisme, d'occultisme, il converse avec les esprits. On ne croira jamais les expériences auxquelles il a soumis le malheureux Dreyfus, les pièges dans lesquels il a voulu le faire tomber, les enquêtes folles, les imaginations monstrueuses, toute une démence torturante.

Ah ! cette première affaire, elle est un cauchemar, pour qui la connaît dans ses détails vrais ! Le commandant du Paty de Clam arrête Dreyfus, le met au secret. Il court chez madame Dreyfus, la terrorise, lui dit que, si elle parle, son mari est perdu. Pendant ce temps, le malheureux s'arrachait la chair, hurlait son innocence. Et l'instruction a été faite ainsi, comme dans une chronique du quinzième siècle, au milieu du mystère, avec une complication d'expédients farouches, tout cela basé sur une seule charge enfantine, ce bordereau imbécile, qui n'était pas seulement une trahison vulgaire, qui était aussi la plus impudente des escroqueries, car les fameux secrets livrés se trouvaient presque tous sans valeur. Si j'insiste, c'est que l'œuf est ici, d'où va sortir plus tard le vrai crime, l'épouvantable déni de justice dont la France est malade. Je voudrais faire toucher du doigt comment l'erreur judiciaire a pu être possible, comment elle est née des machinations du commandant du Paty de Clam, comment le général Mercier, les généraux de Boisdeffre et Gonse ont pu s'y laisser prendre, engager peu à peu leur responsabilité dans cette erreur, qu'ils ont cru devoir, plus tard, imposer comme la vérité sainte, une vérité qui ne se discute même pas. Au début, il n'y a donc de leur part que de l'incurie et de l'inintelligence. Tout au plus, les sent-on céder aux passions religieuses du milieu et aux préjugés de l'esprit de corps. Ils ont laissé faire la sottise.
Mais voici Dreyfus devant le conseil de guerre. Le huis clos le plus absolu est exigé. Un traître aurait ouvert la frontière à l'ennemi, pour conduire l'empereur allemand jusqu'à Notre-Dame, qu'on ne prendrait pas des mesures de silence et de mystère plus étroites. La nation est frappée de stupeur, on chuchote des faits terribles, de ces trahisons monstrueuses qui indignent l'histoire, et naturellement la nation s'incline. Il n'y a pas de châtiment assez sévère, elle applaudira à la dégradation publique, elle voudra que le coupable reste sur son rocher d'infamie dévoré par le remords. Est-ce donc vrai, les choses indicibles, les choses dangereuses, capables de mettre l'Europe en flammes, qu'on a dû enterrer soigneusement derrière ce huis clos ? Non ! il n'y a eu, derrière, que les imaginations romanesques et démentes du commandant du Paty de Clam. Tout cela n'a été fait que pour cacher le plus saugrenu des romans-feuilletons. Et il suffit, pour s'en assurer, d'étudier attentivement l'acte d'accusation lu devant le conseil de guerre.
Ah ! le néant de cet acte d'accusation ! Qu'un homme ait pu être condamné sur cet acte, c'est un prodige d'iniquité. Je défie les honnêtes gens de le lire, sans que leur cœur bondisse d'indignation et crie leur révolte, en pensant à l'expiation démesurée, là-bas, à l'île du Diable. Dreyfus sait plusieurs langues, crime ; on n'a trouvé chez lui aucun papier compromettant, crime ; il va parfois dans son pays d'origine, crime ; il est laborieux, il a le souci de tout savoir, crime ; il ne se trouble pas, crime ; il se trouble, crime. Et les naïvetés de rédaction, les formelles assertions dans le vide ! On nous avait parlé de quatorze chefs d'accusation : nous n'en trouvons qu'une seule en fin de compte, celle du bordereau ; et nous apprenons même que les experts n'étaient pas d'accord, qu'un d'eux, M. Gobert, a été bousculé militairement, parce qu'il se permettait de ne pas conclure dans le sens désiré. On parlait aussi de vingt-trois officiers qui étaient venus accabler Dreyfus de leurs témoignages. Nous ignorons encore leurs interrogatoires, mais il est certain que tous ne l'avaient pas chargé ; et il est à remarquer, en outre, que tous appartenaient aux bureaux de la guerre. C'est un procès de famille, on est là entre soi, et il faut s'en souvenir : l'état-major a voulu le procès, l'a jugé, et il vient de le juger une seconde fois.
