lunes, 12 de octubre de 2009

Fetichismo del PIB


Fetichismo del PBI

Joseph E. Stiglitz

NUEVA YORK – Esforzarse por reavivar la economía mundial al mismo tiempo que se responde a la crisis climática global ha planteado un interrogante complejo: ¿las estadísticas nos están dando las "señales" correctas sobre qué hacer? En nuestro mundo orientado hacia el desempeño, las cuestiones de medición han cobrado mayor relevancia: lo que medimos afecta lo que hacemos.

Si tomamos malas decisiones, lo que intentamos hacer (digamos, aumentar el PBI) en realidad puede contribuir a empeorar los niveles de vida. También podemos enfrentarnos a falsas opciones y ver compensaciones entre producción y protección ambiental que no existen. Por el contrario, una mejor medición del desempeño económico podría demostrar que las medidas tomadas para mejorar el medio ambiente son buenas para la economía.

Hace dieciocho meses, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, creó una Comisión Internacional para la Medición del Desempeño Económico y el Progreso Social, debido a su insatisfacción -y la de muchos otros- con el estado actual de la información estadística sobre la economía y la sociedad. El 14 de septiembre, la Comisión dará a conocer su tan esperado informe.

El gran interrogante implica saber si el PBI ofrece una buena medición de los niveles de vida. En muchos casos, las estadísticas sobre el PBI parecen sugerir que a la economía le está yendo mucho mejor que las propias percepciones de la mayoría de los ciudadanos. Es más, el foco en el PBI crea conflictos: a los líderes políticos se les dice que lo maximicen, pero los ciudadanos también exigen que se preste atención a mejorar la seguridad, a reducir la contaminación del aire, del agua y el ruido, y demás -lo cual podría reducir el crecimiento del PBI.

El hecho de que el PBI pueda ser una medición deficiente del bienestar, o incluso de la actividad del mercado, obviamente es algo que se reconoce desde hace tiempo. Pero los cambios en la sociedad y la economía pueden haber agudizado los problemas, al mismo tiempo que los avances en la economía y las técnicas estadísticas pueden haber ofrecido oportunidades para mejorar nuestras mediciones.

Por ejemplo, si bien se supone que el PBI mide el valor de la producción de bienes y servicios, en un sector clave -el gobierno- normalmente no tenemos manera de hacerlo, de modo que solemos medir la producción simplemente por las inversiones. Si el gobierno gasta más -aún de manera ineficiente- la producción aumenta. En los últimos 60 años, el porcentaje de la producción del gobierno en el PBI aumentó del 21,4% al 38,6% en Estados Unidos, del 27,6% al 52,7% en Francia, del 34,2% al 47,6% en el Reino Unido y del 30,4% al 44% en Alemania. De manera que lo que era un problema relativamente menor se ha convertido en un problema importante.

De la misma manera, las mejoras de calidad -digamos, mejores autos en lugar de más autos- representan gran parte del aumento del PBI hoy en día. Pero evaluar las mejoras de calidad resulta difícil. La atención médica ejemplifica este problema: gran parte de la medicina se ofrece públicamente, y muchos de los avances son en calidad.

Los mismos problemas de hacer comparaciones en el tiempo se aplican a las comparaciones entre países. Estados Unidos gasta más en atención sanitaria que cualquier otro país (tanto per capita como en porcentaje de los ingresos), pero obtiene peores resultados. Parte de la diferencia entre el PBI per capita en Estados Unidos y algunos países europeos puede ser, en consecuencia, el resultado de la manera en que medimos las cosas.

Otro cambio pronunciado en la mayoría de las sociedades es un incremento en la desigualdad. Esto significa que existe una creciente disparidad entre el ingreso promedio (medio) y el ingreso mediano (el de la persona "típica", cuyo ingreso se ubica en el medio de la distribución de todos los ingresos). Si unos pocos banqueros se vuelven mucho más ricos, el ingreso promedio puede subir, a pesar de que los ingresos de la mayoría de la gente estén decayendo. De manera que las estadísticas sobre el PBI per capita tal vez no reflejen lo que les está sucediendo a la mayoría de los ciudadanos.

Utilizamos precios de mercado para valuar los bienes y servicios. Pero ahora, incluso aquellos que tienen mucha fe en los mercados cuestionan la dependencia de los precios de mercado, ya que están en contra de las valuaciones por ajuste al mercado. Las ganancias previas a la crisis de los bancos -una tercera parte de todas las ganancias corporativas- parecen haber sido un espejismo.

