
Este blog está destinado a poner de manifiesto las disfunciones y colectivos perjudicados, cuando se aplica una política ultraliberal en economía, confiándolo todo a la mano invisible. Esta política, típica de las derechas está contagiando cada vez más a ciertos sectores de izquierda.
jueves, 19 de noviembre de 2009
La insólita historia del "Internet socialista de Salvador Allende"

jueves, 12 de noviembre de 2009
lunes, 2 de noviembre de 2009
La traición de la socialdemocracia
Paolo Flores d'Arcais: La traición de la socialdemocracia
Creo haber escrito mi primer artículo sobre "la crisis de la socialdemocracia" hace aproximadamente un cuarto de siglo, y eran ya muchos quienes me habían precedido. Sirva ello para explicar que el tema no es nuevo y que puede decirse que las socialdemocracias, en cierto sentido, siempre han estado en crisis (excepto las escandinavas, que nunca llegaron a crear escuela). La raíz de tal crisis reside en efecto en la desviación (un abismo a menudo) entre el dicho y el hecho que las aqueja. La socialdemocracia nació como una alternativa al comunismo en la defensa de la igualdad contra el sistema de privilegios. La alternativa al comunismo se ha conservado (con toda justicia) pero la batalla por la igualdad (es decir, la lucha contra los privilegios) se ha visto reducida a flatus vocis, incluso en su fórmula minimalista de la "igualdad de oportunidades de arranque", que llegó a ser teorizada por numerosos liberales como corolario de la meritocracia individual.
Resulta por ello más fácil recordar los raros momentos en los que la socialdemocracia alimentó realmente esperanzas: el laborismo de la inmediata posguerra, que implanta con Attlee el estado de bienestar teorizado por Beveridge; los años de Brandt, que el 7 de diciembre de 1970 se arrodilla en el gueto de Varsovia; la época de Mitterand, que interrumpe la larga hegemonía gaullista que pesaba sobre Francia casi como destino (o condena). Logros reformistas, a los que las propias socialdemocracias no han dado continuidad. La política del estado de bienestar se detuvo apenas un poco más allá del servicio sanitario nacional (que además se burocratizó rápidamente). La desnazificación radical de Alemania, que los gobiernos democristianos habían descuidado, no se vio enraizada en similares transformaciones de las relaciones de fuerzas sociales. Y la unidad de la izquierda de Mitterrand, tras la prometedora y brevísima época de los "clubes", se resolvió mediante compromisos entre los aparatos de partido, no en un acrecentamiento del poder efectivo de los ciudadanos.
Porque esa es la cuestión -no secundaria en absoluto- que los análisis de la "crisis de la socialdemocracia" no suelen tener en cuenta. El carácter de aparato, de burocracia, de nomenclatura, de casta, que han ido adquiriendo cada vez más, incluso en la izquierda, quienes, por decirlo con palabras de Weber, "viven de la política" y de la política han hecho su oficio. La transformación de la democracia parlamentaria en partidocracia, es decir, en partidos-máquina autorreferenciales y cada vez más parecidos entre sí, ha ido haciendo progresivamente vana la relación de representación entre diputados y ciudadanos. La política se está convirtiendo cada día más en una actividad privada, como cualquier otra actividad empresarial. Pero si la política, es decir, la esfera pública, se vuelve privada, lo hace en un doble sentido: porque los propios intereses (de gremio, de casta) de la clase política hacen prescindir definitivamente a ésta de los intereses y valores de los ciudadanos a los que debería representar, y porque el ciudadano se ve definitivamente privado de su cuota de soberanía, incluso en su forma delegada.
Los políticos de derechas y de izquierdas acaban por tener intereses de clase que en lo fundamental resultan comunes -de forma general: el razonamiento siempre tiene sus excepciones en el ámbito de los casos individuales- dado que todos ellos forman parte del establishment, del sistema de privilegios. Contra el que por el contrario debería luchar la socialdemocracia, en nombre de la igualdad. Y es que, no se olvide, era la "igualdad" el valor que servía de base para justificar el anticomunismo: el despotismo político es en efecto la primera negación de la igualdad social y el totalitarismo comunista la pisotea por lo tanto de forma desmesurada.
La partidocracia (de la que la socialdemocracia forma parte), dado que estimula la práctica y creciente frustración del ciudadano soberano, la negación del espacio público a los electores, constituye un alambique para ulteriores degeneraciones de la democracia parlamentaria, es decir, para una más radical sustracción de poder al ciudadano: así ocurre con la política-espectáculo y con las derivas populistas que parecen estar cada vez más enraizadas en Europa.
Pero lo cierto es que las vicisitudes actuales de las socialdemocracias parecen manifestar algo más: grupos dirigentes al completo que no solo están en crisis sino casi a la desbandada, sumidos en la espiral (al igual que los aviones al caer en picado) de un auténtico cupio dissolvi. La cuestión es que la culpa originaria, el haber olvidado la brújula del valor de la "igualdad", sin el que la izquierda pierde todo su sentido, está pasando ahora factura. Pero razonemos con orden.