Donc, il ne restait que le bordereau, sur lequel les experts ne s'étaient pas entendus. On raconte que, dans la chambre du conseil, les juges allaient naturellement acquitter. Et, dès lors, comme l'on comprend l'obstination désespérée avec laquelle, pour justifier la condamnation, on affirme aujourd'hui l'existence d'une pièce secrète, accablante, la pièce qu'on ne peut montrer, qui légitime tout, devant laquelle nous devons nous incliner, le bon dieu invisible et inconnaissable. Je la nie, cette pièce, je la nie de toute ma puissance ! Une pièce ridicule, oui, peut-être la pièce où il est question de petites femmes, et où il est parlé d'un certain D... qui devient trop exigeant, quelque mari sans doute trouvant qu'on ne lui payait pas sa femme assez cher. Mais une pièce intéressant la défense nationale, qu'on, ne saurait produire sans que la guerre fût déclarée demain, non, non ! C'est un mensonge ; et cela est d'autant plus odieux et cynique qu'ils mentent impunément sans qu'on puisse les en convaincre. Ils ameutent la France, ils se cachent derrière sa légitime émotion, ils ferment les bouches en troublant les cœurs, en pervertissant les esprits. Je ne connais pas de plus grand crime civique.
Voila donc, monsieur le Président, les faits qui expliquent comment une erreur judiciaire a pu être commise ; et les preuves morales, la situation de fortune de Dreyfus, l'absence de motifs, son continuel cri d'innocence, achèvent de le montrer comme une victime des extraordinaires imaginations du commandant du Paty de Clam, du milieu clérical où il se trouvait, de la chasse aux « sales juifs », qui déshonore notre époque.

Et nous arrivons à l'affaire Esterhazy. Trois ans se sont passés, beaucoup de consciences restent troublées profondément, s'inquiètent, cherchent, finissent par se convaincre de l'innocence de Dreyfus.
Je ne ferai pas l'historique des doutes, puis de la conviction de M. Scheurer-Kestner. Mais, pendant qu'il fouillait de son côté, il se passait des faits graves à l'état-major même. Le colonel Sandherr était mort et le lieutenant-colonel Picquart lui avait succédé comme chef du bureau des renseignements. Et c'est à ce titre, dans l'exercice de ses fonctions, que ce dernier eut un jour entre les mains une lettre-télégramme, adressée au commandant Esterhazy, par un agent d'une puissance étrangère. Son devoir strict était d'ouvrir une enquête. La certitude est qu'il n'a jamais agi en dehors de la volonté de ses supérieurs. Il soumit donc ses soupçons à ses supérieurs hiérarchiques, le général Gonse, puis le général de Boisdeffre, puis le général Billot, qui avait succédé au général Mercier comme ministre de la guerre. Le fameux dossier Picquart, dont il a été tant parlé, n'a jamais été que le dossier Billot, j'entends le dossier fait par un subordonné pour son ministre, le dossier qui doit exister encore au ministère de la guerre. Les recherches durèrent de mai à septembre 1896, et ce qu'il faut affirmer bien haut, c'est que le général Gonse était convaincu de la culpabilité d'Esterhazy, c'est que le général de Boisdeffre et le général Billot ne mettaient pas en doute que le fameux bordereau fût de l'écriture d'Esterhazy. L'enquête du lieutenant-colonel Picquart avait abouti à cette constatation certaine. Mais l'émoi était grand, car la condamnation d'Esterhazy entraînait inévitablement la révision du procès Dreyfus ; et c'était ce que l'état-major ne voulait à aucun prix.