Entender esto arroja una nueva luz no sólo sobre nuestras mediciones del desempeño, sino también sobre las inferencias que hacemos. Antes de la crisis, cuando el crecimiento de Estados Unidos (utilizando mediciones estándar del PBI) parecía mucho más sólido que el de Europa, muchos europeos sostenían que Europa debía adoptar el capitalismo al estilo estadounidense. Por supuesto, todo aquel que hubiera querido podría haber visto un creciente endeudamiento de los hogares norteamericanos, lo que habría permitido corregir la falsa impresión de éxito ofrecida por la estadística del PBI.

Los recientes avances metodológicos nos han permitido evaluar mejor qué contribuye a la sensación de bienestar de los ciudadanos y reunir los datos necesarios para hacer ese tipo de evaluaciones de manera regular. Estos estudios, por caso, verifican y cuantifican lo que debería ser obvio: la pérdida de un empleo tiene un mayor impacto de lo que representa la pérdida del ingreso. También demuestran la importancia de la conectividad social.

Toda buena medición de lo bien que nos está yendo también debe tener en cuenta la sustentabilidad. De la misma manera que una empresa necesita medir la depreciación de su capital, también nuestras cuentas nacionales deben reflejar la sobreexplotación de los recursos naturales y la degradación de nuestro medio ambiente.

Los marcos estadísticos están destinados a resumir lo que está sucediendo en nuestra sociedad compleja en unos pocos números fácilmente interpretables. Debería haber sido obvio que no se podía reducir todo a un único número, el PBI. El informe de la Comisión para la Medición del Desempeño Económico y el Progreso Social, es de esperarse, conducirá a un mejor entendimiento de los usos, y abusos, de esa estadística.

El informe también debería servir de guía para crear un conjunto más amplio de indicadores que capturen de manera más precisa tanto el bienestar como la sustentabilidad, a la vez que debería dar impulso para mejorar la capacidad del PBI y las estadísticas relacionadas a la hora de evaluar el desempeño de la economía y la sociedad. Estas reformas nos ayudarán a dirigir nuestros esfuerzos (y recursos) de maneras que conduzcan al mejoramiento de ambos.

Publicado en Project Syndicate

jueves, 27 de agosto de 2009

A vueltas con los impuestos o con las cosas de comer

Carlos Martínez – Presidente de ATTAC España

Los impuestos, que en una sociedad de mercado son imprescindibles, no solo generan recursos públicos sino también, tal y como afirmaba Adam Smith, son los que dan carta de naturaleza a la ciudadanía, es decir son un hecho político, y lo son tanto en cuanto afirman nuestra capacidad de exigencia cívica y de control. También en que definen las políticas que los gobiernos implementan y ejecutan.

Las exenciones y rebajas impositivas a las grandes fortunas, o bien las actividades a las que se destinan -es decir más servicios públicos o más defensa y guerra, seguridad y protocolos varios-, diferencian el carácter o tendencia de un Gobierno o una determinada mayoría parlamentaria.

Así pues, las políticas de rebajar impuestos de forma continuada a los poderosos son conservadoras e injustas, y los impuestos que graban a quien más tiene y luego redistribuyen son más justas e igualitarias.

En estos últimos años, por el auge de las doctrinas políticas neoliberales, las rebajas injustas de impuestos han tomado carta de naturaleza, y la misma socialdemocracia colonizada y/o casi totalmente colonizada por las ideas liberales ha caído en la trampa de que las rebajas de impuestos eran buenas. Pero lo más grave es que culturalmente amplísimos sectores de la ciudadanía occidental han adaptado esta ideología, y totalmente alienados piensan que los impuestos no son buenos y votan a quienes les prometen rebajas de impuestos, sin pensar que los Servicios Públicos que ellos necesitan, se están deteriorando, privatizando y cercenando sus derechos sociales.

La Socialdemocracia tercerista o socioliberalismo ha tenido mucha culpa en esto, haciéndole un gran favor a las derechas liberales europeas, pues ni ha sabido hacer pedagogía con los impuestos y su justa redistribución, ni ha combatido ideológicamente defendiendo lo público y el estado del bienestar.

La ideología, insisto, neoliberal ha impuesto su cultura y su mensaje y a la socialdemocracia ahora le cuesta mucho defender la necesidad del hecho impositivo. Pero es que los grandes sindicatos también han sido cómplices -al menos hasta ahora- de este desarme fiscal, que tanto perjudica a las clases obreras y trabajadoras, a las y los asalariados, con o sin empleo.

Ahora, además, ante la crisis global del sistema capitalista, provocada por los bancos norteamericanos y europeos, así como por los especuladores financieros, están logrando que los inmensos gastos de remontar la crisis financiera, los paguemos las y los ciudadanos de a pie, es decir los no especuladores o ligados a las capas dirigentes de la economía financiera y financiarizada. Los bancos y las grandes empresas privadas están obteniendo grandes subvenciones de los Estados y de la Unión Europea, y mientras tanto exigen rebajas de impuestos. Esa es la única realidad.