Resulta paradójico que la socialdemocracia viva el acmé de su crisis precisamente cuando más favorables son las condiciones para la critica hacia el establishment y para plantear propuestas de reformas radicales en ámbito financiero y económico, dado que está a la vista de todos o, mejor dicho, está siendo padecido y sufrido por las grandes masas, el desastre social provocado por la deriva de los privilegios sin freno y por el dominio sin control ni contrapeso del liberalismo salvaje, de los "espíritus animales" del beneficio.
Y es que la crisis provoca incertidumbre ante el futuro y el miedo empuja a las masas hacia la derecha, según se dice. Pero eso ocurre solo porque la socialdemocracia no ha sabido dar respuestas en términos de reformismo, es decir, de justicia social creciente, a la necesidad de seguridad y de "futuro" de esos millones de ciudadanos. Pongamos algún ejemplo concreto. El miedo ante el futuro adquiere fácilmente los rasgos del "otro", el inmigrante, que nos "roba" el trabajo. Pero si el inmigrante puede "robarnos" el trabajo es solo porque acepta salarios más bajos. ¿Ha intentado llevar a cabo alguna vez la socialdemocracia una política de sistemático castigo de los empresarios, grandes y pequeños, que emplean a inmigrantes con salarios más bajos y sin el resto de costosas garantías normativas obtenidas tras decenios de luchas sindicales?
Algo análogo ocurre con la deslocalización de las empresas, el fenómeno más vistoso de la globalización. El empresario alemán, o francés, o italiano, o español, al trasladar su actividad productiva hacia el tercer mundo, se lucraba con enormes beneficios explotando mano de obra con salarios ínfimos y sin tutela sindical (por no hablar de la libertad de contaminar en forma devastadora). Pero los gobiernos poseen potentes instrumentos, si así lo quieren, para "disuadir" a sus propios empresarios en su carrera hacia la deslocalización, instrumentos que la política de la Unión Europea puede hacer incluso más convincentes o reforzar en buena medida.
La socialdemocracia, por el contrario, se ha doblegado ante esta mundialización, cuando no la ha exaltado, cuando si el empresario puede pagar menos por el trabajo, deslocalizando la fábrica o pagando en negro al clandestino, se crean las condiciones para un "ejército salarial de reserva" potencialmente infinito, que irá reduciendo cada vez más los salarios, restituyendo actualidad a categorías marxistas que el estado del bienestar -y luchas de generaciones (no la espontánea evolución del mercado)- habían vuelto obsoletas. Y sin embargo la socialdemocracia está organizada nada menos que en una "Internacional", y ha gozado durante mucho tiempo en las instituciones europeas de un peso preponderante. No es por lo tanto que no pudiera hacerse una política diversa. Es que no quiso hacerse.
Los ejemplos podrían multiplicarse. La socialdemocracia ha llegado a aceptar las más "tóxicas" invenciones financieras, y no ha hecho nada concreto para acabar con los "paraísos fiscales" o el secreto bancario, instrumentos del entramado económico-mafioso a nivel internacional, con el resultado de que el poder de las mafias se extiende por toda Europa, desde Moscú a Madrid, desde Sicilia hasta el Báltico, y ni siquiera se habla de ello. Y dejemos correr el problema de los medios de comunicación, absolutamente crucial, dado que "una opinión pública bien informada" debería constituir para los ciudadanos "la corte suprema", a la que poder "apelar siempre contra las públicas injusticias, la corrupción, la indiferencia popular o los errores del gobierno", como escribía Joseph Pulitzer (¡hace ya más de un siglo!), mientras que nada han hecho las socialdemocracias por aproximarse a este irrenunciable ideal.
La socialdemocracia debía distinguirse del comunismo en sus métodos, mediante la renuncia a la violencia revolucionaria, y en sus objetivos, mediante la renuncia a la destrucción de la propiedad privada de los medios de producción. No estaba desde luego en su ADN, por el contrario, la abdicación a condicionar a través de las reformas (es decir sustancialmente) la lógica del mercado, volviéndola socialmente "virtuosa" y sometiéndola a los imperativos de una constante redistribución del superávit tendente hacia la igualdad.
Al traicionar sistemáticamente su única razón de ser, la socialdemocracia ha estado en crisis incluso cuando ha ganado elecciones y ha gobernado. ¿Cuánto se han reducido las desigualdades sociales bajo los gobiernos de Blair? En nada, si acaso todo lo contrario. ¿Y con Schroeder? ¿De qué puede servir una izquierda que lleva a cabo una política de derechas, si no a preparar el retorno del original?
No resulta difícil, por lo tanto, delinear un proyecto reformista, basta tener como estrella polar el incremento conjunto de libertad y justicia (libertades civiles y justicia social). Es imposible realizarlo, sin embargo, con los actuales instrumentos, los partidos-máquina. Porque pertenecen estructuralmente al "partido del privilegio". No pueden ser la solución porque son parte integrante del problema.
lunes, 12 de octubre de 2009
Fetichismo del PIB
Fetichismo del PBI
Joseph E. Stiglitz
NUEVA YORK – Esforzarse por reavivar la economía mundial al mismo tiempo que se responde a la crisis climática global ha planteado un interrogante complejo: ¿las estadísticas nos están dando las "señales" correctas sobre qué hacer? En nuestro mundo orientado hacia el desempeño, las cuestiones de medición han cobrado mayor relevancia: lo que medimos afecta lo que hacemos.