Il dut y avoir là une minute psychologique pleine d'angoisse. Remarquez que le général Billot n'était compromis dans rien, il arrivait tout frais, il pouvait faire la vérité. Il n'osa pas, dans la terreur sans doute de l'opinion publique, certainement aussi dans la crainte de livrer tout l'état-major, le général de Boisdeffre, le général Gonse, sans compter les sous-ordres. Puis, ce ne fut là qu'une minute de combat entre sa conscience et ce qu'il croyait être l'intérêt militaire. Quand cette minute fut passée, il était déjà trop tard. Il s'était engagé, il était compromis. Et, depuis lors, sa responsabilité n'a fait que grandir, il a pris à sa charge le crime des autres, il est aussi coupable que les autres, il est plus coupable qu'eux, car il a été le maître de faire justice, et il n'a rien fait. Comprenez-vous cela ! voici un an que le général Billot, que les généraux de Boisdeffre et Gonse savent que Dreyfus est innocent, et ils ont gardé pour eux cette effroyable chose. Et ces gens-là dorment, et ils ont des femmes et des enfants qu'ils aiment !
Le colonel Picquart avait rempli son devoir d'honnête homme. Il insistait auprès de ses supérieurs, au nom de la justice. Il les suppliait même, il leur disait combien leurs délais étaient impolitiques devant le terrible orage qui s'amoncelait, qui devait éclater, lorsque la vérité serait connue Ce fut, plus tard, le langage que M. Scheurer-Kestner tint également au général Billot, l'adjurant par patriotisme de prendre en main l'affaire, de ne pas la laisser s'aggraver, au point de devenir un désastre public. Non ! le crime était commis, l'état-major ne pouvait plus avouer son crime. Et le lieutenant-colonel Picquart fut envoyé en mission, on l'éloigna de plus loin en plus loin, jusqu'en Tunisie, ou l'on voulut même un jour honorer sa bravoure, en le chargeant d'une mission qui l'aurait fait sûrement massacrer, dans les parages où le marquis de Morès a trouvé la mort. Il n'était pas en disgrâce, le général Gonse entretenait avec lui une correspondance amicale. Seulement, il est des secrets qu'il ne fait pas bon d'avoir surpris.
A Paris, la vérité marchait, irrésistible, et l'on sait de quelle façon l'orage attendu éclata. M. Mathieu Dreyfus dénonça le commandant Esterhazy comme le véritable auteur du bordereau, au moment ou M. Scheurer-Kestner allait déposer, entre les mains du garde des sceaux, une demande en révision du procès. Et c'est ici que le commandant Esterhazy parait. Des témoignages le montrent d'abord affolé, prêt au suicide ou a la fuite. Puis, tout d'un coup, il paye d'audace, il étonne Paris par la violence de son attitude. C'est que du secours lui était venu, il avait reçu une lettre anonyme l'avertissant des menées de ses ennemis, une dame mystérieuse s'était même dérangée de nuit pour lui remettre une pièce volée à l'état-major qui devait le sauver. Et je ne puis m'empêcher de retrouver là le lieutenant-colonel du Paty de Clam, en reconnaissant les expédients de son imagination fertile. Son œuvre, la culpabilité de Dreyfus, était en péril, et il a voulu sûrement défendre son œuvre. La révision du procès, mais c'était l'écroulement du roman-feuilleton si extravagant, si tragique, dont le dénouement abominable a lieu à l'île du Diable ! C'est ce qu'il ne pouvait permettre. Dès lors, le duel va avoir lieu entre le lieutenant-colonel Picquart et le lieutenant-colonel du Paty de Clam, l'un le visage découvert, l'autre masqué. On les retrouvera prochainement tous deux devant la justice civile. Au fond, c'est toujours l'état-major qui se défend, qui ne veut pas avouer son crime, dont l'abomination grandit d'heure en heure.