Además, como igualmente se está extendiendo la leyenda de que los servicios en manos privadas funcionan mejor y son más eficientes, la cuadratura del círculo ya es perfecta para la derecha, los liberales, los grandes financieros y las transnacionales. Esto se mezcla hábilmente con el deterioro paulatino de la Sanidad Pública, la Enseñanza Pública y el Sector económico público, de forma que se le hace otro favor a las grandes aseguradoras, bancos e industrias farmacéuticas, de salud o de educación, y productos culturales, que ven como continuamente se les abren nuevos campos de negocio a costa de las engañadas y egoístas capas medias occidentales.

Es por lo que la lucha por unos impuestos justos, progresivos y correctamente distribuidos se convierte ahora en una de las bazas del altermundismo, de las nuevas izquierdas sociales y de la Izquierda.

Pero es que además mientras las grandes fortunas sigan contando con los Paraísos Fiscales, seguirán poseyendo una magnifica plataforma casi legal -o al menos alegal y no perseguida- de evadir impuestos. De hecho, el gran agujero negro de los impuestos son esos Paraísos, que son utilizados normalmente por bancos y grandes fortunas, por lo que la polémica sobre si subir ahora los impuestos o no a las grandes fortunas que se esta produciendo en el Estado Español, no solo es baladí, sino que es falsa. Nos encontramos ante una mera contienda electoralista, pues la derecha española sabe que los de verdad pudientes pagan en realidad muy pocos impuestos, y solo opta a captar aún más votos de los sectores más insolidarios de las clases medias. Mientras que la socialdemocracia, dominada por “expertos” liberales, no tendrá el valor de enfrentársele frontalmente.

En ATTAC seguiremos pues demostrando que la Justicia Fiscal Global es necesaria e imprescindible, y que los acuerdos del G-20 sobre los Paraísos Fiscales son papel mojado, al igual que sus otros compromisos, y que solo la información y la acción ciudadana global lograrán influir para que la Justicia Fiscal se acometa.

Ahora bien, si alguien está dispuesto a hacer políticas de Izquierda y realmente redistributivas, podrá contar con muchas y muchos de nosotros. Pero hacer políticas de izquierdas supondrá tener que enfrentarse a los poderosos, a El País y PRISA, a la CEOE, a que les llamen dictadores o sufran acosos mediáticos y golpistas como los que sufren Chávez, Morales, Correa o acabar como Celaya. Supone tener que movilizar a las clases trabajadoras y hacer una pedagogía política que hoy no se hace desde las “izquierdas” antiguas o cooptadas por las ideas liberales

martes, 30 de junio de 2009

Nucleares no, gracias: Makhijani



Partidario de descartar la energía nuclear y hacer hincapié en las energías alternativas y en una mejora de la eficiencia de las instalaciones generadoras de energía eléctrica, existentes hasta la fecha, sustituyendo la centrales térmicas alimentadas con carbón por otras que funcionen con gas natural y sistema de ciclo combinado.