Si tomamos malas decisiones, lo que intentamos hacer (digamos, aumentar el PBI) en realidad puede contribuir a empeorar los niveles de vida. También podemos enfrentarnos a falsas opciones y ver compensaciones entre producción y protección ambiental que no existen. Por el contrario, una mejor medición del desempeño económico podría demostrar que las medidas tomadas para mejorar el medio ambiente son buenas para la economía.
Hace dieciocho meses, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, creó una Comisión Internacional para la Medición del Desempeño Económico y el Progreso Social, debido a su insatisfacción -y la de muchos otros- con el estado actual de la información estadística sobre la economía y la sociedad. El 14 de septiembre, la Comisión dará a conocer su tan esperado informe.
El gran interrogante implica saber si el PBI ofrece una buena medición de los niveles de vida. En muchos casos, las estadísticas sobre el PBI parecen sugerir que a la economía le está yendo mucho mejor que las propias percepciones de la mayoría de los ciudadanos. Es más, el foco en el PBI crea conflictos: a los líderes políticos se les dice que lo maximicen, pero los ciudadanos también exigen que se preste atención a mejorar la seguridad, a reducir la contaminación del aire, del agua y el ruido, y demás -lo cual podría reducir el crecimiento del PBI.
El hecho de que el PBI pueda ser una medición deficiente del bienestar, o incluso de la actividad del mercado, obviamente es algo que se reconoce desde hace tiempo. Pero los cambios en la sociedad y la economía pueden haber agudizado los problemas, al mismo tiempo que los avances en la economía y las técnicas estadísticas pueden haber ofrecido oportunidades para mejorar nuestras mediciones.
Por ejemplo, si bien se supone que el PBI mide el valor de la producción de bienes y servicios, en un sector clave -el gobierno- normalmente no tenemos manera de hacerlo, de modo que solemos medir la producción simplemente por las inversiones. Si el gobierno gasta más -aún de manera ineficiente- la producción aumenta. En los últimos 60 años, el porcentaje de la producción del gobierno en el PBI aumentó del 21,4% al 38,6% en Estados Unidos, del 27,6% al 52,7% en Francia, del 34,2% al 47,6% en el Reino Unido y del 30,4% al 44% en Alemania. De manera que lo que era un problema relativamente menor se ha convertido en un problema importante.
De la misma manera, las mejoras de calidad -digamos, mejores autos en lugar de más autos- representan gran parte del aumento del PBI hoy en día. Pero evaluar las mejoras de calidad resulta difícil. La atención médica ejemplifica este problema: gran parte de la medicina se ofrece públicamente, y muchos de los avances son en calidad.
Los mismos problemas de hacer comparaciones en el tiempo se aplican a las comparaciones entre países. Estados Unidos gasta más en atención sanitaria que cualquier otro país (tanto per capita como en porcentaje de los ingresos), pero obtiene peores resultados. Parte de la diferencia entre el PBI per capita en Estados Unidos y algunos países europeos puede ser, en consecuencia, el resultado de la manera en que medimos las cosas.
Otro cambio pronunciado en la mayoría de las sociedades es un incremento en la desigualdad. Esto significa que existe una creciente disparidad entre el ingreso promedio (medio) y el ingreso mediano (el de la persona "típica", cuyo ingreso se ubica en el medio de la distribución de todos los ingresos). Si unos pocos banqueros se vuelven mucho más ricos, el ingreso promedio puede subir, a pesar de que los ingresos de la mayoría de la gente estén decayendo. De manera que las estadísticas sobre el PBI per capita tal vez no reflejen lo que les está sucediendo a la mayoría de los ciudadanos.
Utilizamos precios de mercado para valuar los bienes y servicios. Pero ahora, incluso aquellos que tienen mucha fe en los mercados cuestionan la dependencia de los precios de mercado, ya que están en contra de las valuaciones por ajuste al mercado. Las ganancias previas a la crisis de los bancos -una tercera parte de todas las ganancias corporativas- parecen haber sido un espejismo.
Entender esto arroja una nueva luz no sólo sobre nuestras mediciones del desempeño, sino también sobre las inferencias que hacemos. Antes de la crisis, cuando el crecimiento de Estados Unidos (utilizando mediciones estándar del PBI) parecía mucho más sólido que el de Europa, muchos europeos sostenían que Europa debía adoptar el capitalismo al estilo estadounidense. Por supuesto, todo aquel que hubiera querido podría haber visto un creciente endeudamiento de los hogares norteamericanos, lo que habría permitido corregir la falsa impresión de éxito ofrecida por la estadística del PBI.
Los recientes avances metodológicos nos han permitido evaluar mejor qué contribuye a la sensación de bienestar de los ciudadanos y reunir los datos necesarios para hacer ese tipo de evaluaciones de manera regular. Estos estudios, por caso, verifican y cuantifican lo que debería ser obvio: la pérdida de un empleo tiene un mayor impacto de lo que representa la pérdida del ingreso. También demuestran la importancia de la conectividad social.
Toda buena medición de lo bien que nos está yendo también debe tener en cuenta la sustentabilidad. De la misma manera que una empresa necesita medir la depreciación de su capital, también nuestras cuentas nacionales deben reflejar la sobreexplotación de los recursos naturales y la degradación de nuestro medio ambiente.