On s'est demandé avec stupeur quels étaient les protecteurs du commandant Esterhazy. C'est d'abord, dans l'ombre, le lieutenant-colonel du Paty de Clam qui a tout machiné, qui a tout conduit. Sa main se trahit aux moyens saugrenus. Puis, c'est le général de Boisdeffre, c'est le général Gonse, c'est le général Billot lui-même, qui sont bien obligés de faire acquitter le commandant, puisqu'ils ne peuvent laisser reconnaître l'innocence de Dreyfus, sans que les bureaux de la guerre croulent sous le mépris public. Et le beau résultat de cette situation prodigieuse, c'est que l'honnête homme là-dedans, le lieutenant-colonel Picquart, qui seul a fait son devoir, va être la victime, celui qu'on bafouera et qu'on punira. O justice, quelle affreuse désespérance serre le cœur ! On va jusqu'à dire que c'est lui le faussaire, qu'il a fabriqué la carte-télegramme pour perdre Esterhazy. Mais, grand Dieu ! pourquoi ? dans quel but ? Donnez un motif. Est-ce que celui-là aussi est payé par les juifs ? Le joli de l'histoire est qu'il était justement antisémite. Oui ! nous assistons à ce spectacle infâme des hommes perdus de dettes et de crimes dont on proclame l'innocence, tandis qu'on frappe l'honneur même, un homme à la vie sans tache ! Quand une société en est la, elle tombe en décomposition.
Voila donc, monsieur le Président, l'affaire Esterhazy : un coupable qu'il s'agissait d'innocenter. Depuis bientôt deux mois, nous pouvons suivre heure par heure la belle besogne. J'abrège, car ce n'est ici, en gros, que le résumé de l'histoire dont les brûlantes pages seront un jour écrites tout au long. Et nous avons donc vu le général de Pellieux, puis le comandant Ravary, conduire une enquête scélérate d'où les coquins sortent transfigurés et les honnêtes gens salis. Puis, on a convoqué le conseil de guerre.

Comment a-t-on pu espérer qu'un conseil de guerre déferait ce qu'un conseil de guerre avait fait ?
Je ne parle même pas du choix toujours possible des juges. L'idée supérieure de discipline, qui est dans le sang de ces soldats, ne suffit-elle à infirmer leur pouvoir même d'équité ? Qui dit discipline dit obéissance. Lorsque le ministère de la guerre, le grand chef, a établi publiquement, aux acclamations de la représentation nationale, l'autorité absolue de la chose jugée, vous voulez qu'un conseil de guerre lui donne un formel démenti ? Hiérarchiquement, cela est impossible. Le général Billot a suggestionné les juges par sa déclaration, et ils ont jugé comme ils doivent aller au feu, sans raisonner. L'opinion préconçue qu'ils ont apportée sur leur siège est évidement celle-ci : « Dreyfus a été condamné pour crime de trahison par un conseil de guerre ; il est donc coupable et nous, conseil de guerre, nous ne pouvons le déclarer innocent ; or nous savons que reconnaître la culpabilité d'Esterhazy ce serait proclamer l'innocence de Dreyfus. » Rien ne pouvait les faire sortir de là.
Ils ont rendu une sentence inique qui à jamais pèsera sur nos conseils de guerre, qui entachera désormais de suspicion tous leurs arrêts. Le premier conseil de guerre a pu être inintelligent, le second est forcément criminel. Son excuse, je le répète, est que le chef suprême avait parlé, déclarant la chose jugée inattaquable, sainte et supérieure aux hommes, de sorte que des inférieurs ne pouvaient dire le contraire. On nous parle de l'honneur de l'armée, on veut que nous l'aimions que nous la respections. Ah ! certes oui, l'armée qui se lèverait à la première menace, qui défendrait la terre française, elle est tout le peuple et nous n'avons pour elle que tendresse et respect. Mais il ne s'agit pas d'elle dont nous voulons justement la dignité, dans notre besoin de justice. Il s'agit du sabre, le maître qu'on nous donnera demain peut-être. Et baiser dévotement la poignée du sabre, le dieu, non !