jueves, 21 de mayo de 2009

La madre de todas las crisis

Ignacio Ramonet
Los terremotos que vienen sacudiendo las Bolsas desde los pasados septiembre y octubre negros ha precipitado el fin de una era del capitalismo. El apocalipsis financiero no ha terminado. Se está transformando en recesión global Y todo indica que vamos hacia una gran depresión. Nada volverá a ser como antes. Regresan la política y el Estado.
Es un momento histórico, Se derrumba no sólo un modelo de economía, sino también un estilo de gobierno y eso altera el liderazgo de los Estados Unidos en el mundo. El desplome de Wall Street es comparable a lo que representó, en el ámbito geopolítico, la caída del muro de Berlín. Un cambio de mundo y un Giro Copernicano. Lo afirma Paul Samuelson, premio Nobel de economía: “Esta debacle es para el capitalismo o que la caída de la URSS lo fue para el comunismo” Se terminará el periodo abierto en 1981 con la fórmula de Ronald Reagan: “El estado no es la solución es el problema”. Durante treinta años, los fundamentalistas han repetido que éste siempre tenía razón. Que la globalización era sinónimo de felicidad, y que el capitalismo financiero edificaba el paraíso terrenal para todos. Se equivocaban.
Se acaba una época de exuberancia y despilfarro representada por una aristocracia de banqueros de inversión “amos del universo” . Dispuestos a todo para sacar ganancias, ventas a corto abusivas, manipulaciones, invención de instrumentos sofisticados, titulización de activos, contratos de cobertura de riesgos, hedge funds… La fiebre del beneficio fácil contagió a todo el planeta. Los mercados se sobrecalentaron alimentados por un exceso de financiación que facilitó el alza de precios.
La globalización convirtió la economía mundial en una economía de papel, virtual, inmaterial. La esfera financiera había llegado a representar más de 250 billones de euros, o sea seis veces el montante de la riqueza mundial. Y de golpe esa gigantesca burbuja revienta.
El desastre es de dimensiones apocalípticas. Más de 200.000 millones de euros se han esfumado. La banca de inversión ha sido borrada del mapa. Y toda la cadena de funcionamiento del sistema financiero se ha colapsado: los bancos centrales, los sistemas de regulación, los bancos comerciales, las compañías de seguros, las agencias de calificación de riesgos y hasta las auditorías contables.
El naufragio no puede sorprender a nadie. El escándalo de las “hipotecas basura” era de todos conocido. Igual que el exceso de liquidez orientado a la especulación, y la explosión delirante de los precios de la vivienda. Todo esto había sido ya denunciado sin que nadie se inmutase. Porque el crimen beneficiaba a muchos.
Prueba del fracaso del sistema, estas intervenciones del Estado las mayores en volumen, de la historia económica demuestran que los mercados no son capaces de regularse por sí mismos. Se han autodestruido por su propia voracidad. Y se confirma una ley del cinismo neoliberal: se privatizan los beneficios pero se socializan las pérdidas. Se hace pagar a los pobres las excentricidades irracionales de los banqueros.
Las autoridades estadounidenses acuden al rescate de los “banksters” (“banqueros gánsteres”) a expensas de los ciudadanos. Hace unos meses, el Presidente Bush se negó a firmar una ley que ofrecía cobertura médica a nueve millones de niños pobres por un coste de 4.000 millones de euros. Lo consideró un gasto inútil. Ahora, para salvar a los rufianes de Wall Street nada le parece suficiente. Es el socialismo para los ricos y el capitalismo salvaje para los pobres.
Este desastre ocurre en un momento de vacío teórico de las izquierdas europeas que no tienen una “plan B” para sacar provecho del descalabro. Sin embargo ahora sería el momento de refundación y de audacia.
Aunque el impacto de la crisis se sentirá en todo el planeta, las economías que no adoptaron la desregulación ultraliberal saldrán mejor paradas. Algunos analistas resaltan el interés para América Latina de mecanismos como la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA) y el Banco del Sur. O la idea de un banco de la Organización de Países Exportadores de Petróleo OPEP recientemente propuesta por el presidente venezolano Hugo Chávez.
La crisis ha favorecido la elección del demócrata Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos. Y es probable que como Franklin D. Roosevelt en 1930, el joven presidente lance un nuevo “New Deal” basado en un neo-keynesianismo que confirmará el retorno del Estado a la esfera económica. Ello pondrá fin a la etapa más salvaje e irracional de la globalización neoliberal.
El modelo de capitalismo diseñado por los Estados del Norte para mayor provecho de los países ricos, ha muerto. Y sería indecente que esos mismos Estados, responsables del gran desastre actual, “refundasen” un nuevo sistema económico para preservar sus privilegios. Invitar al debate sobe la refundación de la economía a potencias del Sur como Argentina, Brasil, México, Sudáfrica, China y la India es lo menos que se puede hacer. Es un gran avance. Pero no es suficiente.
El marco legítimo para tal trabajo no es ni el G-8, ni el G-20, sino la ONU y los 192 Estados del planeta. Además, las víctimas principales de la crisis, es decir los ciudadanos, representados por sus asociaciones, sus ONG’s y sus sindicatos, también deben tener voz consultiva y deliberativa. Sólo así se construirá una economía justa y democrática.

miércoles, 18 de febrero de 2009

El retorno triunfante de John Maynard Keynes

Joseph Stiglitz

NUEVA YORK – Ahora somos todos keynesianos. Incluso la derecha en Estados Unidos se sumó al bando keynesiano con un entusiasmo desenfrenado y en una escala que, en algún momento, habría sido verdaderamente inimaginable.

Para quienes nos adjudicábamos alguna conexión con la tradición keynesiana, éste es un momento de triunfo, después de que nos dejaran en el desierto, prácticamente ignorados, durante más de tres décadas. En un nivel, lo que está sucediendo ahora es un triunfo de la razón y la evidencia sobre la ideología y los intereses.

La teoría económica se había dedicado a explicar durante mucho tiempo por qué los mercados sin obstáculos no se autocorregían, por qué se necesitaba regulación, por qué era importante el papel que jugaba el gobierno en la economía. Pero muchos, especialmente la gente que trabaja en los mercados financieros, presionaban por una suerte de "fundamentalismo de mercado". Las políticas erróneas resultantes -impulsadas, entre otros, por algunos miembros del equipo económico del presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama- ya antes habían infligido enormes costos a los países en desarrollo. El momento de iluminismo se produjo recién cuando esas políticas empezaron a generar costos en Estados Unidos y otros países industriales avanzados.