Los marcos estadísticos están destinados a resumir lo que está sucediendo en nuestra sociedad compleja en unos pocos números fácilmente interpretables. Debería haber sido obvio que no se podía reducir todo a un único número, el PBI. El informe de la Comisión para la Medición del Desempeño Económico y el Progreso Social, es de esperarse, conducirá a un mejor entendimiento de los usos, y abusos, de esa estadística.
El informe también debería servir de guía para crear un conjunto más amplio de indicadores que capturen de manera más precisa tanto el bienestar como la sustentabilidad, a la vez que debería dar impulso para mejorar la capacidad del PBI y las estadísticas relacionadas a la hora de evaluar el desempeño de la economía y la sociedad. Estas reformas nos ayudarán a dirigir nuestros esfuerzos (y recursos) de maneras que conduzcan al mejoramiento de ambos.
Publicado en Project Syndicate
martes, 8 de septiembre de 2009
jueves, 27 de agosto de 2009
A vueltas con los impuestos o con las cosas de comer
Carlos Martínez – Presidente de ATTAC España
Los impuestos, que en una sociedad de mercado son imprescindibles, no solo generan recursos públicos sino también, tal y como afirmaba Adam Smith, son los que dan carta de naturaleza a la ciudadanía, es decir son un hecho político, y lo son tanto en cuanto afirman nuestra capacidad de exigencia cívica y de control. También en que definen las políticas que los gobiernos implementan y ejecutan.
Las exenciones y rebajas impositivas a las grandes fortunas, o bien las actividades a las que se destinan -es decir más servicios públicos o más defensa y guerra, seguridad y protocolos varios-, diferencian el carácter o tendencia de un Gobierno o una determinada mayoría parlamentaria.
Así pues, las políticas de rebajar impuestos de forma continuada a los poderosos son conservadoras e injustas, y los impuestos que graban a quien más tiene y luego redistribuyen son más justas e igualitarias.
En estos últimos años, por el auge de las doctrinas políticas neoliberales, las rebajas injustas de impuestos han tomado carta de naturaleza, y la misma socialdemocracia colonizada y/o casi totalmente colonizada por las ideas liberales ha caído en la trampa de que las rebajas de impuestos eran buenas. Pero lo más grave es que culturalmente amplísimos sectores de la ciudadanía occidental han adaptado esta ideología, y totalmente alienados piensan que los impuestos no son buenos y votan a quienes les prometen rebajas de impuestos, sin pensar que los Servicios Públicos que ellos necesitan, se están deteriorando, privatizando y cercenando sus derechos sociales.
La Socialdemocracia tercerista o socioliberalismo ha tenido mucha culpa en esto, haciéndole un gran favor a las derechas liberales europeas, pues ni ha sabido hacer pedagogía con los impuestos y su justa redistribución, ni ha combatido ideológicamente defendiendo lo público y el estado del bienestar.
La ideología, insisto, neoliberal ha impuesto su cultura y su mensaje y a la socialdemocracia ahora le cuesta mucho defender la necesidad del hecho impositivo. Pero es que los grandes sindicatos también han sido cómplices -al menos hasta ahora- de este desarme fiscal, que tanto perjudica a las clases obreras y trabajadoras, a las y los asalariados, con o sin empleo.
Ahora, además, ante la crisis global del sistema capitalista, provocada por los bancos norteamericanos y europeos, así como por los especuladores financieros, están logrando que los inmensos gastos de remontar la crisis financiera, los paguemos las y los ciudadanos de a pie, es decir los no especuladores o ligados a las capas dirigentes de la economía financiera y financiarizada. Los bancos y las grandes empresas privadas están obteniendo grandes subvenciones de los Estados y de la Unión Europea, y mientras tanto exigen rebajas de impuestos. Esa es la única realidad.
Además, como igualmente se está extendiendo la leyenda de que los servicios en manos privadas funcionan mejor y son más eficientes, la cuadratura del círculo ya es perfecta para la derecha, los liberales, los grandes financieros y las transnacionales. Esto se mezcla hábilmente con el deterioro paulatino de la Sanidad Pública, la Enseñanza Pública y el Sector económico público, de forma que se le hace otro favor a las grandes aseguradoras, bancos e industrias farmacéuticas, de salud o de educación, y productos culturales, que ven como continuamente se les abren nuevos campos de negocio a costa de las engañadas y egoístas capas medias occidentales.
Es por lo que la lucha por unos impuestos justos, progresivos y correctamente distribuidos se convierte ahora en una de las bazas del altermundismo, de las nuevas izquierdas sociales y de la Izquierda.
Pero es que además mientras las grandes fortunas sigan contando con los Paraísos Fiscales, seguirán poseyendo una magnifica plataforma casi legal -o al menos alegal y no perseguida- de evadir impuestos. De hecho, el gran agujero negro de los impuestos son esos Paraísos, que son utilizados normalmente por bancos y grandes fortunas, por lo que la polémica sobre si subir ahora los impuestos o no a las grandes fortunas que se esta produciendo en el Estado Español, no solo es baladí, sino que es falsa. Nos encontramos ante una mera contienda electoralista, pues la derecha española sabe que los de verdad pudientes pagan en realidad muy pocos impuestos, y solo opta a captar aún más votos de los sectores más insolidarios de las clases medias. Mientras que la socialdemocracia, dominada por “expertos” liberales, no tendrá el valor de enfrentársele frontalmente.