Je l'ai démontré d'autre part : l'affaire Dreyfus était l'affaire des bureaux de la guerre, un officier de l'état-major, dénoncé par ses camarades de l'état major, condamné sous la pression des chefs de l'état-major. Encore une fois, il ne peut revenir innocent, sans que tout l'état-major soit coupable. Aussi les bureaux, par tous les moyens imaginables, par des campagnes de presse, par des communications, par des influences, n'ont-ils couvert Esterhazy que pour perdre une seconde fois Dreyfus. Ah ! quel coup de balai le gouvernement républicain devrait donner dans cette jésuitière, ainsi que les appelle le général Billot lui-même ! Où est-il, le ministère vraiment fort et d'un patriotisme sage, qui osera tout y refondre et tout y renouveler ? Que de gens je connais qui, devant une guerre possible, tremblent d'angoisse en sachant dans quelles mains est la défense nationale ! et quel nid de basses intrigues, de commérages et de dilapidations, est devenu cet asile sacré, où se décide le sort de la patrie ! On s'épouvante devant le jour terrible que vient d'y jeter l'affaire Dreyfus, ce sacrifice humain d'un malheureux. d'un « sale juif » ! Ah ! tout ce qui s'est agité là de démence et de sottise, des imaginatiens folles, des pratiques de basse police, des mœurs d'inquisition et de tyrannie, le bon plaisir de quelques galonnés mettant leurs bottes sur la nation, lui rentrant dans la gorge son cri de vérité et de justice, sous le prétexte menteur et sacrilège de la raison d'Etat.
Et c'est un crime encore que de s'être appuyé sur la presse immonde, que de s'être laissé défendre par toute la fripouille de Paris, de sorte que voilà la fripouille qui triomphe insolemment dans la défaite du droit et de la simple probité. C'est un crime d'avoir accusé de troubler la France ceux qui la veulent généreuse, à la tête des nations libres et justes, lorsqu'on ourdit soi-même l'impudent complot d'imposer l'erreur, devant le monde entier. C'est un crime d'égarer l'opinion, d'utiliser pour une besogne de mort cette opinion qu'on a pervertie, jusqu'à la faire délirer. C'est un crime d'empoisonner les petits et les humbles, d'exaspérer les passions de réaction et d'intolérance, en s'abritant derrière l'odieux antisémitisme, dont la grande France libérale des droits de l'homme mourra, si elle n'en est pas guérie. C'est un crime que d'exploiter le patriotisme pour des œuvres de haine, et c'est un crime enfin que de faire du sabre le dieu moderne, lorsque toute la science humaine est au travail pour l'œuvre prochaine de vérité et de justice.
Cette vérité, cette justice, que nous avons si passionnément voulues, quelle détresse à les voir ainsi souffletées, plus méconnues et plus obscurcies ! Je me doute de l'écroulement qui doit avoir lieu dans l`âme de M. Scheurer-Kestner, et je crois bien qu'il finira par éprouver un remords, celui de n'avoir pas agi révolutionnairement, le jour de l'interpellation au Sénat, en lâchant tout le paquet, pour tout jeter à bas. Il a été le grand honnête homme, l'homme de sa vie loyale, il a cru que la vérité se suffisait à elle-même, surtout lorsqu'elle lui apparaissait éclatante comme le plein jour. A quoi bon tout bouleverser, puisque bientôt le soleil allait luire? Et c'est de cette sérénité confiante dont il est si cruellement puni. De même pour le lieutenant-colonel Picquart, qui, par un sentiment de haute dignité, n'a pas voulu publier les lettres du général Gonse. Ces scrupules l'honorent d'autant plus, que, pendant qu'il restait respectueux de la discipline, ses supérieurs le faisaient couvrir de boue, instruisaient eux-mêmes son procès, de la façon la plus inattendue et la plus outrageante. Il y a deux victimes, deux braves gens, deux cœurs simples, qui ont laissé faire Dieu, tandis que le diable agissait. Et l'on a même vu, pour le lieutenant-colonel Picquart, cette chose ignoble : un tribunal français, après avoir laissé le rapporteur charger publiquement un témoin, l'accuser de toutes les fautes, a fait le huis clos, lorsque ce témoin a été introduit pour s'expliquer et se défendre. Je dis que cela est un crime de plus et que ce crime soulèvera la conscience universelle. Décidément, les tribunaux militaires se font une singulière idée de la justice.