Keynes sostenía no sólo que los mercados no se autocorregían, sino que, en una crisis pronunciada, la política monetaria probablemente resultara ineficiente. Se necesitaba una política fiscal. Pero no todas las políticas fiscales son equivalentes. En Estados Unidos hoy, con una montaña de deuda inmobiliaria y un alto nivel de incertidumbre, los recortes impositivos probablemente resulten ineficientes (como lo fueron en Japón en los años 1990). Gran parte, si no la mayor parte, del recorte tributario norteamericano del pasado mes de febrero fue destinado al ahorro.

Con la enorme deuda que deja atrás la administración Bush, Estados Unidos debería estar especialmente motivado para obtener el mayor estímulo posible de cada dólar invertido. El legado de sub-inversión en tecnología e infraestructura, especialmente del tipo verde, y la creciente brecha entre los ricos y los pobres, requieren una congruencia entre el gasto a corto plazo y una visión a largo plazo.

Eso exige la reestructuración de los programas tanto tributario como de gasto. Bajarles los impuestos a los pobres y aumentar los beneficios de desempleo al mismo tiempo que se aumentan los impuestos a los ricos puede estimular la economía, reducir el déficit y disminuir la desigualdad. Reducir el gasto en la guerra de Irak y aumentar el gasto en educación puede incrementar la producción en el corto y largo plazo y, al mismo tiempo, reducir el déficit.

A Keynes le preocupaba la trampa de la liquidez -la incapacidad de las autoridades monetarias para inducir un incremento en la oferta de crédito a fin de aumentar el nivel de actividad económica-. El presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Ben Bernanke, hizo un esfuerzo por evitar que se culpara a la Fed de agravar esta crisis de la misma manera que se la responsabilizó por la Gran Depresión, asociada con una contracción de la oferta monetaria y el colapso de los bancos.

Y aún así deberíamos leer la historia y la teoría con cuidado: preservar las instituciones financieras no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un fin. Lo importante es el flujo de crédito y la razón por la cual el fracaso de los bancos durante la Gran Depresión fue importante es que participaban en la determinación de la capacidad crediticia; eran los depositarios de información necesaria para el mantenimiento del flujo de crédito.

Sin embargo, el sistema financiero de Estados Unidos cambió drásticamente desde los años 1930. Muchos de los grandes bancos de Estados Unidos salieron del negocio del "préstamo" y se metieron en el "negocio con movimiento". Se centraron en comprar activos, reempaquetarlos y venderlos, al mismo tiempo que marcaron un récord de incompetencia a la hora de evaluar el riesgo y analizar la capacidad crediticia. Se invirtieron cientos de miles de millones de dólares para preservar estas instituciones disfuncionales. Ni siquiera se hizo nada para reencauzar sus estructuras perversas de incentivos, que alentaban el comportamiento cortoplacista y la toma de riesgos excesiva. Con recompensas privadas tan marcadamente diferentes de los retornos sociales, no sorprende que la búsqueda del interés personal (codicia) condujera a consecuencias tan destructivas desde un punto de vista social. Ni siquiera velaron por los intereses de sus propios accionistas.

Mientras tanto, es muy poco lo que se está haciendo para ayudar a los bancos que efectivamente hacen lo que se supone que deben hacer los bancos –prestar dinero y evaluar la capacidad crediticia.

El gobierno federal asumió billones de dólares en pasivos y riesgos. Al rescatar al sistema financiero, tanto como en política fiscal, necesitamos preocuparnos por el “retorno de la inversión”. De lo contrario, el déficit –que se duplicó en ocho años- aumentará aun más.

En septiembre, se decía que el gobierno recuperaría su dinero, con intereses. A medida que se incrementó el rescate, cada vez resulta más evidente que éste era simplemente otro ejemplo más de una mala apreciación del riesgo por parte de los mercados financieros –como vienen haciendo consistentemente en los últimos años-. Los términos de los rescates de Bernanke y Paulson eran desventajosos para los contribuyentes y, aún así, a pesar de su volumen, hicieron poco para reactivar el préstamo.

La presión neoliberal para una desregulación también satisfacía a algunos intereses. A los mercados financieros les fue bien a través de la liberalización del mercado de capitales. Permitirle a Estados Unidos vender sus productos financieros riesgosos y participar en una especulación en todo el mundo puede haber beneficiado a sus compañías, aunque esto les impusiera grandes costos a otros.

Hoy, el riesgo es que se utilice y se abuse de las nuevas doctrinas keynesianas para satisfacer algunos de estos mismos intereses. ¿Acaso quienes presionaron por la desregulación hace diez años aprendieron la lección? ¿O simplemente querrán imponer reformas cosméticas –el mínimo requerido para justificar los rescates de mega-billones de dólares? ¿Hubo un cambio de parecer o solamente un cambio de estrategia? Después de todo, en el contexto de hoy, perseguir políticas keynesianas parece incluso más rentable que ir detrás del fundamentalismo de mercado.