En ATTAC seguiremos pues demostrando que la Justicia Fiscal Global es necesaria e imprescindible, y que los acuerdos del G-20 sobre los Paraísos Fiscales son papel mojado, al igual que sus otros compromisos, y que solo la información y la acción ciudadana global lograrán influir para que la Justicia Fiscal se acometa.
Ahora bien, si alguien está dispuesto a hacer políticas de Izquierda y realmente redistributivas, podrá contar con muchas y muchos de nosotros. Pero hacer políticas de izquierdas supondrá tener que enfrentarse a los poderosos, a El País y PRISA, a la CEOE, a que les llamen dictadores o sufran acosos mediáticos y golpistas como los que sufren Chávez, Morales, Correa o acabar como Celaya. Supone tener que movilizar a las clases trabajadoras y hacer una pedagogía política que hoy no se hace desde las “izquierdas” antiguas o cooptadas por las ideas liberales
martes, 30 de junio de 2009
Nucleares no, gracias: Makhijani
jueves, 21 de mayo de 2009
La madre de todas las crisis
Es un momento histórico, Se derrumba no sólo un modelo de economía, sino también un estilo de gobierno y eso altera el liderazgo de los Estados Unidos en el mundo. El desplome de Wall Street es comparable a lo que representó, en el ámbito geopolítico, la caída del muro de Berlín. Un cambio de mundo y un Giro Copernicano. Lo afirma Paul Samuelson, premio Nobel de economía: “Esta debacle es para el capitalismo o que la caída de la URSS lo fue para el comunismo” Se terminará el periodo abierto en 1981 con la fórmula de Ronald Reagan: “El estado no es la solución es el problema”. Durante treinta años, los fundamentalistas han repetido que éste siempre tenía razón. Que la globalización era sinónimo de felicidad, y que el capitalismo financiero edificaba el paraíso terrenal para todos. Se equivocaban.
Se acaba una época de exuberancia y despilfarro representada por una aristocracia de banqueros de inversión “amos del universo” . Dispuestos a todo para sacar ganancias, ventas a corto abusivas, manipulaciones, invención de instrumentos sofisticados, titulización de activos, contratos de cobertura de riesgos, hedge funds… La fiebre del beneficio fácil contagió a todo el planeta. Los mercados se sobrecalentaron alimentados por un exceso de financiación que facilitó el alza de precios.
La globalización convirtió la economía mundial en una economía de papel, virtual, inmaterial. La esfera financiera había llegado a representar más de 250 billones de euros, o sea seis veces el montante de la riqueza mundial. Y de golpe esa gigantesca burbuja revienta.
El desastre es de dimensiones apocalípticas. Más de 200.000 millones de euros se han esfumado. La banca de inversión ha sido borrada del mapa. Y toda la cadena de funcionamiento del sistema financiero se ha colapsado: los bancos centrales, los sistemas de regulación, los bancos comerciales, las compañías de seguros, las agencias de calificación de riesgos y hasta las auditorías contables.
El naufragio no puede sorprender a nadie. El escándalo de las “hipotecas basura” era de todos conocido. Igual que el exceso de liquidez orientado a la especulación, y la explosión delirante de los precios de la vivienda. Todo esto había sido ya denunciado sin que nadie se inmutase. Porque el crimen beneficiaba a muchos.
Prueba del fracaso del sistema, estas intervenciones del Estado las mayores en volumen, de la historia económica demuestran que los mercados no son capaces de regularse por sí mismos. Se han autodestruido por su propia voracidad. Y se confirma una ley del cinismo neoliberal: se privatizan los beneficios pero se socializan las pérdidas. Se hace pagar a los pobres las excentricidades irracionales de los banqueros.
Las autoridades estadounidenses acuden al rescate de los “banksters” (“banqueros gánsteres”) a expensas de los ciudadanos. Hace unos meses, el Presidente Bush se negó a firmar una ley que ofrecía cobertura médica a nueve millones de niños pobres por un coste de 4.000 millones de euros. Lo consideró un gasto inútil. Ahora, para salvar a los rufianes de Wall Street nada le parece suficiente. Es el socialismo para los ricos y el capitalismo salvaje para los pobres.
Este desastre ocurre en un momento de vacío teórico de las izquierdas europeas que no tienen una “plan B” para sacar provecho del descalabro. Sin embargo ahora sería el momento de refundación y de audacia.
Aunque el impacto de la crisis se sentirá en todo el planeta, las economías que no adoptaron la desregulación ultraliberal saldrán mejor paradas. Algunos analistas resaltan el interés para América Latina de mecanismos como la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA) y el Banco del Sur. O la idea de un banco de la Organización de Países Exportadores de Petróleo OPEP recientemente propuesta por el presidente venezolano Hugo Chávez.
La crisis ha favorecido la elección del demócrata Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos. Y es probable que como Franklin D. Roosevelt en 1930, el joven presidente lance un nuevo “New Deal” basado en un neo-keynesianismo que confirmará el retorno del Estado a la esfera económica. Ello pondrá fin a la etapa más salvaje e irracional de la globalización neoliberal.