Telle est donc la simple vérité, monsieur le Président, et elle est effroyable, elle restera pour votre présidence une souillure. Je me doute bien que vous n'avez aucun pouvoir en cette affaire, que vous êtes le prisonnier de la Constitution et de votre entourage. Vous n'en avez pas moins un devoir d'homme, auquel vous songerez, et que vous remplirez. Ce n'est pas, d'ailleurs, que je désespère le moins da monde du triomphe. Je le répète avec une certitude plus véhémente : la vérité est en marche, et rien ne l'arrêtera. C'est d'aujourd'hui seulement que l'affaire commence, puisque aujourd'hui seulement les positions sont nettes : d'une part, les coupables qui ne veulent pas que la lumière se fasse ; de l'autre, les justiciers qui donneront leur vie pour qu'elle soit faite. Quand on enferme la vérité sous terre, elle s'y amasse, elle y prend une force telle d'explosion, que le jour où elle éclate, elle fait tout sauter avec elle. On verra bien si l'on ne vient pas de préparer, pour plus tard, le plus retentissant des désastres.

Mais cette lettre est longue, monsieur le Président, et il est temps de conclure.
J'accuse le lieutenant-colonel du Paty de Clam d'avoir été l'ouvrier diabolique de l'erreur judiciaire, en inconscient, je veux le croire, et d'avoir ensuite défendu son œuvre néfaste, depuis trois ans, par les machinations les plus saugrenues et les plus coupables.
J'accuse le général Mercier de s'être rendu complice, tout au moins par faiblesse d'esprit, d'une des plus grandes iniquités du siècle.
J'accuse le général Billot d'avoir eu entre les mains les preuves certaines de l'innocence de Dreyfus et de les avoir étouffées, de s'être rendu coupable de ce crime de lèse-humanité et de lèse-justice, dans un but politique et pour sauver l'état-major compromis.
J'accuse le général de Boisdeffre et le général Gonse de s'être rendus complices du même crime, l'un sans doute par passion cléricale, l'autre peut-être par cet esprit de corps qui fait des bureaux de la guerre l'arche sainte, inattaquable.
J'accuse le général de Pellieux et le commandant Ravary d'avoir fait une enquête scélérate, j'entends par là une enquête de la plus monstrueuse partialité, dont nous avons, dans le rapport du second, un impérissable monument de naïve audace.
J'accuse les trois experts en écritures, les sieurs Belhomme, Varinard et Couard, d'avoir fait des rapports mensongers et frauduleux, à moins qu'un examen médical ne les déclare atteints d'une maladie de la vue et du jugement.
J'accuse les bureaux de la guerre d'avoir mené dans la presse, particulièrement dans l'Eclair et dans l'Echo de Paris, une campagne abominable, pour égarer l'opinion et couvrir leur faute.
J'accuse enfin le premier conseil de guerre d'avoir violé le droit, en condamnant un accusé sur une pièce restée secrète, et j'accuse le second conseil de guerre d'avoir couvert cette illégalité, par ordre, en commettant à son tour le crime juridique d'acquitter sciemment un coupable.
En portant ces accusations, je n'ignore pas que je me mets sous le coup des articles 30 et 31 de la loi sur la presse du 29 juillet 1881, qui punit les délits de diffamation. Et c'est volontairement que je m'expose.
Quant aux gens que j'accuse, je ne les connais pas, je ne les ai jamais vus, je n'ai contre eux ni rancune ni haine. Ils ne sont pour moi que des entités, des esprits de malfaisance sociale. Et l'acte que j'accomplis ici n'est qu'un moyen révolutionnaire pour hâter l'explosion de la vérité et de la justice.
Je n'ai qu'une passion, celle de la lumière, au nom de l'humanité qui a tant souffert et qui a droit au bonheur. Ma protestation enflammée n'est que le cri de mon âme. Qu'on ose donc me traduire en cour d'assises et que l'enquête ait lieu au grand jour !
J'attends.
Veuillez agréer, monsieur le Président, l'assurance de mon profond respect.

ÉMILE ZOLA