Hace diez años, en el momento de la crisis financiera asiática, se discutió mucho sobre la necesidad de reformar la arquitectura financiera global. Poco se hizo. Es imperativo que no sólo respondamos adecuadamente a la crisis actual, sino que emprendamos reformas a largo plazo que serán necesarias si queremos crear una economía global más estable, más próspera y equitativa.

sábado, 31 de enero de 2009

El arma del crimen: consideraciones en torno a la corrupción

José Vidal-Beneyto

La corrupción se ha convertido en una pandemia que todo lo infecta, a la que nada ni nadie escapa. La corrupción entendida, no sólo ni principalmente, como la utilización abusiva e inicua de de las posiciones de poder en provecho de quien las detenta sino como la falsificación de todos los valores, la perversión sistemática, la impostura permanente en el planteamiento de medios y objetivos.

Personas, organizaciones, la economía, los lenguajes, el deporte, la política, las empresas, la justicia, las ideologías, el Estado, la comunicación; todo estragado, pervertido. Es decir, la adulteración de las conciencias, la corrupción del espíritu, que transforman cualquier propósito en barbarie. Por eso, hoy, la generalización y persistencia de las prácticas corruptas no sólo han trivializado su uso sino que lo han connaturalizado, inscribiéndolo, con todos los honores, en el patrimonio de los comportamientos legítimos y necesarios de nuestra contemporaneidad.

Esto es lo que explica lo más perturbador del universo actual a la de la corrupción: su celebración no sólo por sus protagonistas y beneficiarios, sino también por quienes la sufren, por sus víctimas. Pues lo más significativos de larga lista de personalidades políticas francesas de la derecha: François Lyotard, Jean Tiberi, Alain Carignon, Robert Pandraud, Michel Noir, Michel Mouillet, Alain Juppé y tantos otros, con su homóloga relación de los lideres de la izquierda tan notables como: Roland Dumas, Robert Hue, Dominique Strauss-Kahn etc., todos ellos procesados y muchos condenados, a pesar de los escapismos de la inmunidad parlamentaria y gubernamental y de la opacidad de los fondos públicos de que se han servido, es la incorporación de estas “hazañas” a sus carreras políticas como bazas positivas, de la que se dan cuenta en muy diversos casos las triunfales elecciones postcondena de sus protagonistas.. El ejemplo paradigmático es el de Henri Enmmanuelli , líder entonces y todavía hoy del ala izquierda del Partido Socialista, que en las primeras elecciones a las que se presentó después haber cumplido su condena obtuvo muchos más votos que en las que precedieron a su procesamiento.

Lo más lamentable, lo más repugnante de esta situación, es la tolerancia, cuando no la complicidad, del sistema democrático en su conjunto, es decir, de sus actores políticos, de sus Estados y de sus Gobiernos, en una acumulación de falsedades y engaños que sin ellos no podría existir. Porque más allá de la general codicia humana y de las fechorías de las que es habitualmente causa, la criminalidad económica de guante blanco no hubiera podido alcanzar estas elevadísimas cotas de eficacia y de éxito sin la colaboración determinante de una arquitectura financiera que ha elaborado unos dispositivos técnicos, tan sólidos como sutiles, y cuya legalidad, es decir, cuya proyección jurídica, procede de quien puede otorgarla, es decir de los Estados. Lo que les hace muy difícilmente impugnables.

Se ha dicho y hay que repetirlo, que sin la unánime incitación bancaria al crédito y sin el reducido costo del dinero impulsado por los bancos centrales, es decir, por los Estados, no se hubiera producido la hecatombe actual; pero tampoco hay que olvidar el trabajo anterior de socavamiento, la tarea de zapa del sistema que representaba la oferta de los malignos malabarismos financieros que han encarnado los fondos, en particular, los fondos basura Los hedge funds y todos los otros mecanismos de falsificación que han florecido, en las últimas décadas, en el mundo de las finanzas. Cuyos frutos, presididos por el secreto, instrumento principal de la esquiva, es decir, del chanchullo bancario, encuentran en los paraísos fiscales su tierra prometida.