El modelo de capitalismo diseñado por los Estados del Norte para mayor provecho de los países ricos, ha muerto. Y sería indecente que esos mismos Estados, responsables del gran desastre actual, “refundasen” un nuevo sistema económico para preservar sus privilegios. Invitar al debate sobe la refundación de la economía a potencias del Sur como Argentina, Brasil, México, Sudáfrica, China y la India es lo menos que se puede hacer. Es un gran avance. Pero no es suficiente.
El marco legítimo para tal trabajo no es ni el G-8, ni el G-20, sino la ONU y los 192 Estados del planeta. Además, las víctimas principales de la crisis, es decir los ciudadanos, representados por sus asociaciones, sus ONG’s y sus sindicatos, también deben tener voz consultiva y deliberativa. Sólo así se construirá una economía justa y democrática.
miércoles, 18 de febrero de 2009
El retorno triunfante de John Maynard Keynes
Joseph Stiglitz
NUEVA YORK – Ahora somos todos keynesianos. Incluso la derecha en Estados Unidos se sumó al bando keynesiano con un entusiasmo desenfrenado y en una escala que, en algún momento, habría sido verdaderamente inimaginable.
Para quienes nos adjudicábamos alguna conexión con la tradición keynesiana, éste es un momento de triunfo, después de que nos dejaran en el desierto, prácticamente ignorados, durante más de tres décadas. En un nivel, lo que está sucediendo ahora es un triunfo de la razón y la evidencia sobre la ideología y los intereses.
La teoría económica se había dedicado a explicar durante mucho tiempo por qué los mercados sin obstáculos no se autocorregían, por qué se necesitaba regulación, por qué era importante el papel que jugaba el gobierno en la economía. Pero muchos, especialmente la gente que trabaja en los mercados financieros, presionaban por una suerte de "fundamentalismo de mercado". Las políticas erróneas resultantes -impulsadas, entre otros, por algunos miembros del equipo económico del presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama- ya antes habían infligido enormes costos a los países en desarrollo. El momento de iluminismo se produjo recién cuando esas políticas empezaron a generar costos en Estados Unidos y otros países industriales avanzados.
Keynes sostenía no sólo que los mercados no se autocorregían, sino que, en una crisis pronunciada, la política monetaria probablemente resultara ineficiente. Se necesitaba una política fiscal. Pero no todas las políticas fiscales son equivalentes. En Estados Unidos hoy, con una montaña de deuda inmobiliaria y un alto nivel de incertidumbre, los recortes impositivos probablemente resulten ineficientes (como lo fueron en Japón en los años 1990). Gran parte, si no la mayor parte, del recorte tributario norteamericano del pasado mes de febrero fue destinado al ahorro.
Con la enorme deuda que deja atrás la administración Bush, Estados Unidos debería estar especialmente motivado para obtener el mayor estímulo posible de cada dólar invertido. El legado de sub-inversión en tecnología e infraestructura, especialmente del tipo verde, y la creciente brecha entre los ricos y los pobres, requieren una congruencia entre el gasto a corto plazo y una visión a largo plazo.
Eso exige la reestructuración de los programas tanto tributario como de gasto. Bajarles los impuestos a los pobres y aumentar los beneficios de desempleo al mismo tiempo que se aumentan los impuestos a los ricos puede estimular la economía, reducir el déficit y disminuir la desigualdad. Reducir el gasto en la guerra de Irak y aumentar el gasto en educación puede incrementar la producción en el corto y largo plazo y, al mismo tiempo, reducir el déficit.
A Keynes le preocupaba la trampa de la liquidez -la incapacidad de las autoridades monetarias para inducir un incremento en la oferta de crédito a fin de aumentar el nivel de actividad económica-. El presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Ben Bernanke, hizo un esfuerzo por evitar que se culpara a la Fed de agravar esta crisis de la misma manera que se la responsabilizó por la Gran Depresión, asociada con una contracción de la oferta monetaria y el colapso de los bancos.
Y aún así deberíamos leer la historia y la teoría con cuidado: preservar las instituciones financieras no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un fin. Lo importante es el flujo de crédito y la razón por la cual el fracaso de los bancos durante la Gran Depresión fue importante es que participaban en la determinación de la capacidad crediticia; eran los depositarios de información necesaria para el mantenimiento del flujo de crédito.
Sin embargo, el sistema financiero de Estados Unidos cambió drásticamente desde los años 1930. Muchos de los grandes bancos de Estados Unidos salieron del negocio del "préstamo" y se metieron en el "negocio con movimiento". Se centraron en comprar activos, reempaquetarlos y venderlos, al mismo tiempo que marcaron un récord de incompetencia a la hora de evaluar el riesgo y analizar la capacidad crediticia. Se invirtieron cientos de miles de millones de dólares para preservar estas instituciones disfuncionales. Ni siquiera se hizo nada para reencauzar sus estructuras perversas de incentivos, que alentaban el comportamiento cortoplacista y la toma de riesgos excesiva. Con recompensas privadas tan marcadamente diferentes de los retornos sociales, no sorprende que la búsqueda del interés personal (codicia) condujera a consecuencias tan destructivas desde un punto de vista social. Ni siquiera velaron por los intereses de sus propios accionistas.