La macroestafa de Madoff ha sido la última y ejemplar ilustración de cuanto sabíamos y veníamos soportando. La credulidad, producto de una incontrolable codicia, de una insaciable avidez de enriquecimiento, cada vez más próximo al latrocinio, alas que han sucumbido tanto los grandes como los pequeños, y que, después de haber arruinado tantas empresas y familias, se ha visto arropado por una mansa reacción de los poderes de control, que ni siquiera han llevado a la cárcel a los causantes del estropicio. Claro que para evitarlo han contado con excelentes abogados y con magistrados comprensivos, lo que se ha traducido en que, tras una confortable cuarentena doméstica, han podido volver a sus negocios, como sucedió con el bochornoso caso de Michael Milken. Condenado a diez años de cárcel, que se redujeron a menos de 20 meses de cómodo confinamiento privado, continuó triunfalmente su actividad financiera a través de su sociedad Drexel Burnham Lambert. Pero hay más, la Milken Family Foundation, creada por él con el dinero cosechado gracias al timo y a las trampas, ha multiplicado las acciones de solidaridad y se ha granjeado el reconocimiento y los aplausos de todos.

Probablemente, antes de no mucho tiempo, sucederá lo mismo con Bernhard L. Madoff y su gente, cuyo propósito de volver al mundo financiero y de completar dicha actividad con otras dedicadas a la defensa del planeta y a la lucha contra el hambre comienza a aflorar.

Pero aún no estamos ahí y seguimos en la impotencia judicial y en la penosa comedia de la búsqueda de la localización de unos fondos que, gracias a la valentía personal y a la competencia profesional de Denis Robert, todos sabemos dónde están y bajo qué cobertura. Se trata de la cuenta 646, abierta por Bernard Madoff el 2 de noviembre de 1999 en la sociedad financiera Clearstream de Luxemburgo, una de las más importantes cajas de compensación del mundo y quizás el más eficaz dispositivo de coordinación de los 10 paraísos fiscales del ámbito político europeo.

Esa es el arma del crimen, ese es el lugar de abominación financiera, pues nadie ignora que los paraísos fiscales instrumento principal de la economía criminal, que Bernard Madoff, el rey de la trampa, maneja con destreza e impunidad. La primera la pone él; la segunda los Estados. Economía criminal que va desde la evasión fiscal y el blanqueo del dinero hasta el mercadeo de seres humanos, pasando por el botín procedente de las extorsiones mafiosas, el tráfico de drogas y de armas, la producción y comercialización de moneda falsa, el robo, estafas y contrabandos de todo tipo que constituyen los componentes de un volumen conjunto que supera ya el 40 % de la economía legal mundial. Volumen que sin los paraísos fiscales no encontraría tan extraordinario acomodo para su conservación , ni tantas facilidades para su producción y multiplicación.

Pero volviendo a Clearstream, se afirma que tuvo mucho que ver con la apropiación indebida de los fondos del FMI destinados a Rusia a través de la sociedad Menatep operación que, al parecer, se operó desde y en Clearstream. Sin olvidar que, según Jean-François Couvrat, portavoz de Attac-France, las ramificaciones del holding de la familia Bin-Laden llegan y se cruzan en Luxemburgo con las operaciones criminales del Banco de Comercio y Crédito Internacional (BCCI), tan ligado a los intereses de los Saud y de éstos a los dos presidentes Bush de Estados Unidos, como conforma Craig Unger, director del The New York Observer, en su libro Los Bush y los Saud. Denis Robert señala al financiero Nadhmi Auchi, el banquero de Sadam Husein, que realizó la discutida compra de Ertoil a la pareja Piqué-De la Rosa, como el centro neurálgico de estas siniestras maniobras, que encontraron en el paraíso fiscal luxemburgués la hospitalidad que necesitaban.

Por cierto, ¿hasta cuándo va a bendecir Claude Juncker, presidente del Eurogrupo, que su país, en el que tanto manda, siga especializado en estos turbios menesteres? Entre nosotros, sólo Rafael Cid, en Diagonal, ha comenzado a explorar en tan tenebroso pozo. Esperemos que cunda el ejemplo y que, frente al falso deslumbramiento de la instantaneidad de lo numérico, frente a la infantil satisfacción de la reiteración de lo icónico a la huida en el enclaustramiento de lo virtual, la irrenunciable obstinación en el acercamiento de la realidad, propia del periodismo de investigación, vuelva por sus fueros y pueda ilustrarnos sobre estas negras tramas del capitalismo criminal que todo lo contaminan.

Publicado en el diario El País

lunes, 5 de enero de 2009

El trasfondo de la crisis

José Manuel Naredo

Hay que insistir en que la gravedad de la crisis actual viene marcada por la deriva especulativa de la mayor parte de las inversiones acometidas durante el auge del sistema capitalista. Estas, orientadas a obtener plusvalías, se han dirigido mayoritariamente a financiar operaciones de compraventa de títulos, empresas, terrenos e inmuebles, o megaproyectos de dudoso interés económico y social. Por ejemplo, en nuestro país la burbuja inmobiliaria ha llegado a absorber cerca del 70 % del crédito del sector privado.