Mientras tanto, es muy poco lo que se está haciendo para ayudar a los bancos que efectivamente hacen lo que se supone que deben hacer los bancos –prestar dinero y evaluar la capacidad crediticia.
El gobierno federal asumió billones de dólares en pasivos y riesgos. Al rescatar al sistema financiero, tanto como en política fiscal, necesitamos preocuparnos por el “retorno de la inversión”. De lo contrario, el déficit –que se duplicó en ocho años- aumentará aun más.
En septiembre, se decía que el gobierno recuperaría su dinero, con intereses. A medida que se incrementó el rescate, cada vez resulta más evidente que éste era simplemente otro ejemplo más de una mala apreciación del riesgo por parte de los mercados financieros –como vienen haciendo consistentemente en los últimos años-. Los términos de los rescates de Bernanke y Paulson eran desventajosos para los contribuyentes y, aún así, a pesar de su volumen, hicieron poco para reactivar el préstamo.
La presión neoliberal para una desregulación también satisfacía a algunos intereses. A los mercados financieros les fue bien a través de la liberalización del mercado de capitales. Permitirle a Estados Unidos vender sus productos financieros riesgosos y participar en una especulación en todo el mundo puede haber beneficiado a sus compañías, aunque esto les impusiera grandes costos a otros.
Hoy, el riesgo es que se utilice y se abuse de las nuevas doctrinas keynesianas para satisfacer algunos de estos mismos intereses. ¿Acaso quienes presionaron por la desregulación hace diez años aprendieron la lección? ¿O simplemente querrán imponer reformas cosméticas –el mínimo requerido para justificar los rescates de mega-billones de dólares? ¿Hubo un cambio de parecer o solamente un cambio de estrategia? Después de todo, en el contexto de hoy, perseguir políticas keynesianas parece incluso más rentable que ir detrás del fundamentalismo de mercado.
Hace diez años, en el momento de la crisis financiera asiática, se discutió mucho sobre la necesidad de reformar la arquitectura financiera global. Poco se hizo. Es imperativo que no sólo respondamos adecuadamente a la crisis actual, sino que emprendamos reformas a largo plazo que serán necesarias si queremos crear una economía global más estable, más próspera y equitativa.
sábado, 31 de enero de 2009
El arma del crimen: consideraciones en torno a la corrupción
José Vidal-Beneyto
La corrupción se ha convertido en una pandemia que todo lo infecta, a la que nada ni nadie escapa. La corrupción entendida, no sólo ni principalmente, como la utilización abusiva e inicua de de las posiciones de poder en provecho de quien las detenta sino como la falsificación de todos los valores, la perversión sistemática, la impostura permanente en el planteamiento de medios y objetivos.
Personas, organizaciones, la economía, los lenguajes, el deporte, la política, las empresas, la justicia, las ideologías, el Estado, la comunicación; todo estragado, pervertido. Es decir, la adulteración de las conciencias, la corrupción del espíritu, que transforman cualquier propósito en barbarie. Por eso, hoy, la generalización y persistencia de las prácticas corruptas no sólo han trivializado su uso sino que lo han connaturalizado, inscribiéndolo, con todos los honores, en el patrimonio de los comportamientos legítimos y necesarios de nuestra contemporaneidad.
Esto es lo que explica lo más perturbador del universo actual a la de la corrupción: su celebración no sólo por sus protagonistas y beneficiarios, sino también por quienes la sufren, por sus víctimas. Pues lo más significativos de larga lista de personalidades políticas francesas de la derecha: François Lyotard, Jean Tiberi, Alain Carignon, Robert Pandraud, Michel Noir, Michel Mouillet, Alain Juppé y tantos otros, con su homóloga relación de los lideres de la izquierda tan notables como: Roland Dumas, Robert Hue, Dominique Strauss-Kahn etc., todos ellos procesados y muchos condenados, a pesar de los escapismos de la inmunidad parlamentaria y gubernamental y de la opacidad de los fondos públicos de que se han servido, es la incorporación de estas “hazañas” a sus carreras políticas como bazas positivas, de la que se dan cuenta en muy diversos casos las triunfales elecciones postcondena de sus protagonistas.. El ejemplo paradigmático es el de Henri Enmmanuelli , líder entonces y todavía hoy del ala izquierda del Partido Socialista, que en las primeras elecciones a las que se presentó después haber cumplido su condena obtuvo muchos más votos que en las que precedieron a su procesamiento.
Lo más lamentable, lo más repugnante de esta situación, es la tolerancia, cuando no la complicidad, del sistema democrático en su conjunto, es decir, de sus actores políticos, de sus Estados y de sus Gobiernos, en una acumulación de falsedades y engaños que sin ellos no podría existir. Porque más allá de la general codicia humana y de las fechorías de las que es habitualmente causa, la criminalidad económica de guante blanco no hubiera podido alcanzar estas elevadísimas cotas de eficacia y de éxito sin la colaboración determinante de una arquitectura financiera que ha elaborado unos dispositivos técnicos, tan sólidos como sutiles, y cuya legalidad, es decir, cuya proyección jurídica, procede de quien puede otorgarla, es decir de los Estados. Lo que les hace muy difícilmente impugnables.