Sin embargo, la ideología económica dominante invita a soslayar las mutaciones que ha sufrido el capitalismo al desplazar su actividad desde la producción de riqueza hacia la adquisición de la misma, con ayuda de la financiación económica y del recurso a operaciones y megaproyectos apoyados por el poder, pues la metáfora de la producción oculta la realidad de la extracción y adquisición de riqueza y la idea del mercado hace que pasemos por alto la intervención del poder en el proceso económico. El desplazamiento y la concentración del poder hacia el campo económico-empresarial provoca que hoy existan empresas capaces de crear dinero, de conseguir privatizaciones, recalificaciones, concesiones, contratas… y de manipular la opinión, polarizando así el propio mundo empresarial. Si antes el Estado controlaba a las empresas, ahora hay empresas que controlan y utilizan al Estado y a los medios en beneficio propio, demostrando que el capitalismo de los poderosos es sólo liberal y antiestatal a medias. Es liberal para solicitar la plena libertad de explotación, pero no para promover recalificaciones y concesiones en beneficio propio. Y es antiestatal para despojar al Estado de sus riquezas, pero no para conseguir que las ayudas e intervenciones estatales alimenten sus negocios. De ahí, que calificar de neoliberal al capitalismo de los poderosos es hacerle un inmenso favor, al encubrir el intervencionismo discrecional tan potente en el que normalmente se apoya, reflejado en las suculentas ayudas a las empresas establecidas a raíz de la crisis.

Más que hablar de neoliberalismo, habría que hablar de un neocaciquismo revestido de democracia que ha desatado una nueva fase de acumulación capitalista. En esta etapa, los más poderosos son capaces de emitir acciones y otros títulos que suplen las funciones del dinero, contando así con medios de financiación sin precedentes, que les permiten adquirir las propiedades del capitalismo local y del Estado, y con el poder necesario para promover, con la ayuda estatal, operaciones extremadamente lucrativas. El sistema monetario internacional facilita la creación de ese dinero financiero que se sostiene a base de atraer el ahorro, incluso el de los más pobres, hacia la compra de los pasivos no exigibles que emiten los más ricos.

Además, en esta fase, en la que predomina la adquisición sobre la producción de riqueza, los beneficios empresariales y el crecimiento de los agregados económicos de rigor ya no suponen mejoras generalizadas en la calidad de vida de la mayoría de la población, que tiene que sufragar el festín de beneficios, plusvalías y comisiones originado. Pero la sociedad, adormecida por la ideología dominante, sigue sin preocuparse del contenido concreto y las implicaciones de esos agregados monetarios cuyo crecimiento indiscriminado desea y defiende.

La deriva hacia la adquisición de la riqueza se produjo de la mano de la sobredimensión del juego inmobiliario-financiero y demás procesos especulativos que acentúan los vaivenes cíclicos y la volatilidad de las cotizaciones. Este panorama resulta socialmente aceptable en la medida en que una nueva e ingente liquidez alimenta la máquina corrupta del crecimiento económico, de cuyas migajas viven también los pobres. De ahí, que cuando el pulso de la coyuntura económica decae, se quiera inyectar más y más liquidez a toda costa, para que la fiesta de adquisición de riqueza continúe y rebose lo más posible alcanzando a buena parte de la población. El crecimiento actúa así como una droga que relaja los conflictos y las conciencias y crea adicción en todo el cuerpo social. Pero, cuando decae o se frena el malestar, resurge con fuerza, invitando peligrosamente a mirar hacia atrás y a ver las ruinas que ha ido dejando, jalonadas de grave deterioro ecológico, de angustioso endeudamiento económico y de bancarrota moral.

La alternativa al modelo económico descrito requiere profundos cambios mentales e institucionales que no cabe detallar aquí. Cambios que permitan trascender la metáfora de la producción y la mitología del crecimiento económico. Cambios en las reglas del juego que rigen actualmente la valoración comercial y el sistema monetario internacional y que promueven la deriva especulativa del sistema económico antes mencionada. La viabilidad de estos cambios depende de la disyuntiva política que enfrenta a la actual refundación oligárquica del poder con una refundación democrática del mismo. O también, la que enfrenta a la actual democracia, que se dice representativa, pero que se apoya en consensos oscuros y elitistas, con una democracia participativa, con un consenso amplio y transparente, fruto del ejercicio pleno de una ciudadanía bien informada, pues la información es condición necesaria para desmontar las prácticas caciquiles y los lucros inconfesables de las operaciones y los megaproyectos inmobiliarios, así como para reconducir el proceso económico hacia una gestión más razonable y acorde con los intereses mayoritarios. Pero también hay que subrayar que la intensa participación y movilización social, debidamente informada, es suficiente para que tal desmontaje y reconducción se produzca, siempre y cuando peligre el crédito electoral de los responsables políticos.

Publicado en el diario Público

jueves, 1 de enero de 2009