Se ha dicho y hay que repetirlo, que sin la unánime incitación bancaria al crédito y sin el reducido costo del dinero impulsado por los bancos centrales, es decir, por los Estados, no se hubiera producido la hecatombe actual; pero tampoco hay que olvidar el trabajo anterior de socavamiento, la tarea de zapa del sistema que representaba la oferta de los malignos malabarismos financieros que han encarnado los fondos, en particular, los fondos basura Los hedge funds y todos los otros mecanismos de falsificación que han florecido, en las últimas décadas, en el mundo de las finanzas. Cuyos frutos, presididos por el secreto, instrumento principal de la esquiva, es decir, del chanchullo bancario, encuentran en los paraísos fiscales su tierra prometida.
La macroestafa de Madoff ha sido la última y ejemplar ilustración de cuanto sabíamos y veníamos soportando. La credulidad, producto de una incontrolable codicia, de una insaciable avidez de enriquecimiento, cada vez más próximo al latrocinio, alas que han sucumbido tanto los grandes como los pequeños, y que, después de haber arruinado tantas empresas y familias, se ha visto arropado por una mansa reacción de los poderes de control, que ni siquiera han llevado a la cárcel a los causantes del estropicio. Claro que para evitarlo han contado con excelentes abogados y con magistrados comprensivos, lo que se ha traducido en que, tras una confortable cuarentena doméstica, han podido volver a sus negocios, como sucedió con el bochornoso caso de Michael Milken. Condenado a diez años de cárcel, que se redujeron a menos de 20 meses de cómodo confinamiento privado, continuó triunfalmente su actividad financiera a través de su sociedad Drexel Burnham Lambert. Pero hay más, la Milken Family Foundation, creada por él con el dinero cosechado gracias al timo y a las trampas, ha multiplicado las acciones de solidaridad y se ha granjeado el reconocimiento y los aplausos de todos.
Probablemente, antes de no mucho tiempo, sucederá lo mismo con Bernhard L. Madoff y su gente, cuyo propósito de volver al mundo financiero y de completar dicha actividad con otras dedicadas a la defensa del planeta y a la lucha contra el hambre comienza a aflorar.
Pero aún no estamos ahí y seguimos en la impotencia judicial y en la penosa comedia de la búsqueda de la localización de unos fondos que, gracias a la valentía personal y a la competencia profesional de Denis Robert, todos sabemos dónde están y bajo qué cobertura. Se trata de la cuenta 646, abierta por Bernard Madoff el 2 de noviembre de 1999 en la sociedad financiera Clearstream de Luxemburgo, una de las más importantes cajas de compensación del mundo y quizás el más eficaz dispositivo de coordinación de los 10 paraísos fiscales del ámbito político europeo.
Esa es el arma del crimen, ese es el lugar de abominación financiera, pues nadie ignora que los paraísos fiscales instrumento principal de la economía criminal, que Bernard Madoff, el rey de la trampa, maneja con destreza e impunidad. La primera la pone él; la segunda los Estados. Economía criminal que va desde la evasión fiscal y el blanqueo del dinero hasta el mercadeo de seres humanos, pasando por el botín procedente de las extorsiones mafiosas, el tráfico de drogas y de armas, la producción y comercialización de moneda falsa, el robo, estafas y contrabandos de todo tipo que constituyen los componentes de un volumen conjunto que supera ya el 40 % de la economía legal mundial. Volumen que sin los paraísos fiscales no encontraría tan extraordinario acomodo para su conservación , ni tantas facilidades para su producción y multiplicación.
Pero volviendo a Clearstream, se afirma que tuvo mucho que ver con la apropiación indebida de los fondos del FMI destinados a Rusia a través de la sociedad Menatep operación que, al parecer, se operó desde y en Clearstream. Sin olvidar que, según Jean-François Couvrat, portavoz de Attac-France, las ramificaciones del holding de la familia Bin-Laden llegan y se cruzan en Luxemburgo con las operaciones criminales del Banco de Comercio y Crédito Internacional (BCCI), tan ligado a los intereses de los Saud y de éstos a los dos presidentes Bush de Estados Unidos, como conforma Craig Unger, director del The New York Observer, en su libro Los Bush y los Saud. Denis Robert señala al financiero Nadhmi Auchi, el banquero de Sadam Husein, que realizó la discutida compra de Ertoil a la pareja Piqué-De la Rosa, como el centro neurálgico de estas siniestras maniobras, que encontraron en el paraíso fiscal luxemburgués la hospitalidad que necesitaban.
Por cierto, ¿hasta cuándo va a bendecir Claude Juncker, presidente del Eurogrupo, que su país, en el que tanto manda, siga especializado en estos turbios menesteres? Entre nosotros, sólo Rafael Cid, en Diagonal, ha comenzado a explorar en tan tenebroso pozo. Esperemos que cunda el ejemplo y que, frente al falso deslumbramiento de la instantaneidad de lo numérico, frente a la infantil satisfacción de la reiteración de lo icónico a la huida en el enclaustramiento de lo virtual, la irrenunciable obstinación en el acercamiento de la realidad, propia del periodismo de investigación, vuelva por sus fueros y pueda ilustrarnos sobre estas negras tramas del capitalismo criminal que todo lo contaminan.
Publicado en el diario El País
